De botones y controles (microfísica del poder).

Esto del muro y el descomunal portón, generó la imperiosa “necesidad” de automatización. La realidad es que, con sus escasos ciento cincuenta centímetros y unas insuficientes decenas de kilos, la apertura y cierre del mamotreto, era una misión prácticamente imposible para mi compañera y mi hija. Volvimos a desmantelar nuestra ya devastada alcancía y en cuanto la economía lo permitió, compramos el motorcito y contactamos al idóneo. Daniel, así se llama el especialista, se apersonó con tres ayudantes y dos camionetas; no se si por el gusto de trabajar acompañado o por la dificultad del proyecto. Llegaron a primera hora de la mañana, bajaron varios cientos de kilos de equipamiento, pusieron música en un parlantito, pidieron agua para el mate y se pusieron a trabajar. Hacían un gran equipo. Uno comandaba, el otro ejecutaba, el tercero aconsejaba y solucionaba y el cuarto… el cuarto cebaba mate, alcanzaba herramientas e intentaba pasara lo más desapercibido posible mientras hurgaba en su celular.

Lo que yo imaginaba un trabajo de unas pocas horas, se prolongó hasta bien entrada la tarde. Por fin me llamaron para hacerme entrega de los controles remoto e instruirme en el funcionamiento de estos. Luego de bromear con secuencias imposibles de recordar con los tres botones del control, me dieron las directivas. Cualquier botón abre, cualquier botón cierra. Bastaba con apretar una vez para que arrancara para un lado, una vez para que frenara y otra vez más para que arrancara para el otro lado. “Hasta su señora puede hacerlo”, intentó bromear el cuarto integrante, lo que generó la inmediata mirada reprobatoria de sus compañeros.

Cuando por fin partieron, orgullosos de su trabajo y con sus billeteras saneadas, al menos por ese día, me quedé solo, con mis dos controles frente a mi portón. Cómo si hiciera falta algún tipo de entrenamiento, abrí y cerré varias veces el mamotreto, primero desde adentro, después desde afuera, parado a media cuadra y finalmente desde la galería del fondo, como para probar el alcance. Funcionaba a la perfección. Las chicas ya no iban a tener que renegar cada vez que quisieran sacar el auto, o salir por la cochera.

Le mandé un par de videos a Mariela, que justo había tenido que ir a la oficina, mostrándole el resultado de nuestra última inversión, lo que la puso verdaderamente contenta. Convinimos en que la pasaría a buscar a las seis y media, cenaríamos pizza, terminaríamos la serie que habíamos empezado la semana anterior y que ya llevaba cuatro capítulos más de los necesarios y pasaríamos una tranquila noche de viernes.

Cómo habían estado trabajando en la cochera todo el día, el auto permaneció afuera. De alguna manera quise que la primera vez que guardáramos el coche con el portón automatizado, lo hiciéramos los tres juntos. A treinta metros de casa oprimí uno de los botones, y el portón comenzó a abrir. No hizo falta que me detuviera, porque al llegar ya estaba completamente abierto y ni bien ingresamos al domicilio, volví a oprimir el botón para cerrarlo. No encuentro la palabra exacta que describa la sensación que experimenté en ese momento. Quizá el vocablo que más se aproxime, sea “PODER”. Una embriagante sensación de Poder. Una inmensa puerta de seis metros por dos y medio se abre ante mí, para que ingrese o egrese de mi domicilio junto a mi familia, sin necesidad de que nadie se baje del vehículo, ni cinche como un burro. Con solo oprimir un botón; cualquiera de los tres disponibles, mi deseo se convierte en orden e inmediatamente una mole de más de media tonelada interrumpe su letargo para obedecer mi mandato. Con solo un dedo, una ligera presión casi imperceptible, domino a la bestia doblegando su inerte existencia.

Para Foucault, el poder no se posee, se ejerce. Sus efectos no son atribuibles a una apropiación sino a ciertos dispositivos que le permiten funcionar plenamente. Mi Poder, no reside en mi clase social, ni en mis diezmadas arcas, ni en mi superioridad genética, ni en mi casta. El dispositivo que le permite funcionar plenamente es un simple control remoto con tres botoncitos redundantes, tan simple de operar como de perder. Un Poder lábil, efímero, electrodependiente, intrascendente, mínimo pero intoxicante.

