Sofía la Pensadora.

Desde el estudio podía escuchar la risa de Sofía. Nada extraño, ella pasa gran parte del día riendo. Me acerqué hasta su cuarto para ver qué era lo que le resultaba tan divertido. La encontré sentada en la cama con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, riendo y girando su cabeza de un lado hacia el otro cómo si estuviera inmersa en medio de un gentío. Hablaba con uno, hablaba con otro, miraba sobre su hombro, y reía.

-¿Qué haces, Sofía?, quise saber.

Mi voz la sorprendió y abrió los ojos en un sobresalto.

-Estoy pensando, dijo y volvió a cerrar los ojos.

-Pensando… y ¿qué estás pensando?

-Cosas, papá, estoy pensando cosas, respondió, con cierto fastidio, sin dejar de sonreír.

Cómo era evidente que estaba molestandola, decidí irme y dejarla allí sola con sus pensamientos.

Preparé unos mates mientras escuchaba su risa, que por momentos desbordaba en carcajada. Me gusta mucho la risa de mi hija. Si solo pudiera elegir un sonido para escuchar por el resto de mi vida, seguramente sería su risa. Al rato apareció en la cocina y manoteó una de las tostadas con queso que estaba preparando.

-Quiero leche.

Mientras le calentaba una taza de leche, se puso a perseguir a la gata que resignada finalmente se dejó atrapar.

-Así que pensabas; cosas.

Escondida detrás de su taza, me miró con ojos enormes sin entender muy bien de que venía la cosa.

-En tu cuarto, recién, estabas pensando cosas.

-Ah, sí. Estaba pensando cosas.

-Eran cosas divertidas, evidentemente, porque te reías a carcajadas.

-Si, a veces pienso cosas divertidas, otras veces pienso cosas terroríficas, o aventuras con animales. Una vez pensé en un viaje por el espacio.

Me costó un poco entender lo que estaba tratando de contarme.

-¿Cómo si soñaras?, pregunté.

-No papá, eso lo hago dormida; pensar lo hago despierta.

-Ah, creo que te entiendo, es como si imaginaras una historia, un cuento.

-Eso, un cuento.

Inmediatamente recordé las interminables aventuras que viví solo en mi cuarto más o menos cuando tenía su edad y una especie de calosfrío recorrió mi espalda.

-Es muy lindo eso, le dije.

-Sí, a mí me gusta.

-¿Por qué no escribís las cosas que imaginas?

-¿Para qué?

-Para guardarlas, como un tesoro, como si fueras una escritora.

Me miró un rato sin decir nada, parecía estar evaluando la posibilidad de escribir las historias que imaginaba.

-No, dijo finalmente.

-¿No?

-No, yo no soy una escritora, papá, soy una pensadora. Las historias las guardo acá, dijo señalando su cabeza con el dedo.

-¿No se te olvidan?

-No, y si se me olvidan no importa, pienso otras y listo.

Dio por terminada la conversación y se fue a su cuarto a ver la tele.

Arreglé el mate que ya estaba algo lavado y me quedé pensando. Algunas de las historias que yo había imaginado de pequeño volvieron a mi memoria. Eran historias con indios y cowboys, soldados, piratas, dragones. Historias en las que podía volar o respirar bajo el agua. Historias en las que el bueno siempre ganaba y se quedaba con la chica. Historias de viajes espaciales a planetas imposibles. Yo tampoco las había escrito. No era un escritor en ese entonces, era un “Imaginador”. Volví a escuchar las carcajadas y creí que había retomado sus “pensamientos”; pero no, está vez habían sido las andanzas de Manzana y Cebollín.

Una niña llamada M.

Un día, los diarios se dieron cuenta que hay niños pobres viviendo en las calles. Se enteraron que pasan frío, que tienen hambre, que no van a la escuela, que sus padres están ausentes, que están al alcance de quien quiera llevárselos.

Un día, una niña invisible, por fin consiguió un rostro y un nombre; y miles de ojos buscaron su cara por el conurbano y cientos de bocas pronunciaron su nombre. Hasta parecía existir.

