Los Exiliados.

Todo comienza con tímidos mensajes de texto: “Che, cuando nos juntamos a comer algo?”, “Gente, sale asado en casa?”, “… hace bocha que no nos vemos y si armamos una comilona…?”, siempre incluyendo en la propuesta alguna arista gastronómica, por supuesto. Con la misma timidez, pero con algo más de garra, se responden los mensajes; “Buenisimoooooooooo”, “Siiiiiii… tengo muchas ganas de verlos”, “Qué buena idea…!!!!!”. Bastan cuatro o cinco mensajes más, estos  sí, ya lindando la euforia, para organizar la velada; y transitando con desgano los días de ansiedad que faltan para el evento, finalmente nos encontramos.

Cuando los veo llegar siento algo extraño, porque va más allá del simple hecho de reencontrarse con amigos, es algo más. Algo parecido a lo que siente un náufrago, que ve acercarse un barco que sabe o presume que lo rescatará. Nos abrazamos, nos palmeamos las espaldas, nos besamos; los argentinos somos muy de hacer esas cosas, incluso con desconocidos. Después de las preguntas de rigor, como para ponernos al día sobre las novedades personales y familiares de cada uno, aprovechando el momento para amucharnos en la cocina a destapar las primeras cervezas; finalmente nos sentamos y empezamos a hablar de “La Patria”, nuestra patria. Los de antes, los de ahora, los corruptos de siempre, los políticos, los empresarios, las tarifas, los despidos, los escrúpulos, o la falta de ellos, las promesas, las mentiras, las verdades a medias, lo que hemos perdido en el camino, la generosidad de un suelo diezmado por los mismos de siempre, que niega sus frutos a los mismos de siempre, la impunidad, la injusticia, la inseguridad, el temor, la bronca, la indignación, una esperanza tibia de regresar a ninguna parte, porque “la Argentina siempre fue igual”.

Recordamos el pasado bajo la atenta mirada de alguno de nuestros hijos que no alcanza a entender de qué la van estos vejestorios. Intentamos descifrar un futuro tan exótico, pero que se parece tanto al pasado que asusta. Los más chicos juegan y sus risas parecen de otro mundo, de otra realidad.

Afortunadamente, el alcohol hacer su trabajo, y  llega el momento de las anécdotas. Y ahí las risas de los adultos se suman a la de los niños y la lejanía no parece tan lejana y la esperanza de volver a un lugar en el que nunca vivimos se asoma tímidamente.

Nos despedimos bien entrada la noche, con más besos, más abrazos, más palmadas en la espalda, pensando ya en el reencuentro.

Exiliados en nuestra propia Patria, con la esperanza empañada por la certeza de que por el momento no hay donde volver.

¿Cómo joderle la diversión a un hijo? – Lección número 1.

Desde hace un tiempo atrás, digamos un par de meses, Sofía comenzó a jugar con las muñecas, cosa que no hacía habitualmente. Empezó a juntar cajas, cartones, embaces de helado, latas y otros insumos; y valiéndose de unas tijeras, algo de cinta de embalar y creatividad infantil, armaba casas en las cuales después “habitaban” sus muñecos. Esos engendros polimórficos de material descartable, proliferaban por todo su cuarto durante días enteros, hasta que con la madre nos hartábamos de patearlos cuando entrabamos a buscar algo y decidíamos tirarlos a la basura. Sofía no se hacía mayor problema. Simplemente conseguía más materiales para reciclar y convertir en “unidades funcionales de vivienda para muñecos y muñecas”.

