La constipación.

Lo bueno que tiene la constipación, es que si uno dispone de un celular y tiene un espíritu curioso; puede disponer del tiempo en el que el cuerpo se encarga de arbitrar los mecanismos para deshacerse de los desechos, para curiosear en la web.

En el afán de descubrir curiosidades, me enteré que desde el principio de la pandemia hasta la fecha, 4.55 millones de personas murieron a causa del covid. Algo así como el 0.058% de la población mundial (7.8 Billones). Toda esta información aparece en los buscadores inmediata y casi instantáneamente.

Si uno consulta en cambio, “Cuánta gente muere al año de hambre”, la información es algo mas confusa y hay que buscar un poco más, pero finalmente aparecen algunos datos. 2.8 Millones de NIÑOS mueren anualmente por HAMBRE (cifra que según unicef, va en aumento a causa de la cuarentena). En otras palabras, durante la pandemia, murieron casi la misma cantidad de NIÑOS por HAMBRE que los fallecidos por covid. Si a este dato, frio y estadístico, le agregamos los 162 millones de NIÑOS que padecen desnutrición crónica, el número se vuelve alarmante. Casi la mitad de los argentinos son pobres y 4 de cada 10 niños que van a comedores, presentan síntomas de desnutrición.

La pregunta, surge inevitablemente. ¿Por qué el HAMBRE, no es considerado un problema “pandémico”? … y sobre todo: ¿Por qué nadie se plantea el uso de la única vacuna posible para el HAMBRE: Una más equitativa distribución de la riqueza, poniendo en práctica la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

Se me ocurre que la respuesta es tan simple como terrible… EGOISMO: Los que comemos todos los días, sabemos que no importa cuan cerquita nos paremos de un pobre, con o sin barbijo, no nos contagiaremos de hambre o desnutrición…

… maldita constipación…

Maestro.

Ayer fué el día del maestro, y cada año espero volver a compartir este pensamiento… Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”.

El de la vereda de enfrente...

Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”. Hoy, a mis cuarentitantos, creo que es la única profesión capaz de cambiar al mundo. No los economistas, no los abogados (Dios o el diablo nos libre de ellos), no los físicos, ni los ingenieros, no lo médicos, mucho menos los filósofos. No, ninguno de ellos. Los Maestros, ellos son los únicos que podrían.

Con la llegada de Sofía, y su precoz escolarización, redescubrí la escuela, y el noble clan de los maestros. En mis primeros contactos con ellos, ya en el rol de padre, lo primero que pensé fue; “¿De verdad esta gente hace este laburo por tan poca plata? Yo ni por un millón de dólares me fumo a 20 pibes”. Con el tiempo comprendí que la única explicación posible era la vocación. Nadie se…

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La balanza.

Viste cuando te estás por duchar, y ves la balanza de baño, y de aburrido nomás, mientras se calienta el agua, te subís… y aparece un número de 3 cifras…

En la vida hay puntos de no retorno. El primer beso, aquella conversación con tu viejo, la primera desilusión amorosa, cuando sacas el registro de conducir, cuando te recibís de algo, cuando te dicen que vas a ser papá, cuando te dan el diagnóstico… cuando te subís a la balanza y aparece un número de 3 cifras… Son momento en los que sabés que ya nada va a ser igual que antes. No importa cuantos besos vayas a dar, ni cuantas conversaciones importantes vayas a tener con tu viejo, ni cuantas veces renueves el registro o cuantos títulos y diplomas obtengas. No importa si tenés 5 hijos, si ese diagnóstico ya lo recibiste con anterioridad y venciste a la enfermedad. No importa si volvés a las dos cifras. No importa. Porque ya nunca vas a volver a ser el de antes.