Tres helicópteros, ochocientos efectivos de las fuerzas de seguridad, mas de doscientos móviles policiales abocados a la búsqueda de la niña invisible. Todo un monstruo, comparado con los escasos doscientos voluntarios y el maltrecho avión de fumigación que combatieron las llamas en más de treinta mil hectáreas de bosque patagónico. Pero acá los intereses eran otros.

Una madre “atontada” reclama por los medios lo que nunca pudo darle a su hija, mientras una horda invade la autovía implorando justicia y aparición con vida de una niña de tantas, pero esta vez con nombre y rostro. ¿Y el padre? ¿Por qué nadie pregunta por el padre de la niña?

Los que enarbolaban alegremente la consigna: “Esas negras de mierda se embarazan para cobrar un plan”, de pronto arriaron su bandera para izar una nueva. ¿Dónde está el estado que no protege a “nuestros” niños? Y la hipocresía, una vez más, bailando impúdica en plena calle.

La suerte y los ojos atiborrados de noticias de un camionero y una señora, por fin dieron con el “secuestrador”, que sin entender muy bien lo que pasaba fue detenido mientras la niña lloraba en los brazos castrense de una mujer policía.

La justicia dictaminó que ya no era “conveniente” pronunciar su nombre, ni mostrar su rostro. La niña volvió a ser invisible. Los visibles ahora, inundaran las pantallas con informes, notas, reseñas y debates. Los visibles harán uso y abuso, ellos también, de la niña invisible para llenar sus propios cántaros y visibilizarse a sí mismos aún más. Los visibles seguirán sin ver, mientras los hipócritas, ciegos también, preparan su próxima bandera.

Lágrimas en el fuego.

“No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan solo por vicio”; canta Sabina. No es mi caso. Lloro con una película, con un buen libro, con las canciones de Serrat, con las ocurrencias de mi hija, con la cercanía de mi compañera. Soy un llorón. Pero las lágrimas de ayer fueron diferente; acompañadas por ese nudo en la boca del estómago tan característico de la angustia, de la congoja; quizá de la bronca y la impotencia. La Comarca Andina del paralelo 42, uno de los sitios más bellos del planeta, arde en llamas.

Un grupo de Hombres, con H mayúscula, pierden lo propio por salvar lo ajeno. Las llamas les pisan los talones, devoran su refugio y sus pertenencias; ellos corren tratando de salvar lo poco, pero el monstruo les gana la parada. Se alejan del fuego, con la certeza que deberán volver por él, para vencerlo, para doblegarlo, si eso cabe.

Una joven parada frente a las ruinas de su casa, su taller, su mundo; les pide a los bomberos que no toquen nada, que necesita convertir los despojos en una obra de arte, porque si no lo convierte en arte, no va a poder seguir viviendo.

Una mujer llora desesperada, y su llanto se confunde con el llanto de sus hijos y con el ruido de las llamas. Las imágenes muestran una casa incendiada, ella grita: ¡Corran, corran! mientras las garrafas explotan en un estruendo infernal. La imagen se pierde por un buen rato, hasta que su rostro desencajado aparece repitiendo entre lágrimas: “Estamos vivos, papá, estamos vivos”

Un auto se acerca con promesas de humo, mas humo, y una lluvia de piedras lo aleja del lugar. Las llamas no son casuales. Son llamas de codicia, de avaricia, de corrupción, de egoísmo. Los mismos de siempre quieren la tierra sagrada para mancillarla, para penetrar en ella, para explotarla. Todos lo saben, todos. Sobre todo, aquellos que callan, que ocultan, que se enriquecen siempre.

Las lágrimas de la gente no alcanzan para apagar las llamas. Y el cielo no quiere llorar. ¿Alguien pagará por tanto dolor? O los miserables de siempre morirán de viejos, libres y con honores.

Distopía.

Después de un ciclo de educación virtualizada, Sofía volvió a la escuela. Llegamos temprano, como siempre. Algunos niños, ya estaban paraditos sobre unos puntos rojos dibujados en el suelo de la vereda. Los padres observábamos con distanciamiento protocolar. No hubo saludos, no hubo abrazos. Desde sus puntos rojos, con ojos desorbitados, con sonrisas vedadas y en absoluto silencio, los niños se saludaban tímidamente sacudiendo, apenas, sus manos. En el silencio de la vereda, el sollozo angustiado de una madre se propagaba como una epidemia; como otra epidemia. “Esto es muy triste” repetía una y otra vez, como si se tratara de un mantra. En las miradas de todos, la ansiedad, la congoja, el temor a un tirano invisible capaz de alzar su mano ejecutora sobre cualquiera.