Al verla tan preocupada por procurarles habitación a sus juguetes, y como es una buena hija (y yo soy un buen padre), me pareció apropiado regalarle una “casa de muñecas”. Después de una breve evaluación junto a su madre, para ver si podíamos afrontar el costo de la adquisición inmobiliaria, decidimos que era perfectamente factible. Nos pareció que la madera era mucho más cálida que el plástico, así que guiados por nuestros instintos, visitamos un negocio de artística donde venden este tipo de casitas, sin terminación como para agregarle el toque creativo al asunto. Cuando la vi me enamoré. Se trataba de una casa realizada totalmente en Placa Mdf, desmontable, y con detalles pirograbados. El costo era algo elevado, pero mi hija realmente se lo merecía. Un día por la tarde salimos a caminar con Sofía, y como quien no quiere la cosa, pasamos por el negocio y la invité a entrar. Fuimos derecho al sector que ocupaban las casas de muñecas, y la vimos. Ahí estaba, imponente entre sus pares. Ante la pregunta, ¿Cuál te gusta más? Respondió con cierto desgano: “Esa”, y señaló con el dedo la casita realizada totalmente en Placa Mdf, desmontable y con detalles pirograbados. Después de volver a interrogarla sobre su preferencia, y corroborar que efectivamente era la elegida, me acerqué hasta el mostrador, hice el pedido y me dispuse a pagar con tarjeta en cómodas cuotas. Le expuse al parco vendedor mi deseo de que me diera la casita desarmada, dado que me encontraba sin vehículo y tenía que caminar varias cuadras, pero seguramente pudo percibir mis escasas habilidades constructivas, y me sugirió que la llevara armada; “como para no tener inconvenientes”. El transporte me ocasionó un serio dolor en la cintura y una discusión con una vieja que se tomó a mal que le clavara una de las esquinas de la casita en las costillas mientras esperábamos que el semáforo se pusiera en verde.

Instalada ya la micro-vivienda en su cuarto, Sofía se dispuso a jugar con sus muñecos. Jugó el primer día a pleno, más precisamente la primera noche; porque al día siguiente, no volvió a tocar ni la casita, ni los muñecos. Al ser interpelada al respecto, adujo cansancio extremo, falta de interés momentáneo en la actividad lúdica y deseo de profundizar en las artes y técnicas del uso de un jueguito recientemente instalado en su Tablet. El asunto es que desde ese momento, no volvió a jugar ni con sus muñecos, ni con la casita. Cada tanto pone alguno que otro, o mueve alguno de los mueblecitos como para que parezca que le interesa, seguramente esperando que con su madre nos hartemos de patearla cada vez que entramos a buscar algo a su cuarto, la desarmemos, la mandemos al altillo y ahí sí, poder volver a reciclar materiales descartables y con tijeras, cinta de embalar y creatividad infantil, volver a construir nuevas casas para sus muñecos; estas sí, a su gusto y placer.  

El teatro de los locos.

Anoche soñé con un par de amigos entrañables. Locos en el mejor y más profundo sentido de la palabra, en el sentido más mágico, más insondable. De esa clase de amigos que te hacen creer en la preexistencia de las almas, que te hace estar seguro que la vida no comienza en el parto ni termina en la tumba. Después de 47 años soñando ininterrumpidamente, me considero un experto soñador. Para mí, soñar no tiene secretos, o al menos no los tenía hasta hoy. Cuando sueño, siempre sé que estoy soñando, siempre se exactamente lo que va a suceder, lo que convierte la actividad onírica en un campo de juegos, algo aburrido a veces. Pero anoche fue diferente. Fue tan maravillosamente irreal y tan fantásticamente posible que no pude distinguir, hasta que desperté, si se trataba de un sueño o de la realidad.