Mientras se calienta la pizza en el horno de la cocina, permanezco en el auto, abriendo y cerrando el portón, haciendo uso y abuso de mi diminuto poder. La voz de mi hija me rescata del embrujo. “¡A comer!”. Cierro por última vez la cochera, seguro y consciente de que mañana, con mi control remoto volveré a ejercer ese mismo poder y una vez más, las fauces de mi cochera se abrirán para permitir la salida gloriosa de mi familia.

Como si de un emperador romano se tratara, conocedor de que un solo gesto de su dedo pulgar puede decidir la vida o la muerte de un gladiador, atravesé el patio y la galería orgulloso con el control en mi mano. “Yo preparé la pizza y puse la mesa mientras jugabas en la chochera, me increpó mi compañera, así que te toca lavar los platos”. Con esas pocas palabras dio por terminada una discusión que ni siquiera permitió que comenzara, y con una cerveza en la mano caminó hacia el living en busca del control remoto de la tele.

El Muro.

Un envejecido y algo desmadrado cerco de ligustrina era la frontera entre mi hogar y el mundo exterior. Con más animosidad que vocación, cada tanto y refunfuñando, encaraba la poda. Pese a mis desmotivados esfuerzos, el cerco nunca obtuvo una apariencia respetable. Siempre tuvo el aspecto de una caótica maraña de ramas y hojas sin escuadra ni estructura. Por otra parte, por su espesura, su altura y su profundidad, cumplía perfectamente con su cometido: mantener a los de afuera, afuera… y a los de adentro, adentro.

Una mañana de fines de invierno la aguda mirada de mi compañera notó un ligero cambio en el follaje. “Se está secando”, dictaminó. Y efectivamente, se estaba secando. Comenzado el verano, la época de mayor crecimiento, el cerco en lugar de aumentar disminuía. Por entre sus ramas comenzaron a filtrarse imágenes del exterior, algo que nos hacía sentir sumamente expuestos. La translucidez se volvió preocupante cuando los vecinos de la cuadra, al pasar, miraban hacia adentro y, revoleando los brazos, nos saludaban. Nuestra frontera, el límite que separaba nuestro mundo del de ellos, se había vuelto permeable. La incomodidad se transformó en espanto cuando nos dimos cuenta de que, dentro del cerco, solo había cuatro hilos de alambre. Los cusquitos del barrio comenzaron a entrar y salir de nuestro jardín como si tal cosa, hasta que una mañana encontramos durmiendo en nuestro porche al enorme perro viejo del vecino de la esquina. Si pudo entrar ese perro, inmenso, casi ciego y con la agilidad de un fardo de paja; podría entrar cualquiera.

Con una inmediatez solo contenida por nuestro magro presupuesto, pusimos manos a la obra para solucionar el problema. O, mejor dicho, manos a la alcancía para conseguir que alguien lo solucionara. Encontramos un herrero, artista y artesano, para que encarara el tema de las aberturas. Una puerta peatonal y un portón de seis metros de hierro y chapa. El espacio que poco a poco iba abandonando el cerco, decidimos completarlo con ladrillos a la vista, por presupuesto y por urgencia, ya que la solución se adaptaba tanto a nuestras despobladas arcas, como a nuestra inminente debilidad limítrofe. “¿A qué altura, lo querés?”, consultaron ambos idóneos, y como soy hombre que conoce sus limitaciones y sabe respetar la cadena de mando; le pregunté a mi compañera. “Hasta donde llegan los brazos”, sentenció ella estirándose como cuando intenta alcanzar algo de la alacena. Con su acotado metro y medio resultaba una altura, algo escasa, pero más que aceptable. De inmediato evaluó la propuesta que, sin duda, no la había dejado conforme. “Hasta donde lleguen los brazos tuyos, porque los míos llegan hasta acá nomás”, agrego aún con los brazos en alto y meneando los dedos. “¿Dos metros veinte?”, preguntaron con asombro tanto el albañil como el herrero meneando las cabezas. Pero conocedores, ellos también, del organigrama familiar, aprobaron, sin chistar, la idea.