Finalmente las puertas se abrieron. Maestros disfrazados de autómatas ocultaban su angustia tras unas mascaras de acetato. Con palabras amables, instaban a los niños, a conservar la distancia y a reprimir el deseo de salir corriendo para abrazarse. Un termómetro digital, dictaba sentencia. Un chorro de alcohol en las manos les daba la bienvenida. Uno a uno fueron marchando por las escaleras, hacia unas aulas que ni siquiera puedo imaginar.

“Esto es muy triste” repetía una y otra vez, una madre desconsolada, mientras la vereda se iba despoblando lentamente.

Una nueva normalidad, que nada tiene de normal.

“Esto es muy triste”, repetía.

Mi tío anarquista.

Pequeño, delgado, calvo, con unos ojos enormes ocultos detrás de unas gafas de alambre. Ligeramente encorvado, de andar veloz, con las manos siempre en los bolsillos; pasaba largas horas en inmovilidad absoluta, recostado sobre alguna pared en la que diera el sol.

Se jactaba de no haber trabajado nunca. Vivía de forma nómade, alternando temporadas en las casas de sus tres hermanas. A cambio de cama y comida, durante la estadía, se ocupaba de las reparaciones y el mantenimiento general de las viviendas. Conocido por ser un hábil carpintero, toda la familia le encargaba muebles, que a la larga y con desgano, realizaba en la carpintería de un camarada. “Vos podrías estar lleno de plata con semejante talento”, le decían; pero eso no le importaba. Una caja con herramientas, un reloj de bolsillo, un set de afeitar en un estuche de cuero y dos o tres pavadas más, que cargaba de casa en casa en sus periódicas mudanzas, eran sus únicas pertenencias. Aunque leía todas las noches antes de acostarse, no poseía ningún libro, simplemente los retiraba de alguna de las tantas bibliotecas de las que era socio, para luego devolverlos, a tiempo e inmaculados.  

Tenía las uñas de la mano derecha inusualmente largas y afiladas. Se las limaba durante horas, contra la pared del lavadero o en las lajas del frente. Una vez le pregunte para qué dejaba crecer las uñas de una sola mano de ese modo, y me respondió: “Por las dudas que tenga que tocar la guitarra”. Era un en excelente percusionista autodidacta, cuyo redoblante supo destacarse en los carnavales de Roberts, pero guitarra; nunca nadie lo vio tocar.

Era un tipo raro, rodeado de un aura mística. Sus anécdotas de juventud, relatadas siempre por terceros, recorrían el delicado límite entre la realidad y la fantasía. Se decía que, efectivamente, no había trabajado nunca, que tocaba el redoblante magistralmente sin haber estudiado jamás, que era capaz de permanecer mucho tiempo alejado de las duchas y que era un amante dotado. En su juventud, era habitual verlo descolgándose de las ventanas, tanto de jovencitas casadera, como de mujeres desposadas, aburridas de la vida conyugal. Se comentaba incluso que, a causa de una de estas aventuras, tuvo que abandonar su pueblo natal entre gallos y medianoche.

Hablaba muy poco, prácticamente nada, característica que compartía con mi abuela. Era habitual verlo sentado durante horas en la cocina de casa sin decir una palabra. Mientras ella cocía o cocinaba, él simplemente permanecía en silencio, recostado en el respaldo de la silla, con las piernas estiradas, un escarbadientes en la boca y las manos entrelazadas sobre su regazo.

Cada día, al caer la tarde, cambiaba su indumentaria de fagina (alpargatas, camisa y pantalón de Grafa), por un viejo pero impecable traje a rayas con chaleco, camisa blanca, corbata y zapatos Derby. Luego de pedirle plata a mi abuela, como si fuera un niño de diez años, se marchaba saludando a los presentes con un ligero toque en el ala de su sombrero. Con mi bicicleta más de una vez lo seguí por las calles de Haedo, en su peregrinar diario rumbo a la estación. En el bar del andén lo esperaban sus camaradas. Luego de pedir alguna bebida espirituosa, se sentaba con ellos, siempre en el mismo banco, a terminar el día enfrascado en acaloradas discusiones políticas.