Caminaba yo por un barrio que me resultaba sumamente conocido. Podría haber sido Haedo, el barrio de mi infancia, pero también podría haber sido Almagro, o Morón, lo mismo daba. Al llegar a una esquina veo una obra descomunal por sus dimensiones y por el grado de desbarate. Un grupo de obreros entraban y salían, caminaban por andamios, cargaban carretillas, tomaban medidas y operaban maquinas. Parecían hormigas en un hormiguero colosal. Mientras contemplaba la obra, mis dos amigos, él y ella, emergieron de la ruinosa estructura, a mitad de camino entre la demolición y la restauración. Corrieron hacia mí, sonrientes como siempre, con los brazos alzados, y con una euforia que nunca les había visto. Me abrazaron, me besaron, me tomaron cada uno de un brazo y me “invitaron” con amorosa prepotencia a ver la obra. “Va a ser un teatro”, dijo él. “Ya es un teatro”, lo corrigió ella e inmediatamente él se retractó; “Ya es un teatro”. Ella me tomó de la mano y me arrastro hacia el interior. Todo era pilas de escombros, bolsas de materiales, herramientas y personas que con febril apuro se cruzaban como en una danza. Ella se adelantó hacia el centro y con los brazos extendidos señaló el lugar en el que estaría el escenario, y girando me mostró los palcos, aún inexistentes y las plateas que tan solo ella podía imaginar. Girando y girando con una sonrisa embriagadora me mostró todo lo que sería, pero que según ella ya era. Y la vi bailando, y vi la bailarina a la cual no conocí, y era tal la velocidad con la que giraba y tal el brillo que tuve que dejar de mirarla para no quedar ciego. Mi amigo, parado en el centro de lo que sería el escenario, dirigía a un grupo de operarios que lo escuchaban silenciosos  y expectantes. Con movimientos exagerados y corriendo de un lado al otro los ubicaba en distintas posiciones y parecía indicarles diálogos y posturas, movimientos y actitudes. Todos ellos lo seguían atentamente e intentaban copiar sus movimientos con éxito dispar. Él reía, los corregía, los palmeaba en la espalda. Flaco y desgarbado, el hijo de mis amigos apareció con unos planos abiertos mirando hacia la nada y dando indicaciones a un par de obreros, que tomándose la barbilla, parecían dudar de que su pedido fuera realizable. “Está a cargo de la dirección de obra”, me dijo mi amiga. “¡Pero si tiene 15 años!”, le retruqué. “Si, por eso”, respondió ella y siguió danzando.  Me acerqué a mi amigo, que ya había terminado de dar indicaciones; “¿Qué te parece?”, me dijo. No pude responderle, porque en realidad no sabía bien que me parecía; maravilloso, aterrador, absurdo, descomunal, insano, mágico, irreal. Mi cerebro me jugó una mala pasada y le pregunté: “¿De dónde sacaron la plata para hacer esto?”. “De por ahí, me respondió, plata hay por todos lados, lo difícil de conseguir son ideas, ilusiones, utopías, fantasías, esperanzas; de eso hay poco, pero la estamos peleando”.  Mi amiga seguía bailando pero ya no estaba sola; un grupo de obreras se sumaron a la danza e improvisaron una coreografía al ritmo de una música que yo no podía oír. “Hola Fino, me saludó el hijo de mis amigos, perdón que no te saludé antes, estaba algo ocupado discutiendo con los capataces por el tema de la fuente de agua”. No alcancé a responderle que ya había salido a los gritos dándole directivas a dos operadores de grúa que intentaban subir un piano a lo que parecía ser una estructura a punto de desmoronarse. “¿Cuándo esperan terminar?”, pregunté mirando lo colosal del proyecto. “¿Qué cosa?”. “La obra, el teatro”. Mi amigo me miró extrañado, como si le estuviera preguntando una tontería. “Que se yo, no sé, en cinco años, en diez, en cincuenta, en cien, nunca. ¿Qué más dá? Vení, vení que te presento a Crispín. Crispín, pase, pase”. Un viejo de unos ochenta años con una boina negra y un delantal de mozo, se presentó como el propietario del “bar de enfrente”. Me estrechó la mano con franca cordialidad y me preguntó en qué participaba yo de la cosa. Una vez más no supe que responder. Mi amiga se sumó a la charla agotada de tanto bailar y saludó al vecino gallego con un abrazo de los que ella sabe dar.

Me separé del grupo, que en ese momento planificaba un corte de calle para la inauguración, para que todos los vecinos pudieran asistir; y me quede parado en medio de una debacle de escombros y estructuras a medio armar, o desarmar. Sentí una vibración como si todo mi cuerpo temblara, sentí ganas de llorar, de reír, de salir corriendo, de despertarme de una buena vez, o de no despertarme nunca. Una mano pequeña me tomó del dedo pulgar, como hace siempre, y vi a mi hija con ojos redondos como dos soles mirando todo aquello. “¡Wow!,  que teatro hermoso”, y salió corriendo, dando salto entre los ladrillos apilados y las bolsas de cal. Intenté detenerla, por temor a que se golpeara con algo y se lastimara, pero afortunadamente mi amigo me detuvo. “¿No lo ves, no?”, me preguntó. Respondía meneando la cabeza. “No te preocupes”, me dijo poniendo su mano sobre mi hombro. Mi hija saltaba en una pila de arena y me saludaba con su bracito en alto.