Mi viejo me decía que no interesa cuan borracho o conmovido estés; nunca hay que perder la dignidad. Cuando vi las 3 cifras, confieso que estuve a punto. Primero pensé en revolear la balanza por la ventana del baño; pero tras evaluar las consecuencias, abandoné la idea. La segunda reacción fue bajarme del maléfico artefacto lo más rápido posible y como si no hubiera pasado nada, seguir con mi vida sin contarle a nadie lo sucedido, como si se tratara de una enfermedad venérea o de haber votado a Menem en los 90. La tercera opción, fue la de “hacer algo al respecto”. Una dieta saludable, que excluya hidratos de carbono y bebidas alcohólicas o azucaradas; sumado a una rutina de ejercicios contundente, que incluyera caminatas, pedaleadas, ejercicios aeróbicos y anaeróbicos, yoga, mindfulness, meditación trascendental y masajes reductores. La idea pareció brillante hasta que me sorprendí a mí mismo riendo a carcajadas en la intimidad del baño. Ni el vapor producido por la ducha empañando el espejo conseguía ocultar lo insostenible del plan.

Mientras me enjabonaba, intenté consolarme pensando que, de haber nacido en algún país con otro patrón de medida, por ejemplo, la libra, las 3 cifras no estrían tan mal vistas. En la luna, sin ir más lejos, pesaría un 83% menos; y mi silueta barroca, hubiera resultado de lo mas inspiradora para un pintor como Rubens o incluso para un contemporáneo como Botero. Cuanto más intentaba consolarme, mayor era mi desconsuelo.

“¿Vos crees que estoy un poco excedido de peso?”, le pregunté tímidamente a mi hija. “¿Vos querés saber si estás gordo? Si, estás gordo papá”, me respondió. Convencido de que, con una preadolescente, no se puede hablar de estos temas tan… “sensibles”, me fui al estudio para consultarlo con mi esposa. “Si, estas muy gordo”, me respondió al tiempo que frotaba su mano en mi abdomen y me pedía que le alcanzara un café. Las premenopáusicas, evidentemente, tampoco son muy buenas en esto de brindar apoyo y contención a sus hombres.  

Ensimismado en mi angustia y mi desasosiego, terminé en la cocina preparándome un sándwich de mortadela y queso, en pan francés y con manteca, como corresponde. Mientras degustaba mi bocadillo, se me arrimó Antú, tan aceptante y fiel como siempre. “¿Vos crees que estoy gordo?”, le pregunte. Meneó la cola en rotunda negativa y se sentó a esperar su recompensa. Me senté en el piso de la cocina, y juntos terminamos el tentempié.

Sin duda, en estos temas tan existenciales, conviene confiar en la opinión de los mejores Amigos.

Asesino.

Relatos Verosímiles.

Hoy descubrí que soy un asesino. Y no es que haya matado a nadie, aún. Simplemente me levante por la mañana con la certeza de ser un asesino; con la convicción de que podría matar a una persona sin el menor remordimiento. Puedo imaginarme hundiendo un puñal en las entrañas de un desconocido, estrangulando a un extraño con un trozo de cable o propinando un golpe letal en la nuca de algún individuo cualquiera. Incluso, puedo imaginarme urdiendo meticulosamente un asesinato, proyectando durante meses el mejor y más eficaz modo de acabar con la vida de alguien. Puedo sentir lo que siente un depredador agazapado entre las sombras, percibiendo el pulso lejano de su víctima, que inconsciente de su fatal destino, vive su vida sin preocupaciones.

Siento mi cuerpo diferente, como si de pronto cada fibra de mi organismo se estuviera preparando para matar, como si cada célula estuviera impregnada…

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Pastor de palabras.

Así como el pastor libera su majada cada mañana y la acompaña con paso demorado por las laderas empinadas o por los amigables llanos; así, el “pastor de palabras” arrea las voces, dándole forma a una prosa caprichosa y huidiza. Las palabras son quienes marcan el ritmo y muchas veces el rumbo; él, solo acompaña vigilante el suceder de los pasos; el devenir de los sonidos.

Cuando la noche amenaza con su punto final, simplemente recoge el rebaño de palabras, y las cuenta, y las atesora, y las guarece.

Mañana, será otro día.

La carta.

Un día, hace muchísimos años, algo más de 35, un amigo (no pienso dar su nombre), me pidió que le diera una mano. Estaba interesado en conquistar a una chica y quería escribirle una carta. Como ya desde joven me caracterizaba por ser habilidoso para la sanata y por embarcarme en proyectos intrascendentes, supongo que imaginó que era una buena opción para ayudarlo con el asunto.