En una oportunidad, siendo yo pequeño, me enfrasqué en una pelea en la plaza que quedaba frente a mi casa. Era una pelea perdida desde del comienzo. Mi contrincante era un fulano mucho mayor que yo, con un tamaño descomunal y conocido en el barrio por ser un verdadero matón. Vaya a saber por qué motivo, me envalentoné en una disputa futbolística, de las que nunca participaba, y en un momento le rebolee una trompada. El plantígrado esquivó mi golpe, como si se tratara de esquivar una mosca y me propinó un cachetazo que me desparramó en el suelo. Crucé la calle llorando y en la puerta de mi casa, mi tío Pedro, recostado contra la pared, como siempre, me dijo con una sonrisa en los labios: “No sé qué es peor, si tu golpe de derecha o tu falta de criterio para elegir contrincantes. Vas a tener una vida difícil si andas tirándole manotazos a gorilas como ese”, y siguió afilándose las uñas en las lajas del frente como si nada hubiera pasado. Esa fue una de las pocas veces en la que me dirigió la palabra.

Sigo sin entender cómo es que conservo tan vívido el recuerdo de un personaje tan poco amable, osco y hostil. Quizá, ese rechazo, ese menosprecio, ese fastidio indisimulable que tensaba su rostro cada vez que me veía; quizá la forma contundente en la que ignoró mi existencia sean la clave. No digo que ese mismo rechazo no lo hayan sentido otros miembros de mi familia, pero en él era tan contundente que incluso creo que era el único sentimiento que se esmeraba en demostrar. Hijo único de padres grandes, criado por mi abuela materna, siempre rodeado de condescendencia y sobreprotección. Era mimado, malcriado, consentido y con un alto grado de malicia. Sin duda debo haber fastidiado a todos los adultos de mi familia, pero para él yo no era un fastidio; era insignificante. No podría decirse que fuera un tipo muy paciente, pero su paciencia era particularmente nula cuando se trataba de lidiar conmigo. Estoy convencido incluso, que no solo me consideraba irritante, sino además algo estúpido.

Después de cuarenta años aún lo recuerdo. Quizá, la única persona que, sin gestos ni palabras, supo poner al niño que fui, en su lugar. El me enseñó que si tu derecha no es buena, no deberías tratar de usarla y que evaluar adecuadamente a un contrincante, suele ser la mejor manera de no terminar en el suelo.

Al final mostró la hilacha…

Al final mostró la hilacha, decía siempre mi abuela. Y pareciera que mostrar la hilacha siempre es el último acto de cada capítulo en la historia de la humanidad. En definitiva, ante una crisis local o, más o menos global, después de unos tibios brotes “solidarios”, aparece indefectiblemente la mezquindad, el egoísmo, la codicia, el odio fundado en el miedo que surge de las fauces de los instaladores de “verdades” manipuladas y manipulantes. El beneficio de unos pocos, cimentado en el sacrificio de muchos; y en el medio una pegajosa marea mediocre de “ninis” que, sin pertenecer, deseando pertenecer, temiendo nunca pertenecer; dormita silenciosa, aturdida, anhelante, sin cuna y sin sepulcro.

Nota mental: No tengo que perder la esperanza, no tengo que perder la esperanza, no tengo que perder la esperanza, no tengo que perder la esperanza…

Tormenta de verano.

Unos nubarrones asoman sobre la medianera. Presagian, sin saberlo, un alivio temporal para la calamidad húmeda y pegajosa que es el verano de Buenos Aires. Un viento rachado sacude las copas de los árboles. La voz de mi madre ordena: “Adentro”, pero es poco probable que obedezca. Rápidamente las nubes trepan por el cielo para, en pocos minutos, cubrirlo por completo. El silencio sobrecogedor. Los truenos tienen esa facultad, la de sumir al mundo en un silencio expectante. Los pájaros interrumpen su vuelo, los perros se acurrucan bajo la cama, los insectos callan. Solo los sapos; ellos sí festejan la llegada de la tormenta con su canto.

