Hermandades.

Cuando alguna empleada de Starbucks le preguntaba su nombre, él solía dar un nombre falso. Esa sustitución efímera y momentánea de identidad, le proporcionaba cierta cuota de placer a la que no estaba acostumbrado.

– ¿Cuál es su nombre? – preguntó, sonriente, la empleada.

– René – respondió –… van de Kerkhof – agregó – pero no lo anotes, es muy complicado.

La empleada le regaló una de esas sonrisas, a las que tampoco estaba acostumbrado, y continuó tomándole el pedido.

En la caja de al lado, una cajera igual de sonriente le realizaba a su cliente la misma pregunta; “Willi, respondió el cliente de la caja de al lado, pero tampoco anotes mi apellido, porque es igual de complicado que el del señor”.

Ambos se miraron, en silencio, sin gestos ni palabras, sabiendo que algo los hermanaba… como hermanos gemelos, incluso.

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Allá en el fin del mundo.

En el descampado que estaba detrás de “Gran Tía”, donde hoy hay un centro de compras y entretenimiento, terminaba mi mundo conocido. Todo lo que me era amable y familiar concluía allí. Allí, en la indómita espesura de sus cañaverales y sus matorrales, habitaban mis monstruos, mis demonios, mis cucos, mis hombres de la bolsa. Sentado sobre la pared de la playa de estacionamiento del único “hipermercado” de zona oeste, la que daba a la Avenida Gaona, pasaba mi infancia mirando hacia aquel baldío, fantaseando aventuras imposibles y a la vez aterradoras. Nunca, jamás había yo cruzado aquella calle. Como si fuera un río infectado de alimañas, todas mis pedaleadas terminaban en sus costas, en el cordón de la vereda, sin animarme siquiera a pisar el pavimento. En la barra había quienes aseguraban haber estado allí y contaban encuentros espeluznantes con fantasmagóricas entidades, olores fétidos que podían enloquecerte, animales monstruosos ávidos de carne humana. Nada de eso era comprobable y por supuesto aquellas incursiones habían sido realizadas sin testigos. En algunas siestas de verano, debajo del roble de la plaza de calle Cantilo, propuse la aventura. Algunos se sumaron inmediatamente y allí mismo elaboramos detallados planes de exploración que quedaron en la nada cuando las voces de nuestras madres nos convocaron a tomar la leche.

Una fría tarde de otoño, a finales de la década del 70, tomé mi bicicleta y partí con rumbo conocido. Apoyé la Legnano con asiento banana en la pared del supermercado, me senté en la vereda, y contemple el fin del mundo, de mi mundo, con el firme propósito de expandir mis fronteras o morir en el intento. Confieso que la idea de “morir en el intento” pasó por mi cabeza, lo que prolongó mi permanencia allí sentado, algo más de lo previsto; pero finalmente me decidí. Amarré mi bicicleta a una de las columnas de iluminación y mirando hacia ambos lados, me adentré en el asfalto embravecido de la Avenida Gaona para arribar finalmente a las costas baldías e inhóspitas del “campito”. Encontré una brecha en la espesura, y me adentré en territorio desconocido. Recorrí sus senderos, escalé sus pilas de escombros, excavé en sus yacimientos de chatarra, espanté a cascotazos a felinos gigantescos, o tal vez fueron roedores, que se cruzaron en mi camino; adiviné sombras escondidas entre los matorrales, con quinientos ojos que me escrutaban acechantes. Al correr unas ramas, apareció una calle. Y del otro lado de la calle, casas. Un barrio, tan barrio cómo el mío. Incluso un lugareño que intentaba infructuosamente barrer unas hojas secas de su vereda, al verme salir de la mata enarboló su escoba a la voz de: “¡Váyase a joder a otro lado, mocoso de mierda!”.

Aquella tarde, aprendí muchas cosas sobre la vida. Aprendí por ejemplo que las selvas indómitas, como aquella, pueden ser rodeadas caminando, aunque no es tan divertido; que escuchar a otros hablar de lo que no conocen, te hace sentir importante; que hay aventuras que no necesitan ser contadas para que todos sepan que lo hicimos, simplemente porque se nos nota en la cara; que mi vieja, por aquel entonces, era inexorable a la hora de imponer castigos por llegar tarde, castigos que luego mi viejo levantaría sin mucha ceremonia.

Pero sobre todo aprendí, que crecer, no es otra cosa que adentrarse en terrenos inexplorados y de a poco ir ampliando nuestras fronteras, hasta el infinito.