Se trataba de un sueño, claramente, de una locura, de una quimera. Pero parecía tan real. Eran mis amigos, los locos, lo que son capaces de bailar con músicas silenciosas, los que pueden ver teatros en donde solo hay escombro, los que saben que nadie mejor que un joven de 15 años para dirigir una fantasía, los que saben que lo imposible no es más que un punto de vista. Eran ellos los que convertían en real aquel sueño. Cerré los ojos bien fuerte y una oscuridad impenetrable lo invadió todo. “¿Qué querés?”, sentí que me preguntaban. “Despertarme”, respondí. Y un estruendo de aplausos estallo en mis oídos. Al abrir los ojos, un teatro colosal, repleto hasta el tope, con los palcos y las plateas llenas a desbordar rugía como una tormenta aclamando a los artistas. En el escenario, mis amigos, él y ella, saludaban al público haciendo reverencias. Sentada sobre mis hombros Sofía aplaudía y gritaba, y la risa de mi mujer a mi lado, tan suya, apenas se escuchaba sobre el alboroto.

Al fin me había despertado.

La tormenta.

Antes de llegar a la ciudad de Piedra del Águila, la ruta 237 atraviesa una planicie de altura que puede resultar sobrecogedora, si uno es de los que se dejan conmover por la inmensidad, o simplemente aburrida y tediosa para quienes añoran la llegada. En el último viaje que hicimos al sur, nos tocó atravesar este imponente lugar en medio de una tormenta. El cielo pasó de gris a negro en un par de minutos, y una noche ficticia lo cubrió todo. Cuando los relámpagos que en un comienzo iluminaban el horizonte, comenzaron a acercarse, alguno de los escasos automovilistas que recorríamos ese tramo de la ruta, dieron media vuelta; otros detuvieron la marcha. Nosotros seguimos viaje. Mientras Sofía dormía en su butacón, Mariela preparó el mate y abrió un paquete de biscochos. La oscuridad se volvió cada vez más intensa, y una negrura espesa apenas penetrada por las impotentes luces del auto nos rodeó. El viento rachado sacudía el vehículo como si fuera de cartón y las primeras gotas dieron lugar a un torrente de agua. Mate, biscochos, relámpagos que bailaban a un centenar de metros de nosotros, el ruido ensordecedor del viento y de los truenos. Disminuimos la marcha, pero no nos detuvimos. Había que continuar, no había donde refugiarse. Tres personas, en un auto, en una ruta, en medio de una tormenta feroz; el mate y los biscochos. El negro absoluto trocaba en luz cegadora, y del resplandor a la oscuridad nuevamente. Con la piel erizada, tomábamos mate, y observábamos. No había nada que hacer, no había donde ir más que hacia adelante. Sofía dormía plácidamente ajena al fin del mundo, mientras con su madre nos hacíamos tormenta. No era miedo lo que sentíamos, ni siquiera temor. Era algo más parecido al sobrecogimiento; una sensación de impotencia, de infinita pequeñez. Aquello que estaba ocurriendo, podía matarnos, podía hacernos desaparecer. El poder y la potencia de ese cielo embravecido era algo que estaba más allá de todo lo que habíamos visto o imaginado.  No era una tormenta fuerte, era un monstruo que nos estaba devorando. Mate y biscochos, en nuestra balsa de náufragos, simplemente avanzábamos, observábamos y esperábamos que todo aquello pasara.

El monstruo nos perdonó la vida. Quizá porque no hubo miedo que pudiera oler, quizá porque vio nuestra insignificancia y se apiadó; tal vez, simplemente, porque no era el momento ni el lugar, o porque algo o alguien le dijo: “A ellos no”.

Al llegar a Piedra del Águila, ya sin agua caliente y con las provisiones de biscocho diezmadas, paramos en una estación de servicio. El playero nos preguntó de dónde veníamos. De la tormenta, respondimos; y no hizo más preguntas. Al abandonar el pueblo, el sol ya asomaba entre los nubarrones. Tengo hambre, dijo Sofía, ¿falta mucho para llegar?

Enredados.

Sucede un hecho curioso desde la aparición de las redes sociales. El pensamiento privado se volvió público. Hace veinte años, me sentaba en un café con un amigo y durante un buen rato compartíamos una charla en la que hablábamos de futbol, de política, de autos, de minas, de viajes o de lo que fuere. No siempre estábamos de acuerdo, pero los dos nos conocíamos y sabíamos más o menos cuales eran nuestras ideas y nuestros valores. Ambos, compartíamos una historia, un pasado. Yo sabía quién era él, y él sabía quién era yo.