“Dame hasta mañana”, le dije y me encerré en mi cuarto para liberar a la Musa. No tenía idea de quien era la piba, pero conocía bien a mi amigo. Pasaban las horas y no salía nada aceptable. Releía lo escrito y la realidad era que, con eso no se iba a levantar a nadie. Me sentí profundamente frustrado. Si algo nunca me costó, fue darle a la guitarra, pero esta payada se me estaba escapando de las manos. Bajé a la cocina y mientras me preparaba un sanguche de crudo y queso en pan francés (con manteca), recibí la iluminación. Se trataba de un caso muy especial, no era escribir cualquier cosa, era una “Carta de Amor”. No podía utilizar cualquier Musa inspiradora que tuviera guardada en el placar, porque las cartas de Amor tienen una y solo una inspiración posible. La persona amada. Así que tomé una hoja en blanco y anoté su nombre. Pongámosle: “Carla”. Nada. Repetí el nombre cientos de veces, traté de visualizar su rostro, intenté emocionarme leyendo algunos párrafos de la colección de “Corín Tellado” que mi vieja guardaba en la biblioteca. Nada. No se me ocurrían ni dos líneas que valieran la pena, ni un miserable párrafo que valiera, al menos, un beso compasivo y desganado.

Para ese entonces, yo carecía de Musa propia. Atravesaba una prolongada sequía de amores platónicos. Probé con vecinas del barrio, con compañeras del colegio, con las hermanas de mis amigos, con modelos de moda y actrices en ascenso. Nada. Hasta manoteé una revista Destape de debajo de la cama que se había salvado de la requisa de mi vieja. Nada. Hice un bollo con la cincuentava hoja borroneada con palabras insuficientes y me fui a dar una vuelta por mi querido Haedo. No llegué muy lejos. Tentado por un banco de la plaza de Gran Tía, me recosté a mirar el cielo en busca de inspiración.

Un voz femenina y sensual, me sustrajo de la contemplación. “¿Qué haces peluca?” Solía tener una porra importante y tupida, pero nadie me llamaba “peluca”, salvo Malvina, la hija de un compañero de laburo de mi viejo. Era un tipo pesado, que cada tanto se caía por casa sin avisar, con su no menos insoportable mujer y su hija; Malvina. Se comían todo, hablaban hasta por los codos de temas anodinos y se iban tardísimo, dejando la casa embarullada y a mi papá con la amarga sensación de no haber podido mandarlos a la mierda. Quiso la fortuna que su desagradable esposa lo corneara con el mecánico que, justo, le había recomendado mi viejo; y eso hizo que la “camaradería”, ya de por sí escasa, se enfriara, mucho más de lo habitual y dejaran de venir a casa, sin avisar y a comerse todo, como solían hacer. En aquel entonces, Malvina era colorada, como salida de un cuento de hadas irlandés. Algo retacona, con unos lentes enormes y una ortodoncia dos talles más grandes que su boca, tenía la voz chillona y no paraba de hablar. Se metía en mi cuarto, revolvía mis juguetes, se disfrazaba con mi ropa y dejaba todo el ambiente impregnado de olor a “Colonia Coquetería”. La Mujer que tenía delante de mí, en nada se parecía a la Malvina que recordaba. Se había convertido en una pelirroja deslumbrante, de cabello ensortijado, con unos enormes ojos verdes que yo jamás había notado, una sonrisa perfecta y un delicado archipiélago de pecas que coronaban su diminuta nariz. Ya no olía a colonia infantil; olía a Mujer. No atiné ni a responderle, y debe haber sido tal la cara de estúpido que puse, que Malvina comenzó a reír. Tenía una risa exacta. “Cerrá la boca peluca, que te va a entrar una mosca”, me dijo. Y yo, como un boludo, no solo cerré la boca, sino que, además, debo haber puesto una sonrisa de lo más idiota, porque Malvina rio nuevamente.