No entiendo los cementerios.

No entiendo los cementerios, nunca los entendí, ni los entenderé. Ese culto a la carroña, esa adoración a la putrefacción y al olvido. Huesos y carne podrida disimulados tras opulentos mausoleos o humildes y engañosas lápidas. Siempre me pregunté: ¿Qué es lo que la gente va a buscar en ellos? ¿Recuerdos, imágenes de un pasado que no volverá y un futuro que la muerte se empeñó en negarles?

Así como nunca he pisado un cementerio, más allá de las ocasiones en las que era socialmente inaceptable dejar de concurrir, jamás pude resistirme a la tentación de entrar en el edificio de la casa central del Banco de la Nación. En cada oportunidad que he andado por las cercanías, en microcentro o en la Plaza de Mayo, siempre siento el impulso de entrar, y entro. Allí están mis padres, no en el cementerio de Morón, no en la bóveda familiar, no en el nicho sin identificación, porque no hubo nadie que volviera a colocarla. Entrar al Banco Nación es estar con mis viejos.

No importa el calor o el frío que haga en la calle, allí la temperatura siempre es agradables. Una luz cenital invade todo el salón central, inmenso, interminable, circular. Olor a madera, a papel, a grasa de máquinas sumadoras; un aire aparentemente diáfano pese al centenar de pulmones que lo respiran. Ruidos de sellos, de impresoras, de pasos; el sordo ronroneo de los aire acondicionado.

Cuando entro, me gusta caminar despacio alrededor de la isla central donde están las cajas y la tesorería. Me detengo a veces, en los espacios reservados para muestras de arte, que no siempre son de mi agrado, para finalmente terminar sentándome en alguno de los bancos de madera oscura, donde la gente espera que les llegue el turno de ser atendidos. Allí se suman ellos, mis padres; y en absoluto silencio sin girar la cabeza para no delatar su ausencia, les hablo de mi vida,  de mi compañera, de mi hija, una realidad que no llegaron a conocer. Ellos simplemente están ahí, en el silencio que hacen los muertos. Después de un rato, me despido y me voy.

No fueron muchas las veces en las que con mi vieja fuimos a buscar a mi papá a su trabajo, allí en el Banco. No fueron muchas las ocasiones en las que los tres nos sentamos en aquellos incómodos asientos; pero debe haber sido tan fuerte la experiencia en mi infancia; recorrer ese lugar inmenso y misterioso de la mano de mi madre, subir por las oscuras escaleras, caminar los interminables pasillos, asomarme a los balcones que daban al hall central; debe haber sido tan poderosa la imagen de mi  viejo apareciendo detrás de alguna de las gigantescas puertas de madera, con su sonrisa de siempre; debe haber sabido tan bien el pebete de jamón y queso que me devoraba en el bar de Mitre y 25 de Mayo, mientras ellos tomaban un café expreso y charlaban vaya uno a saber de qué.

No entiendo los cementerios, pero puedo comprender esa necesidad de sentirse acompañado por aquellos que ya partieron. Allí, en el hall central del Banco de la Nación Argentina, allí están ellos, para siempre.

Cordura.

Miró por la ventana y descubrió que los cables del tendido eléctrico se parecían mucho a un pentagrama. Mientras observaba, una bandada de palomas se posó caóticamente sobre ellos; palomas negras, palomas blancas; algunas pequeñas y delicadas, otras enormes y rechonchas. Se sentó al piano y empezó a reproducir la melodía que las aves le dictaban. A medida que tocaba, los pájaros modificaban la configuración saltando de cable en cable, ocupando los espacios entre líneas, juntándose, separándose, realizando giros y piruetas.

Antes del tercer movimiento, descubrió que había recuperado la cordura.

3:10 AM

Me desperté con la noche acariciándome el rostro. No necesité mirar el reloj para saber la hora; 3:10 AM, cada noche a la misma exacta hora. Me pareció escuchar la risa de mi  madre desde algún lugar lejano. Un calosfrío me recorrió el cuerpo e instintivamente estiré mi brazo buscando el calor de mi mujer. Allí estaba, cálida como siempre, acurrucada. La rodee con mis brazos y mis piernas como aferrándome a la última balsa del naufragio. Ella se dejó abrazar. Así estuvimos un buen rato, ella dormida, yo despierto esperando que pasara el tiempo.