Hoy, ese mismo amigo publica un pensamiento en su muro de Facebook, y yo, como lo sigo, lo conozco, se más o menos cuáles son sus ideas y valores, y sigo compartiendo con él una historia en común; hago un comentario sobre su publicación, que puede o no estar de acuerdo con su postura. Sus 490 contactos; que no tengo la menor idea quienes son y que tampoco me conocen, están leyendo mi comentario en el mismo instante que mi amigo. Uno o varios de ellos, habiendo leído las escasas 5 líneas que escribí, y sin tener más datos sobre mi persona que una espantosa foto de perfil, se lanzan a retrucar, contradecir, cuestionar, juzgar, evaluar, enmendar, acotar, aconsejar, disuadir, descalificar, apoyar o defenestrar; no solo mi comentario (esas escasas líneas de texto), sino además, mis ideas, mis pensamientos, mi ideología y toda mi persona en general, la cual, no tienen el disgusto de conocer. Ojo, no digo que yo no lo haga, uno de mis pasatiempos favoritos en los momentos de ocio es enfrascarme en infructuosas e intrascendentes contiendas argumentales con perfectos desconocidos que tuvieron la desgracia de cruzarse conmigo en el muro de algún conocido en común.

Aclaro esto para que nadie se sienta alcanzado por este post; otro de los fenómenos de las redes sociales, en las cuales todos creen en algún momento que algo que ha escrito un fulano en un tweet o en un muro, ha sido concebido como agravio personal, como si se fuéramos la persona más importante del mundo, y todos tuvieran la voluntad de hablar de nosotros.

El comentario no fue para usted señora, fue para mi amigo. Me friega un corno lo que usted opine caballero, sus cualidades humanas de hombre o mujer de bien, trabajador/a incansable, padre o madre de familia y vecino/a ejemplar me tienen sin cuidado, porque no era a usted a quien me estaba dirigiendo. Como este texto, que no está dirigido a nadie en particular y quizá, a nadie en general tampoco.

Hay algo en todo esto que nos tienen “enredados”. Estamos tan expuestos, tan superficialmente expuestos, que somos carne de cañón para francotiradores literarios y confrontadores compulsivos.

Si no me conoce, no me responda ni comente mis intervenciones; pero si lo hace… aténgase a las consecuencias.

Donde vive la Esperanza.

Fue un 9 de julio raro, lleno de sentimientos encontrados. El número doscientos es tan arbitrariamente importante como el ciento setenta y seis, o el trescientos quince; pero por algún motivo el hecho de conmemorar el “bicentenario” de la declaración de la independencia, pone al ayer, al hoy y al mañana en una vertiginosa perspectiva.

Me resulta difícil pensar en independencia, en libertad, en autonomía, en patria; cuando las palabras de moda son corrupción, coima, dependencia, explotación, traición, estafa. Políticos corruptos cuyas carteras se llenaron de billetes; que empresarios corruptos pusieron allí. Esos mismos empresarios elegidos por el pueblo idiotizado para terminar con la corrupción de la que son parte y sustento. Una sociedad aletargada discutiendo titulares mientras la realidad descansa en la letra chica, en el pie de página. El capital llamado a terminar con la corrupción, siendo él mismo, germen y sustrato de corrupción.

“No existe un manso para acollarar un arisco”, decía mi viejo; y pocas veces fue tan palpable.

Mientras tanto, como si se tratase de otra historia, de otra geografía; un grupo de padres se juntan para organizar una fiesta. Son unos pocos, no más de veinte, que como cada año creen que brindar un plato con locro a una comunidad pequeñita, pero en crecimiento, puede hacer la diferencia. Sus hijos no paran de hablar de la fiesta, se sienten parte, se sienten orgullosos. Muchos de ellos, los más pequeños, no saben bien de que se trata. Todo lo que saben es que es una fiesta, y que hay banderas, y que todo se tiñe de celeste y blanco. Saben también que es una fiesta que se hace juntando voluntades y con el esfuerzo colectivo; sin angustias ni remordimientos; con decisión. Música, baile, un plato de comida, una tarde bajo el cielo, risas, charlas, juegos, esperanzas.