Una noche ficticia se apodera del día y un monstruoso relámpago anuncia, con voz de trueno, el torrencial aguacero. En pocos segundos el fondo de casa se encharca, incapaz de absorber tanta agua. El cielo se ilumina, ruge, se desangra. Parado en medio del parque, dejo que la lluvia helada moje mi cuerpo, para zambullirme luego en la pileta, que me recibe con un cálido abrazo. Repito la acción varias veces. Relámpago, trueno, lluvia, viento. Mi madre grita nuevamente: “Adentro, que te va a partir un rayo”. La amenaza no parece ser suficiente, ni para mí ni para ella, que tan campante me mira por la ventana de la cocina con una sonrisa en los labios, con un mate en la mano.

Con la misma velocidad que llega, se va. El cielo se deshilacha, permitiendo que los rayos del sol acaricien la tierra mojada. Un arcoíris nos convoca a mi madre y a mí, al borde de la pileta. “Dije adentro, ¿te volviste sordo?”. Con un coscorrón desganado, ensaya un reto poco convincente, mientras me cubre con el toallón raído. El arcoíris se desvanece y los nubarrones viajan en busca de nuevos parques, nuevas piletas, nuevos niños, nuevas madres que gritan; “Adentro”, nuevos toallones raídos.

El tiempo se congela en un perpetuo presente, y la tormenta, el parque, la pileta, el toallón, mi madre, mi infancia; permanecen allí para siempre.

Jonatán y Yeni

Recién llego de hacer la verificación policial del auto. Elegí para hacerla la oficina de Luján. Siempre que tengo algún trámite pendiente, de ser posible, trato de realizarlo en Luján. Me gusta experimentar, aunque sea por un rato, la calidez y la hospitalidad “pueblerina”. Saludar y que te saluden, ser bien recibido y bien atendido, la parsimonia acompañada de una grata conversación, el respeto de quienes pacientemente esperan su turno sin intentar adelantarse. No sé, me gusta todo eso.

Llegué 8:30 AM, puntual. Una puntualidad germánica heredada de mi viejo. Ingresé inmediatamente al edificio, inmediatamente fui atendido por un amable asesor e inmediatamente me enviaron con el auto a una dársena específica para esperar que el oficial actuante, verificara los números de motor y chasis.

En la dársena de al lado, en un Volkswagen Gol algo venido a menos, una rubia voluptuosa, en iguales condiciones que su auto, conversaba animadamente con uno de los policías. Matizaban una charla anodina de liso y llano levante, llamándose, cada tanto, por sus respectivos nombres propios, como para hacer mas “personal” la situación. Jonatán de acá, Yeni de allá, era muy divertido verlos pavonearse, como dos pavos reales, coqueteándose mutuamente. Si bien era el próximo de la fila, era evidente que la cosa se iba a demorar. Jonatán anotó un número en un pedazo de formulario que recortó prolijamente, y se lo entregó a “la Yeni” con una sonrisa pícara, indicándole que tenía que ponerse en contacto con ese teléfono a la brevedad si quería agilizar el tramite y quizá, comenzar con un “trámite nuevo”. Yenifer ensayó una sonrisa vergonzosa que evidenció su falta total de vergüenza y guardó el papelito en su abundante escote, como adelanto de lo que seguramente le esperaba al afortunado Jonatán. Ni bien la dama abandonó el recinto, el Jonatán enfilo para la oficina de personal, y se dispuso a relatar a sus compañeros, recurriendo a gestos exagerados, los pormenores de su conquista matutina. La cosa duró unos 20 largos minutos en los cuales, los asistentes, observamos pacientemente todo el espectáculo, a través de los cristales de la oficina.

Concluyó su exposición en medio de las carcajadas de sus compañeros, se acercó a mi auto que ya tenía el capó levantado y luego de apuntar certeramente con su linterna y chequear los números identificatorios, me miró y me dijo: “Listo, le va a llegar el formulario a su mail”. Toda la operación tardó aproximadamente 7 segundos. “Disculpe la demora, agregó, es que hoy estamos un poco tapados de trabajo”. “No te preocupes, le respondí, tu “devoción por la atención al cliente”, seguramente va a tener una “rubia” recompensa”. Todos los que allí aguardábamos nos reímos con ganas y Jonatán, orgulloso, me despidió con una palmada en el hombro. “Olvídate, la rubia ya está adentro… gracias por la paciencia amigo”

Me retiré saludando a todos como si nos conociéramos de años y 20 hermosos minutos después de lo previsto continué con mi rutina diaria.