La parecita imaginada, rápidamente se convirtió en un muro enorme y el portoncito en una mole de metal de más de media tonelada. El albañil, un boliviano buenazo y pachorriento, llegó a los dos metros veinte y si no lo paro; seguía hasta que se le acabaran los andamios. El herrero, por su parte, prometió no hacer nunca más en la vida un portón de esas dimensiones, incluso si de ello dependieran la paz mundial y la vacuna contra el cáncer. La monstruosa obra, que dejó nuestro tesoro más flaco que la bóveda del Banco Central de la República Argentina, llegó a su fin insumiendo el doble de tiempo y dinero que el que holgadamente habíamos calculado.

Nuestra pequeña nación al fin tiene sus fronteras bien delimitadas y engañosamente protegidas. Pese a la sensación inicial de encierro y el agotamiento generado por tener abrir y cerrar el inmenso portón; quedamos conformes. Ya ningún intruso penetra en nuestro espacio, al menos no, sin premeditada mala intención. Nuestro perro es nuestro perro y el del vecino es el del vecino, y si bien se han generado algunas disputas en “aguas internacionales», por la rotura de alguna bolsa de basura o por ladridos molestos en la madrugada, no hemos tenido mayores inconvenientes.

Nuestro pequeño mundo, verde aún, aunque menos, arbolado, escaso de cielo y con horizontes bien cercanos nos engatusa con falsas promesas de seguridad. Irónicamente anhelantes de horizontes más lejanos, cielos más bastos y fronteras más amigables, soñamos para nuestra hija un mundo menos hostil y apretado, con espacio suficiente para todos, sin un “otro” amenazante, con menos muros y más puentes. Detrás de nuestro propio muro, cuesta la esperanza y la pantalla nos muestra, un panorama, muchas veces, aterrador.

Ayer plantamos arbustos con flores contra nuestro muro en un intento por camuflar el cemento. Quizá crezcan y lo disimulen, quizá volvamos a ver hojas en lugar de pared; pero ojalá la vida me regale tiempo para recordarle a mi hija que con hojas o con ladrillos un muro es un muro, y que los muros fueron hechos, incluso el nuestro, para ser traspasados y por qué no, derribados.

El Viejo Fino

En una oportunidad, cuando yo era pequeño, fuimos a un mercado con mi abuelo. La chica de la caja, muy sonriente ella, lo llamó diciéndole: «Pase por acá, abuelo». Mi abuelo, que además de ser viejo era algo taimado, simplemente le respondió: «Yo no soy su abuelo». Con la arrogancia propia de la juventud, la chica de la caja le retrucó: «No conozco su nombre, ¿Cómo quiere que lo llame?». A lo que él respondió: «Viejo, llámeme Viejo. Después de 80 años, creo que me lo gané.»


A pesar de mi corta edad en aquel entonces, siempre recuerdo esta anécdota. Viejo, en mi familia era una especie de título nobiliario. Viejo, era mi abuelo; el «Viejo Fino». Cuando el murió, mi padre se convirtió en el «Viejo Fino». A mis cincuenta y tantos abriles, y siendo el próximo en la línea sucesoria, aún siento pudor de utilizar ese título, pero cada vez que mi hija, distraídamente me llama «Viejo», siento una especie de orgullo y una profunda gratitud de ser el siguiente «Viejo Fino» de mi clan.

El «Viejo Fino»

¡Gracias Marlen, por hacerme recordar!

… de El Blog del Trujaman… Viejos son los trapos

Vacaciones en la playa.

Cuando decidimos vacacionar en la costa atlántica argentina, cosa poco habitual, tras dos o tres días de novedad y descubrimiento, sobreviene el aburrimiento y el fastidio.

Echarnos al sol durante horas, caminar cantidad de cuadras cargando sillitas, sombrillas, heladeritas y bolsos, jugar al tejo o a la paleta, comer churros grasosos todos los días, bañarnos en agua helada, participar de campeonatos de escoba del quince y escuchar cinco temas de reguetón al mismo tiempo, no es algo que hagamos cotidianamente y mucho menos, que disfrutemos hacer. Al cuarto día, esta nueva rutina, se vuelve un tedio, y al quinto día comenzamos a contar las horas para el regreso. Por cómodas que sean las camas del alojamiento, nunca están a la altura de las circunstancias y al sexto día el cuerpo nos indica que, aunque caigamos molidos por el exceso de actividad inconducente, el sueño no resulta reparador.