Largas horas de trabajo compartido, codo a codo, con un fin. Como una sinfonía armónica y disonante a la vez; cada uno, con su propio tono, a su propio ritmo, sumando y multiplicando; nunca restando, nunca dividiendo. No hay lugar para los amantes de la resta y la división.

Con el cuerpo cansado, pero con el alma llena; la muchedumbre se vuelve latido. Unos ojos marrones, enormes, me miran desde el gentío y me ven. Una sonrisa que crece, un lunar casi invisible que baila sobre sus labios.

La mirada de mi hija, y su sonrisa.

Ahí vive la esperanza.

El Niño Caníbal.

Ubutu era un niño caníbal. Su padre y su madre eran caníbales; sus hermanos y sus abuelos eran caníbales. Sus tíos y sus primos también lo eran.  Toda su tribu, era una tribu de caníbales.

Un día, Ubutu decidió hacerse vegetariano. Comer carne humana ya no era para él una opción aceptable.  Temió que su familia y su tribu no comprendieran su preferencia, por lo que decidió guardar el secreto. Cuando en algún banquete servían algún explorador o algún jugoso misionero jesuita, él simplemente lo apartaba en su plato y comía solo las verduras. Como los banquetes eran muy bulliciosos, y todos en la tribu reían y conversaban a los gritos en medio de una gran algarabía, nunca nadie noto que Ubutu había dejado de comer carne humana.

Pero Ubutu no soporto la presión del silencio. Un secreto es como la carcoma, que lentamente va devastando la madera desde su interior, generando un gran hueco. Sentía culpa. Sentía que engañaba a su familia y a su tribu, por lo que decidió hablar con el jefe de su clan y sincerarse.

Ubutu le pidió permiso al cacique para hablar frente a toda la tribu. Un martes lluvioso, de pie frente a toda su comunidad, finalmente Ubutu se mostró tal cual era. Vegetariano.

Esa misma noche la tribu organizó un gran banquete para celebrar la noticia. Ubutu fue el plato principal.

Papá Noel no existe.

Sofía salió al parque revoleando por el aire a la vaquerita Jessie. Jugaba a ver qué tan alto podía arrojarla. “Se te va a caer arriba del techo”, le dije. Y más que un aviso fue una profecía, o una maldición, porque a los pocos minutos entró en la cocina llorando porque su vaquerita, efectivamente, había caído arriba del techo. Salí a ver dónde había quedado, y la verdad es que estaba bastante a mano. Pero como soy “un padre”, aproveché para “hacer de padre” y dar una “clase magistral” sobre: “No escuchar lo que te dice papi”. “Ahora no me voy a subir al techo Sofía, el fin de semana si tengo ganas te la bajo. Pero la próxima vez que te diga algo, haceme caso, porque bla, bla, bla…”. Se encerró en su cuarto llorando desconsolada. Las lágrimas de las mujeres siempre me pudieron, y las de Sofía, ni te cuento. Me trepé a la reja de la galería con la escoba en la mano y estirándome un poco alcancé a la muñeca. Pero estaba emperrado en que “aprendiera la lección”, así que no se la devolví. La dejé colgada de la soga de tender la ropa. Después de un rato de berrinche, salió a jugar de nuevo. Cuando vio a su vaquerita, se abalanzó sobre ella a los gritos y me vino a buscar para mostrarme que estaba a salvo. Pero la cosa no iba a quedar ahí, claro. “¿Vos la bajaste?”, preguntó. “No, respondí, te dije que no la iba a bajar”. “Entonces, ¿quién la bajó?” “No sé Sofía, se habrá bajado sola, es la baquerita de Toy Story, cuando nadie la ve habla y camina, y seguramente también se baja de los techos sola”. La respuesta no la conformó gran cosa, a ella nunca la conforman las respuestas, siempre va por más. Pero la perspectiva de que su muñeca tuviera vida animada cuando nadie la ve, al menos le resultó interesante.

Hace unos días, mientras estaba en el estudio, apareció subrepticiamente como siempre, con su muñeca en la mano y disparó: “Ya sé quién bajó a la muñeca”. “¿Quién?”, le pregunté. “Los reyes magos”. “¿Los reyes magos?” “Sí, tienen que haber sido ellos, porque Papá Noel no existe”, conclusión a la que arribó después del incidente con los dos impresentables fleteros que le trajeron la hamaca para navidad, haciéndose pasar por ayudantes de Santa.