Después de la separación de sus padres, se había mudado a Mar del Plata con la madre y el mecánico. Su padre todavía vivía en la casa que era de la abuela, en Villa Sarmiento, y ella, cada tanto venía a pasar unos días con el pobre viejo, cornudo y apaleado, que nunca había sabido rearmar su vida. Le conté con apuro y desgano, algo sobre mis viejos, y solo porque me preguntó. “Lo que son las vueltas de la vida, peluca… ayer éramos dos mocosos jugando a la casita en tu cuarto y ahora hasta parece que te está saliendo bigote”, me dijo entrecerrando los ojos, como intentando ver la pelusa inminente que apenas sombreaba mis labios. No paraba de llamarme “peluca” y de hacer comentarios de ese tipo, con un tono a medio camino entre el sarcasmo y la compasión. No estaba buena, estaba ¡Buenísima! y la muy turra lo sabía perfectamente. Le propuse que nos viéramos el fin de semana, como para recordar “viejos tiempos”; pero me dijo que se volvía a la mañana siguiente a primera hora, porque ya había perdido muchos días de clase. En un último intento desesperado por no perderla, le pedí su dirección y su teléfono, con la promesa de llamarla y vernos en el verano, cuando, seguramente, al igual que todos los años, iríamos a veranear a “La Feliz”. “¿Tenés para anotar?”, me preguntó. Por supuesto que no. En esa época no existían los celulares y no solía andar por las calles de mi barrio con una agenda y un bolígrafo. “No te hagas problema, le respondí, vos decime que yo me voy a acordar”. Avenida Jara… 0223…

“Bueno “peluca”, me tengo que ir”, me dijo, y se despidió con un beso lento, suave y tan cercano a la comisura de mi boca, que antes de dejar de sentir su tibieza, ya me había olvidado dirección, teléfono y hasta mi propio nombre. La vi marcharse revoleando su minifalda de jean, con la certeza de no volver a verla nunca más. Y así fue.

El resultado de esa maravillosa sincronicidad fue una Carta de Amor, tan profunda y ardiente que a la pobre mina no le quedó otra que darle bola a mi amigo. Todo lo que tuve que hacer fue escribir un nombre en la hoja. Malvina. Las palabras brotaron como una “pelirroja” cascada derramando su torrente en un mar de oscura nostalgia. Mi amigo quedó conforme con la misiva, y el resultado de esta; superó las expectativas de ambos. Yo, por mi parte, quedé contento con mi obra, pero con una extraña sensación de añoranza, anhelo y calentura, que me duró varios días.

Cómo si de Calíope se tratara, durante mucho tiempo conservé su nombre y su figura a buen resguardo, allí donde se atesoran las cosas importantes, en caso de necesitar de una Musa inspiradora; para la prosa o para otros menesteres. Muchas veces me pregunté; qué sería de la vida de Malvina. ¿Seguiría derramando su rojiza cabellera por las calles marplatenses? ¿Quién habría tenido la fortuna de contar las pecas de su rostro?

En los sucesivos viajes que hice a Mar del Plata, que no fueron muchos, por desgracia, dediqué al menos uno o dos días para recorrer a pie, de punta a punta, la Avenida Jara, buscando con platónica desesperación su cabellera entre la multitud.

Hoy, cada vez que me cruzo con una pelirroja, me acuerdo de ella; como el amor que nunca fue, como la inspiradora y partícipe necesaria, de la historia de Amor de otro a quien ni siquiera conoció.

Luz.

Relatos Verosímiles.

Cuando desaparecieron los rojos y los naranjas, prácticamente nadie lo notó. Las puestas de sol habían perdido su esplendor, pero ya no había tiempo para detenerse a observar atardeceres, y mucho menos amaneceres. Con la escasez de horizonte, propia de las ciudades, la parvedad del alba y del ocaso pasó desapercibida.

Cuando se extinguieron los azules y los celestes, el cielo se volvió gris. Pero ¿Acaso el cielo no era gris desde hacía ya muchísimo tiempo?

Con los verdes el impacto fue apenas mayor. Los ojos citadinos, acostumbrados a la ausencia de verde, apenas si repararon en el cambio repentino de las copas de los árboles. Los pocos pájaros que albergaba la ciudad migraron despavoridos en busca de colores. Solo algunas palomas, grises ellas, acostumbradas al sucio revoque de las cornisas, permanecieron impávidas ante el fenómeno.