Es alrededor del séptimo día, recordamos el intento anterior de vacacionar en la playa y el juramento que hicimos de “no volver nunca más a la costa en temporada de veraneo”. Si al menos mi hija y mi compañera disfrutaran de la playa, eso sería más que suficiente para soportar el martirio, pero ni siquiera es así. Al décimo día ya estamos los tres realizando nuevos juramentos y evaluando adelantar el regreso, con el falso propósito de: “evitar el tráfico”. Si tenemos suerte, unos nubarrones amenazantes sirven de pretexto prefecto para emprender la retirada alegando la inconveniencia de permanecer en un lugar de playa, sin poder ir al mar por temor a “ser alcanzados por un rayo”.

Un par de días antes del final previsto de las vacaciones, sin remordimiento alguno, armamos las valijas y emprendemos la retirada. Confiados en que la lejanía del “cambio de quincena” nos permitirá volver rápidamente y sin contratiempos a nuestro hogar, salimos dispuestos a disfrutar del viaje. Eso nunca sucede, porque pareciera que, en los meses de verano, no existen días sin tráfico; y con 17 kilómetros de cola para pasar por el peaje y alegres paseanderos circulando a 50 km/h por el medio de la autopista, un viajecito de tres horitas se convierte en una pesadilla de 7 horas.

Ya en la seguridad de nuestro hogar, y lejos de rutinas foráneas y artificiales, renovamos votos de: “no veraneo en la costa” y comenzamos a planificar nuestro próximo descanso en algún lugar y con actividades más acordes a nuestras apetencias.

Lo Cotidiano se vuelve Rancio.

El inconfundible ladrido de Antú presagia la llegada del sodero, como cada miércoles alrededor de las 11:00 AM. Como su oído canino puede escuchar el motor a más de una cuadra, nos da tiempo para ir a la galería a buscar los bidones de agua y los sifones de soda vacíos. Cuando me asomo a la puerta veo el camión detenido a escasos metros de casa, descargando el pedido del vecino de enfrente. Un coche oscuro, con vidrios polarizados dobla, raudo, la esquina de Piovano (cosa extraña dada la deplorable condición de la calle) y acelera para detenerse justo frente a mi puerta, cortándole el paso al sodero. Tres individuos rechonchos y de mal aspecto se bajan del vehículo y con armas en la mano se dirigen directamente al camión. Uno de ellos, se detiene un momento para mirarme fija e inexpresivamente, como si todo se tratase de una situación de lo más normal y cotidiana. En pocos segundos suben al vehículo de reparto, van hacia la esquina, pegan la vuelta en U, regresan y se detienen nuevamente frente a mi casa, donde había quedado parado, impávido, el ayudante con dos sifones en las manos. Los tres gordos vuelven a subir al automóvil, el que me había mirado anteriormente vuelve a mirarme con la misma expresión anodina y tan veloz como llegaron, se marchan rumbo a Moreno. El sodero se baja del camión y calmadamente le comunica a su empleado que acababan de robarles. Mientras llama a la fábrica, para informar el incidente, el ayudante se acerca con una sonrisa y me pregunta si necesito algo más aparte del bidón y los dos sifones y me pone al corriente de una promoción, por tiempo limitado, de agua saborizada de pomelo. “¿Los afanaron?”, le pregunto, sin comprender muy bien de que viene esa sonrisa y tanta calma. “Sí, me responde, nos afanan todo el tiempo. Antes nos la pegaban generalmente en Rodríguez, pero ahora están viniendo para Moreno. Por “suerte” son tranquilos y rara vez lastiman a alguien”. Le agradezco la oferta de jugo, y se despiden amablemente, como cada miércoles, deseándome buena semana. No se si decirles; “igualmente”, o instarlos a que se consigan otro laburo que implique menos riesgo, o simplemente seguir callado e impertérrito, viendo como el camión se aleja y mi vecino Jorge cruza la calle esquivando charcos con los brazos en jarra, igual de conmocionado que yo.