Afortunadamente Sofía no aprendió la lección y sigue dando escasa bola a lo que le digo, prefiere experimentar por cuenta propia. Algo de esa inocencia infantil sigue intacta, al menos hasta que algún boludo le haga saber que ni los reyes magos existen, ni las muñecas bajan solas de los techos.

Cuando ese día llegue, voy a procurar que su biblioteca se encuentre bien llena.

Domingo de fútbol.

Paveando con el control remoto de la tele, llego a esa zona inexplorada donde se encuentran los canales de deporte. Son varios, pero afortunadamente están todos juntos y mi habilidad con los dedos me permite pasarlos rápido, sin darle tiempo a la pantalla a que muestre el contenido. Pero ese domingo era uno de esos domingos aburridos, en los cuales ni los reflejos más básicos logran despabilarse. En vibrante fondo verde un grupito de personas corrían detrás de una pelota que gracias a la magia del HD, podía verse nítidamente. “Pará, dejá ahí”, la escuché decir a mi hija. “Es fútbol Sofía, busquemos alguna peli para chicos”. La propuesta no tuvo repercusión. Se sentó frente a la tele, y se puso a mirar fútbol.

No logro entender por qué no me gusta el fútbol. ¿Porque no lo mamé de chico? No puede ser. No se puede ser argentino y no haber mamado el fútbol de chico. Todos los chicos argentinos maman el fútbol de una u otra forma. Es como ser uruguayo y que no te guste el mate.

¿Por qué no me gusta el fútbol? No lo sé.

Los relatos sobre fútbol se encuentran entre mis favoritos. Leo y releo a Fontanarrosa, a Galeano, a Benedetti, a Sacheri,  y me transporto inmediatamente a esos potreros de barrio, a esas tribunas repletas de hinchas, a esas discusiones interminables sobre si fue o no posición adelantada;  pero no puedo sentarme más de tres minutos a ver un partido, aunque sea la final del mundo, se enfrenten Argentina y Brasil, y regalen un millón de pesos solo por sentarse a mirarlo. No puedo. Me aburro terriblemente. Inmediatamente me dan ganas de apagar la tele y de ponerme a hacer otra cosa. A leer uno de esos relatos sobre fútbol, por ejemplo.

En la cocina mi mujer horneaba galletitas de limón y ya se empezaba a sentir el olor. Afuera el cielo estaba gris, con algunos nubarrones que amenazaban con lluvia. Antú, dormía enroscado al lado del modular. Había pasado más de media hora, y yo seguía desparramado en el sillón y Sofía sentadita frente a la tele inmóvil y silenciosa, ambas cosas sumamente inusuales en ella. No cambié de canal, no me fui a otro lado; no quise desmontar  aquella escena. Mi hija, la hija de alguien a quien no le gusta el fútbol, sentada en la mesa ratona mirando un partido de vaya uno a saber que equipos, mientras yo permanecía tirado como un lobo marino y mi mujer cocinaba galletas de limón. Un instante tan plácido y adorable, tan lleno de ese calorcito que pocas veces se siente con tanta contundencia; un instante tan íntimo, tan de hogar, tan adorable.

Un auténtico domingo de fútbol.

Lo sé todo.

Para navidad le regalaron una muñeca hermosa. Una muñeca de peluche, que intenta ser Ana, la princesa de Frozzen, y que cuando le apretás la panza canta: “Libre Soy”. Afortunadamente para la muñeca, si se le vuelve a apretar la panza hace silencio; de no haber sido así, ya estaría en el cinturón ecológico junto con los restos de vitel toné y ensalada rusa.

Mi señora me dejó encargado de averiguar qué le quería pedir a los Reyes Magos. Nunca congenié con las monarquías, y mucho menos las mágicas, pero como quien no quiere la cosa, durante un almuerzo deslicé la pregunta. “No sé, dejámelo pensar”, respondió. “Bueno, pensalo, pero apurate a decidirte, porque ya falta poco y con mami necesitamos saber qué les vas a pedir”. “Y, ¿para qué?” “¿Para qué, qué?” “¿Para qué necesitan saber vos y mami, qué le voy a pedir?” ¡Orsai!. La mocosa me lo hizo de nuevo, siempre me lo hace. “Para nada Sofía, de curiosos que somos nomás”.