Mi vieja vejiga urgió mi atención. Me levante de mala gana, abandonado mi cálido refugio. Bese a mi esposa en la mejilla y la arropé con el egoísta propósito de encontrarla igual de tibia a mi regreso.

Caminé a oscuras hacia el baño, abrí la puerta, encendí la luz y allí estaba, sentada en el inodoro, frunciendo el rostro de sueño, mi mujer.

–  “¿Qué hacés? No ves que estoy yo. Esperá que ya termino”.

Los Antiguos.

Al sur del sur viven. Allá donde la montaña penetra en el mar embravecido, donde el bosque se pierde en la estepa, donde los lagos se encadenan unos con otros formando un circuito interminable. Allá donde los cielos permanecen diáfanos y el silencio acalla cualquier ruido. Los invasores, llegados del otro lado del mar, los llamaron: “Los Invisibles”, pero ellos prefieren llamarse a si mismos con el nombre que les dieron los primitivos Señores de la Tierra, quienes los llamaban: “Los Antiguos”; porque no existe ninguna leyenda, ningún relato, ninguna canción que de cuenta de sus orígenes. “Los Antiguos”, existen desde siempre, son tan viejos como el sol, como la luna, como la Madre Tierra.

Se dice de ellos que son pardos como el paisaje que los cobija y que ningún blanco los ha visto nunca, aunque saben de ellos por sus huellas y sus tropelías, que siempre dejan algún daño en la propiedad de los invasores. Entre los habitantes originarios, solo algunos pocos, los más ancianos, son capaces de verlos, y se cuentan con los dedos de una mano aquellos a quienes “Los Antiguos” llaman “Amigo”.

Sofía Canta.

Desde que se levanta hasta que se acuesta; canta. Lo hace muy mal, herencia paterna sin duda, pero con dedicación materna. Canta con descaro, con impunidad, sin mesura.

A pesar de estar de vacaciones, hoy se levantó temprano, y decidió que era buena idea ordenar su cuarto como para aprovechar el desvelo. Ordena y canta, guarda y canta, acomoda y canta, se sube a la cama para amontonar los peluches en la repisa y canta, se distrae correteando a la gata y canta.

Estoy empezando a sospechar que es Feliz.

Fríos eran los de antes.

En la casa donde nací, allá en Haedo, con sus dos plantas, sus cuatro habitaciones, su living comedor enorme; había solo dos estufas. Un hogar a leña en la planta baja, de ineficiencia inaceptable para los nuevos estándares y una a gas en la planta alta, para calefaccionar todos los cuartos.  Por supuesto, durante las noches de invierno, nadie bajaba a ponerle leña al hogar y la estufa de la planta alta permanecía apagada por cuestiones de seguridad y ahorro. Las mañanas eran verdaderamente frías. Nos acurrucábamos a desayunar en la cocina, donde mi abuela, que siempre era la primera en levantarse, nos tenía preparado el café con leche bien caliente, con tostadas que aromatizaban el ambiente. El escaso fuego de las cuatro hornallas apenas conseguía atemperar el frío acumulado durante la noche.

Nunca estuve en Siberia, pero en mi fantasía infantil, salir a la calle y caminar las diez cuadras que había hasta la escuela, era como adentrarme en la estepa siberiana. Cruzar la plaza pisando la escarcha que blanqueaba el pasto, zapatear en los charcos congelados, correr para ganarle a las volutas de vapor que salían de mi boca, chasquearle el lóbulo de la oreja a algún amigo desprevenido que se me cruzara por el camino. Cantidades incontables de capas de ropa me convertían en una especie de Michelin viviente. Gorro de lana, bufanda, zapatillas de cuero, que las de lona son para entre casa.

Las aulas de la 23, con techos altísimos, eran incalefaccionables pese al denodado esfuerzo del viejo Cabana, que mantenía la caldera al borde de la explosión para tratar de mandar agua caliente a los viejos radiadores de fundición. Intercambiar figuritas con los guantes puestos era una tarea titánica. Cualquier caída cuadruplicaba el dolor del impacto de las manos congeladas contra el suelo. Ir a la bandera esos días era un castigo más que un premio, atravesar el patio con solemne andar portando el pabellón nacional, hacer los nudos y luchar con la polea que nadie se molestaba en lubricar. A medida que avanzaba la mañana, el sol, si es que aparecía, iba poniéndole calidez a la jornada y así comenzaba la tarea de deshacerme de al menos dos o tres capas de ropa, mucha de la cual me dejé olvidada; único registro de mi paso por aquellos claustros.