¿Cuándo se volvió tan cotidiano y “aceptable”, lo que no debería serlo? ¿Cuándo las rejas, los muros y los portones dejaron de usarse para encerrar delincuentes y comenzaron a ser refugios donde nos escondemos, asustados, los vecinos? ¿Cuándo las alarmas vecinales, las cámaras de seguridad, las cerraduras reforzadas, las alarmas monitoreadas, los portones automáticos, se volvieron tema cotidiano y parte de la arquitectura? ¿Cuándo perdimos la calle los que nos criamos en ellas, jugando a la pelota hasta que se iba la luz, vagueando en las esquinas, andando en bicicleta, tomando el fresco y compartiendo el mate con algún vecino? Mi hija no sabe lo que es la calle. Nunca salió, con sus 12 años, sola ni al mercadito de la esquina, que queda a escasos metros de casa. No sabe lo que es pegar un portazo, gritando: “Voy a lo de Fulanito”; ni siquiera puede salir, sin tener que abrir al menos tres cerraduras.

Como la rana adentro de una olla al fuego, termina por hervirse, sin darse cuenta de que poco a poco el agua se va calentando y de que ese calor en algún momento terminará por matarla; así volvimos “aceptable” lo inaceptable, cotidiano lo insólito; y confiamos en la “suerte” de que las cosas no sean “peor” de lo que son.

La Taba

Y cómo quien no quiere la cosa el 2021, se fue diluyendo, disimuladamente, en un 2022 incierto; lleno de dudas y esperanzas. Con una neumonía bilateral y una estadía “all inclusive” en un coqueto hotel, asépticamente administrado por Swissmedical; dos dosis de vaya uno a saber qué cosa; chequeos de control y antidepresivos; fuimos gambeteando las burbujas, los grupos de riesgo, los aislamientos preventivos, los distanciamientos sociales obligatorios y de los otros, el alcohol al 70, la lavandina en gel, los barbijos con nano partículas de cloruro de benzalconio y los ambientes ventilados. La mano de D10s nos depositó medianamente ilesos en una mesa de noche vieja abarrotada de expectativas y con pocas certezas.

Sigo sin poder imaginar los acontecimientos de las próximas 12 horas, mucho menos el futuro que le espera a mi hija en un mundo cada vez más corto de sisa y ajustado de entrepierna.

Si hay un Dios, que nos bendiga; si estamos en manos de los astros, que se alineen; si la causalidad es quien gobierna, que seamos causa de mejores efectos y si somos esclavos del azar, cosa que vengo sospechando, que deje la taba de caer, tanto, del lado del culo y que la Suerte golpee de una puta vez a nuestras puertas.

La constipación.

Lo bueno que tiene la constipación, es que si uno dispone de un celular y tiene un espíritu curioso; puede disponer del tiempo en el que el cuerpo se encarga de arbitrar los mecanismos para deshacerse de los desechos, para curiosear en la web.

En el afán de descubrir curiosidades, me enteré que desde el principio de la pandemia hasta la fecha, 4.55 millones de personas murieron a causa del covid. Algo así como el 0.058% de la población mundial (7.8 Billones). Toda esta información aparece en los buscadores inmediata y casi instantáneamente.

Si uno consulta en cambio, “Cuánta gente muere al año de hambre”, la información es algo mas confusa y hay que buscar un poco más, pero finalmente aparecen algunos datos. 2.8 Millones de NIÑOS mueren anualmente por HAMBRE (cifra que según unicef, va en aumento a causa de la cuarentena). En otras palabras, durante la pandemia, murieron casi la misma cantidad de NIÑOS por HAMBRE que los fallecidos por covid. Si a este dato, frio y estadístico, le agregamos los 162 millones de NIÑOS que padecen desnutrición crónica, el número se vuelve alarmante. Casi la mitad de los argentinos son pobres y 4 de cada 10 niños que van a comedores, presentan síntomas de desnutrición.

La pregunta, surge inevitablemente. ¿Por qué el HAMBRE, no es considerado un problema “pandémico”? … y sobre todo: ¿Por qué nadie se plantea el uso de la única vacuna posible para el HAMBRE: Una más equitativa distribución de la riqueza, poniendo en práctica la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

Se me ocurre que la respuesta es tan simple como terrible… EGOISMO: Los que comemos todos los días, sabemos que no importa cuan cerquita nos paremos de un pobre, con o sin barbijo, no nos contagiaremos de hambre o desnutrición…

… maldita constipación…

Maestro.

Ayer fué el día del maestro, y cada año espero volver a compartir este pensamiento… Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”.

El de la vereda de enfrente...

Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”. Hoy, a mis cuarentitantos, creo que es la única profesión capaz de cambiar al mundo. No los economistas, no los abogados (Dios o el diablo nos libre de ellos), no los físicos, ni los ingenieros, no lo médicos, mucho menos los filósofos. No, ninguno de ellos. Los Maestros, ellos son los únicos que podrían.

Con la llegada de Sofía, y su precoz escolarización, redescubrí la escuela, y el noble clan de los maestros. En mis primeros contactos con ellos, ya en el rol de padre, lo primero que pensé fue; “¿De verdad esta gente hace este laburo por tan poca plata? Yo ni por un millón de dólares me fumo a 20 pibes”. Con el tiempo comprendí que la única explicación posible era la vocación. Nadie se…

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La balanza.

Viste cuando te estás por duchar, y ves la balanza de baño, y de aburrido nomás, mientras se calienta el agua, te subís… y aparece un número de 3 cifras…

En la vida hay puntos de no retorno. El primer beso, aquella conversación con tu viejo, la primera desilusión amorosa, cuando sacas el registro de conducir, cuando te recibís de algo, cuando te dicen que vas a ser papá, cuando te dan el diagnóstico… cuando te subís a la balanza y aparece un número de 3 cifras… Son momento en los que sabés que ya nada va a ser igual que antes. No importa cuantos besos vayas a dar, ni cuantas conversaciones importantes vayas a tener con tu viejo, ni cuantas veces renueves el registro o cuantos títulos y diplomas obtengas. No importa si tenés 5 hijos, si ese diagnóstico ya lo recibiste con anterioridad y venciste a la enfermedad. No importa si volvés a las dos cifras. No importa. Porque ya nunca vas a volver a ser el de antes.

Mi viejo me decía que no interesa cuan borracho o conmovido estés; nunca hay que perder la dignidad. Cuando vi las 3 cifras, confieso que estuve a punto. Primero pensé en revolear la balanza por la ventana del baño; pero tras evaluar las consecuencias, abandoné la idea. La segunda reacción fue bajarme del maléfico artefacto lo más rápido posible y como si no hubiera pasado nada, seguir con mi vida sin contarle a nadie lo sucedido, como si se tratara de una enfermedad venérea o de haber votado a Menem en los 90. La tercera opción, fue la de “hacer algo al respecto”. Una dieta saludable, que excluya hidratos de carbono y bebidas alcohólicas o azucaradas; sumado a una rutina de ejercicios contundente, que incluyera caminatas, pedaleadas, ejercicios aeróbicos y anaeróbicos, yoga, mindfulness, meditación trascendental y masajes reductores. La idea pareció brillante hasta que me sorprendí a mí mismo riendo a carcajadas en la intimidad del baño. Ni el vapor producido por la ducha empañando el espejo conseguía ocultar lo insostenible del plan.

Mientras me enjabonaba, intenté consolarme pensando que, de haber nacido en algún país con otro patrón de medida, por ejemplo, la libra, las 3 cifras no estrían tan mal vistas. En la luna, sin ir más lejos, pesaría un 83% menos; y mi silueta barroca, hubiera resultado de lo más inspiradora para un pintor como Rubens o incluso para un contemporáneo como Botero. Cuanto más intentaba consolarme, mayor era mi desconsuelo.

“¿Vos crees que estoy un poco excedido de peso?”, le pregunté tímidamente a mi hija. “¿Vos querés saber si estás gordo? Si, estás gordo papá”, me respondió. Convencido de que, con una preadolescente, no se puede hablar de estos temas tan… “sensibles”, me fui al estudio para consultarlo con mi esposa. “Si, estas muy gordo”, me respondió al tiempo que frotaba su mano en mi abdomen y me pedía que le alcanzara un café. Las premenopáusicas, evidentemente, tampoco son muy buenas en esto de brindar apoyo y contención a sus hombres.  

Ensimismado en mi angustia y mi desasosiego, terminé en la cocina preparándome un sándwich de mortadela y queso, en pan francés y con manteca, como corresponde. Mientras degustaba mi bocadillo, se me arrimó Antú, tan aceptante y fiel como siempre. “¿Vos crees que estoy gordo?”, le pregunte. Meneó la cola en rotunda negativa y se sentó a esperar su recompensa. Me senté en el piso de la cocina, y juntos terminamos el tentempié.

Sin duda, en estos temas tan existenciales, conviene confiar en la opinión de los mejores Amigos.