“Meritocracia” o “Kakistocracia”.

Personalmente cuando escucho la palabra meritocracia, me corre un frío por la espalda. En lo primero que pienso es en la desigualdad de oportunidades, y en el escaso mérito que deben hacer alguno en contraposición al denodado esfuerzo, habitualmente infructuoso, que una gran mayoría, que no tuvo la suerte de nacer en el lugar correcto, debe hacer para escalar socialmente, en el mejor de los casos, o para no desbarrancar, en el peor.

Ciertamente para poder hablar de “mérito”, es imprescindible la igualdad de condiciones. El punto de partida debe ser al mismo para todos. Ese punto de partida no es otra cosa que Educación de calidad, Salud integral, Trabajo bien remunerado, Alimentación adecuada, Vivienda accesible, Medio Ambiente cuidado, etc. Si todos partiéramos de un mismo lugar, esta palabrita cobraría otro sentido. Interés, Capacidad, Dedicación, Esfuerzo, Entusiasmo, Cooperación, Resiliencia, Eficiencia; serían componentes personales, perlitas que cada individuo podría aportar desde su individualidad, para marcar en algún punto la diferencia.

Un escenario de equidad, lamentablemente, es inimaginable en el mundo actual, cuya característica principal es la creciente desigualdad, la escasez de oportunidades y la marginación alarmante de una gran cantidad de Seres Humanos que hoy son “prescindibles”. Los Nadie.

Pero la palabra Meritocracia tiene otro significado. De acuerdo con Wikipedia: “La meritocracia ​​​​​ o gobierno de los mejores es una “forma de gobierno” basada en el mérito. Las jerarquías son conquistadas por el mérito, y hay un predominio de valores asociados a la valoración de la capacidad individual frente a los demás […]”.

El éxito del Imperio Romano se fundamentó en gran medida en confiar cargos y poderes a las personas más capaces, que eran escogidas y entrenadas para tal efecto; y su decadencia vino de la mano de la transmisión hereditaria (por la línea de sangre) de dichos poderes. Por supuesto la sociedad romana no tuvo, ni de cerca, condiciones de equidad e igualdad social. Quienes llegaban a ocupar cargos de poder en el estado eran miembros de una clase dominante, inaccesible para la mayoría. Pero para llegar a ocupar puestos de poder, era imprescindible ser el mejor, el más meritorio entre tus pares.

Si tuviera un emprendimiento, un negocio, una empresa y decidiera contratar a un CEO, a un grupo de gerentes, o incluso empleados; lo primero que haría sería encarar una búsqueda laboral, solicitando curriculum vitae de los postulantes y referencias laborales comprobables. Eso es lo que yo haría, y seguramente lo que haría cualquiera que quisiera llevar adelante un emprendimiento exitoso. Sin embargo, a la hora de elegir a nuestros legisladores, a nuestros gobernantes, a nuestros políticos (quienes gerenciarán nuestra patria); no reparamos en sus CV, si es que los tienen (muchas veces carecen de ellos) y mucho menos en sus “Referencias”, que suelen ser lamentables, cuando no, alarmantes. Elegimos alegremente a ladrones, corruptos, traficantes, contrabandistas, ignorantes, nenes de papá, desequilibrados mentales, mafiosos, patoteros; cuyos únicos “méritos” comprobable son la capacidad de encender multitudes con una oratoria elocuente o la disponibilidad financiera para solventar costosas campañas mediáticas asesorados por pintorescos coach extranjeros.

En lo sucesivo, cuando escuche la palabra “Meritocracia”, seguramente seguirá corriéndome un frio por la espalda, pero ya no solo por recordar la desigualdad de oportunidades de muchos, sino también por la imbecilidad de aquellos que alegremente elegimos a quienes metódicamente nos llevan a la banca rota.

Vivimos sin dudas en una Kakistocracia, del griego (kàkistos), el peor y (kratos), gobierno, es un término utilizado en análisis y crítica política para designar un gobierno formado por los más ineptos (los más incompetentes, los menos calificados y los más cínicos) ​de un determinado grupo social.