Fríos eran los de antes, sin duda, pero cuanta calidez me trae este recuerdo.

 

Momento de Lectura

Ayer por la tarde nos sentamos con mi hija en el sillón del living a leer. Uno de esos momentos mágicos que suceden a veces. Cada uno en su rincón, cada uno con su libro y cada uno con su propia lámpara. Desde el principio me resultó muy difícil concentrarme en la lectura. Siempre que está Sofía cerca, un gran porcentaje de mi atención se enfoca en ella. En nada en particular, en mirarla nomas.  De cualquier manera, intenté infructuosamente arrancar con la última novela de Leonardo Padura, un escritor que tenía algo postergado. Sofía no paraba de moverse. Intentaba posiciones y posturas que tranquilamente podrían haber sido de yoga, acomodaba y reacomodaba la luz, cambiaba el libro de mano, se contorsionaba. “¿Qué estás tratando de leer?”, le pregunté por fin. Se trataba de un libro, con cuentos de animales, que le habían dado en el colegio como proyecto para leer en una quincena.  Me contó que el cuento con el que estaba luchando, trataba de una historia, en la cual a un tigre que miraba su reflejo en el río, descubrió que tenía un bigote blanco, y como no quería volverse viejo, decidió convocar a los demás animales de la selva, para preguntarles qué podía hacer para vivir muchos años. Ahí se empezó a trabar la cosa, no recordaba que animales participaban del asunto, que propuesta le hacía cada uno al tigre, y la historia se convirtió en un embrollo. Medio que se le volaron los patos y tuve que contenerla para que no revoleara el libro al diablo. Actitud esta, que aprendió sin dudas observando al padre.  Dejé definitivamente al pobre Padura, una vez más postergado, sobre el apoyabrazos y le propuse que me leyera el cuento, pero que me lo leyera como los cuentos que le lee mami a la noche antes de dormir. Se acomodó con las piernas cruzadas tipo indio, y empezó a leer; con dificultad y medio tartamudeando al principio. Duró escasos segundos en esa posición, y mientras leía se empezó a mover en el sillón, al principio tímidamente y después ya con mayor energía, interpretando a los personajes y actuando las situaciones que iba narrando.  De a poco la historia fue tomando forma. Del sillón paso a la mesa ratona, que ofició de escenario improvisado y a lo que tan gentilmente escribió Gustavo Roldán, autor del libro, ella fue agregando su propia versión de los hechos, e incluso se permitió alguna que otra licencia argumental. Terminó por fin de leer el cuento, y se sentó feliz a mi lado.  Claro, me dijo, primero lo lees, después lo entendés y al final lo dibujas, o lo actuás, o lo escribís de nuevo como te parece. Sin darme tiempo a responderle o a darle mi opinión, se levantó y salió corriendo en busca de la gata. Su momento de lectura había terminada, lo que favoreció el comienzo del mío. Sentarse en un sillón, bajo una lámpara con las piernas cruzadas es solo una forma de leer. Parece que a Sofía, esa forma tan formal y tan estática no le sirve. No paro de sorprenderme. Leer sigue siendo para mí un momento mágico, ojalá mi hija pueda disfrutar de esa magia y que la lectura se convierta en una sana compañera que la acompañe toda su vida.

Volar.

Sentado en el filo, liberó su mente, que sin pedir permiso se escapó hacia el valle. La dejó vagar. Sintió la brisa acariciarle el rostro y la escuchó jugar entre los pastos duros . Un aroma lejano le recordó su casa. Humo.  Blancas y esponjosas como corderos lechales, un grupo de nubes se puso a jugar, formando callejones en el cielo hasta perderse en la lejanía.

No sentía su cuerpo, ni la dura roca bajo sus piernas. Una ráfaga repentina le erizó la piel. “Más fuerte, pensó; más fuerte”. Y el viento pareció escucharlo. “Más fuerte”; y una nueva racha sacudió su cuerpo. “¡Más fuerte!”, lo desafió . La brisa respondió al instante. “¡Basta!”… gritó algo asustado pero eufórico. El viento cesó.

Desplegó su ala en metódico ritual y con la nueva ráfaga se echó a volar. Inmediatamente sintió el tirón. Era el viento cálido llevándolo al cielo. Todo su cuerpo se tensó en el acto y contorsionado comenzó a girar acompañando el latido de la suave corriente.  Pronto su ala rasgó la nube y sin rumbo cierto decidió viajar.