Con la partida de los amarillos, el día se tornó pálido y anodino. Toda…

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El Cazador de Rayos.

Relatos Verosímiles.

Las tormentas le fascinaban. Desde muy pequeño, cada vez que el cielo se oscurecía y truenos lejanos presagiaban una tormenta, se preparaba con su cámara de fotos para intentar atrapar un rayo. Se colocaba su impermeable, sus botas de lluvia y un chistoso sombrero de paja, heredado de su abuelo. “Soy un cazador de rayos”, decía, y salía corriendo al patio para zambullirse en la tormenta. Sus padres sonreían con ternura, anticipando una nueva desilusión. Ni bien terminaba el rollo, comenzaba con la cantinela, hasta que su padre, cansado de escucharlo, por fin lo llevaba a la casa de revelado. El resultado era siempre el mismo; nubarrones majestuosos, cielos iluminados, lluvias torrenciales; pero ningún rayo.

A medida que fueron pasando los años, esa ansia infantil fue mermando, pero no perdía oportunidad de fotografiar cuanta tormenta encontraba, siempre con la esperanza de “cazar un rayo”.

En una oportunidad, circulando por la…

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La Palabra.

Tengo miedo de olvidar. Mi peor pesadilla es despertarme una mañana al lado de una desconocida, y que, en medio del estupor y el desconcierto, una niña (mi hija) se asome por la puerta del cuarto, sin que yo pueda ponerle nombre a su rostro.

Hace unos días, mientras escribía un correo, me desapareció una palabra. No era cualquier palabra, era una palabra precisa, exacta, era “la palabra” que necesitaba para expresar lo que quería. No se trató de no saber qué palabra utilizar, nada de eso, se trató de una palabra que había desaparecido. Sentí terror. Sofía… Mariela; pensé inmediatamente, para estar seguro de recordar ambos nombres. No fue suficiente con eso. Imaginé sus rostros con la mayor precisión posible, sus voces, sus rizas, sus aromas. Allí estaba toda la información; guardada y disponible. Mi hija y mi compañera. Sentí un alivio temporal, porque, aunque ellas estaban ahí, intactas en mi memoria, “la palabra” seguía sin aparecer. Surgieron sinónimos, palabras que esbozaban ideas similares, pero ni rastros de “la palabra”. Intenté no detenerme, y seguir adelante con lo que estaba haciendo, pero fue imposible.

No soy una persona miedosa, nunca sentí verdadero terror. Pero en ese momento, parado frente al oscuro agujero que dejó la palabra ausente, sentí un vértigo, que presumo parecido al terror. ¿Y si nunca más puedo recuperarla? ¿Y si poco a poco, descuidadamente, desaparece otra; y luego otra? ¿Y si desaparecen por fin las palabras que nombran a quienes amo?

El correo que pretendía enviar perdió importancia. Dos termos de mate no fueron suficientes para atenuar la terrible sensación. Una alarma me avisó que debía pasar por la escuela para buscar a mi hija. Parado en medio de un gentío prolijamente distanciado, miré el portón verde del colegio con la desesperante sensación de no poder reconocer su rostro. Apareció dando saltos, con su sonrisa velada por el tapabocas con arabescos que le regaló su abuela. Sentí un enorme alivio, que no alcanzó para contener la necesidad de quitarle aquel pedazo de trapo que le cubría la cara. Allí estaba, con su sonrisa intacta, oliendo a Sofía, con su piel tibia. La abracé con tanta fuerza que apenas pudo decir: “Papá, me ahogo”. La solté inmediatamente, pero algo debe haber percibido porque después de observarme un rato, fue ella quien me abrazó con todas sus fuerzas.

Aún no recupero “la palabra”; quizá la primera palabra perdida de muchas otras. Estoy esperando oírla por ahí, que alguien la diga y al escucharla volver a recordar, pero todavía no ha pasado. Ya no siento ese terror inicial, como el día que descubrí su ausencia, pero la perspectiva de que poco a poco las palabras y el mundo al que le dan sentido se desvanezcan, me resulta aterradora.

Sofía… Mariela. Ahí siguen esas dos palabras, ahí están sus rostros, sus voces, sus sonrisas, sus aromas.