Estaba tirado detrás de la heladera intentando poner el cosito adentro del coso con muy poco éxito, cuando apareció de repente, como hace siempre. “Ya sé lo que quiero”. El maldito cosito se negaba a entrar en el coso. El miserable que inventó este sistema de cositos y cosos, debe ser el mismo que inventó los mangos gruesos de los cepillos de dientes que no entran en los agujeros del “coso para poner los cepillos de dientes”.  Sofía continuaba parada, impertérrita junto a mis pies, pero como no consiguió que le hiciera la pregunta que esperaba, simplemente disparó: “La quiero a Elsa”. Maldito cosito… ¡Cómo odio cuando los cositos no entran en el coso! Me hacen sentir un pelotudo. Salí de atrás de la heladera con telas de araña en el pelo y algo de grasa en la cara. Puso a su muñeca Ana a cinco centímetros de mi nariz balanceándola como una marioneta, y volvió a repetir: “La quiero a Elsa, le voy a pedir a los reyes que me traigan una Elsa”. Dio media vuelta, y se fue. Continué durante más de media hora renegando con el maléfico electrodoméstico, que por fin se dejó arreglar, y safé de llamar al técnico, que seguramente me iba a cobrar una fortuna, aprovechando la devaluación y el fin de cepo, para ponerme el cosito en el coso. Listo, dos temas resueltos, la heladera con todos sus “cosos” donde corresponde y ya sé que quiere Sofía para reyes. La llamé a mi señora, que justo estaba en una reunión, ella siempre está en una reunión, para contarle de las buenas nuevas, e inmediatamente haciendo gala y uso de sus facultades, me envió a recorrer jugueterías para encontrar la muñeca. No es que en Moreno sobren las jugueterías, pero las pocas que hay las recorrí todas sin ningún éxito. En cuanto pude, informé al comando en jefe respecto al fracaso de la misión, y recibí como respuesta un tranquilizador: “Dejá, yo me ocupo”.

Después de la cena se sentó en el sillón del living con su computadora y se puso a buscar en los portales de compras. “Muñeca Elsa”. “Muñeca Elsa peluche”. “Muñeca Elsa peluche con música”. Al fin apareció una que se parecía mucho a la que había traído el obeso nórdico y fue grande la sorpresa al ver el exorbitante precio que ostentaba. Mientras evaluábamos la posibilidad de liquidar a los reyes magos en un presunto accidente d tránsito en la ruta dos; en absoluto sigilo, como siempre, apareció Sofía. Mi señora cerró instantáneamente la computadora al tiempo que daba un alarido por la sorpresa y envió a nuestra hija a su cuarto, en penitencia… por “silenciosa”. La mocosa se fue rezongando, no sin antes gritarnos; “Qué se creen, que no sé lo que están tramando, para que sepan; Lo sé Todo”.

Acordamos comprarle una más barata, mucho más barata; que se parecía más a Zulma Lobato que a una princesa, pero que como complementamos con algunas otras boludeces, pareció dejarla conforme. La noche de reyes, no insistimos mucho en dejar pasto y agua para los camellos, porque como ya nos había adelantado: “lo sabía todo”; y además nos pareció que con la ligustrina y el agua de la pileta iban a estar por demás bien atendidos.

Sofía tiene la maravillosa particularidad de ponerse feliz con cualquier regalo que recibe. Si le hubiéramos regalado un cascote envuelto en papel celofán, habría manifestado la misma alegría, e inmediatamente hubiera encontrado alguna forma de jugar con el pedazo de piedra; pero es lindo ver que los regalos recibidos le gustan de verdad. Mientras destrozaba los envoltorios sonreía pícaramente mientras nos decía: “Vieron, yo sabía que algo estaban tramando ustedes dos la otra noche…”. Sentí una mezcla de ternura y tristeza al ver que mi hija había crecido y que ya estaba abandonado las fantasías infantiles, pero no me duró mucho, porque mientras intentaba girar la cabeza de su nueva “Zulma Lobato Princesa”; concluyó: “… le estaban mandado un mail a los reyes magos para decirle lo que me tenían que traer… sino, ¿Cómo se iban a enterar?”.