Y lo peor de todo; vivimos en una “Kakistocracia Democrática”. Imbéciles eligiendo ineptos.

Los Rotos.

A pocas cuadras del Museo del Prado, subiendo por calle de las Huerta, ubicado en una antigua esquina que da a un callejón, un bar; “Los Rotos”, así lo llaman, abre sus puertas cada mañana sin mayores pretensiones.


Su nombre responde al “plato estrella” del lugar: “huevos rotos”, pero por alguna razón, se me antojó cuando estuve allí, que podría describir perfectamente a los parroquianos que acuden como a misa, puntuales y devotos. Y que podría describirme a mí.


Entramos una mañana de principios de otoño con mi mujer y mi hija. El frío y el aroma del café recién hecho fueron invitación suficiente. Nos sentamos en una mesa arrinconada junto a la ventana y un joven con dentadura perfecta se arrimó, sonriente, a tomarnos el pedido. Café con croissants y un jugo para Sofía.


En la barra una mujer elegantemente vestida con un trajecito de sastre, desayunaba junto a un hombre de aspecto dignamente desaliñado. Solo una banqueta los separaba, una banqueta vacía que ninguno de los dos se atrevía a ocupar. Charlaban tímidamente, mirándose de costado, obsequiándose sonrisas tibias, comentando el clima, las noticias, los últimos escándalos gubernamentales.

Entró un señor con su perro. Tocando ligeramente el ala de su trilby saludó a la concurrencia. A varios de ellos, la dama y el caballero de la barra incluidos, los saludó por sus nombres y aventuró una palmada en la espalda del hombre desaliñado, como invitándolo a cambiar de silla. Detrás del mostrador una moza con acento andaluz, vociferó: “Buenos días don Manué, ya le llevo lo de siempre”. “Hola guapa”, respondió Don Manuel ocupando un lugar al final del mostrador.


La estruendosa frenada de un camión de la recolección, no sorprendió a nadie más que a nosotros. Dos hombretones morrudos, con chalecos fluorescentes, se bajaron con una taza en la mano y caminaron hacia el bar. Al entrar, cedieron el paso a una muchacha elegantísima, que con una taza en la mano, al igual que ellos, entró saludando a todos y pidiendo: “lo de siempre”. La moza tomo sus tazas y las llenó con café humeante.

Mientras bromeaban sobre los efectos de ese café sobre sus tripas, los tres cogieron unos bollos del mostrador y los colocaron en unas bolsas de papel, y con apuro de lunes, pero sin dejar de saludar, se marcharon con sus cafés y sus bollos compartiendo las últimas risas ya en la calle.


Una joven estudiante cargada de libros y carpetas roció sus tostadas con aceite de oliva, dos sexagenarias emperifolladas no se decidían, un matrimonio con dos críos que no paraban de berrear intentaban acomodarse en el escaso espacio que quedaba, tres alumnos de secundaria desparramaron monedas sobre el mostrador, un caballero de oscuro traje y brillantes gemelos dorados, un turista alemán con su inseparable mochila, un motoquero, un mendigo. El bar se fue llenando. Codo a codo se fueron ocupando los lugares. El señor de los gemelos, descarado, se sentó en la butaca vacía, la que la dama elegante y el caballero desaliñado no se animaban a ocupar. El mendigo fue saludado por todos; Don Antonio lo llamaron, y recibió agradecido los dos bollos que la moza le preparó con la misma dedicación de siempre. “Estos van por mi cuenta, guapa”, dijo el señor del perro, refiriéndose a los bollos, lo que la muchacha agradeció con un gesto, sin decir palabra.


Terminamos de desayunar y nos quedamos allí un buen rato. No podía irme. Algo en todo aquello me resultaba tan cálido y familiar que me atrapaba como esos abrazos de abuela que demoran la partida. Yo no era de allí, era un forastero, pero por un momento pertenecí a aquella peña y sin conocer sus nombres, sus historias, sus pesares, sus desencuentros, sus amores, sus olvidos, sus impiedades, fui uno más entre Los Rotos.


Finalmente nos fuimos, Madrid nos recibió con su frescura de marzo, y nos perdimos en sus calles, tan propias y tan ajenas.


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