Los Antiguos.

Al sur del sur viven. Allá donde la montaña penetra en el mar embravecido, donde el bosque se pierde en la estepa, donde los lagos se encadenan unos con otros formando un circuito interminable. Allá donde los cielos permanecen diáfanos y el silencio acalla cualquier ruido. Los invasores, llegados del otro lado del mar, los llamaron: “Los Invisibles”, pero ellos prefieren llamarse a si mismos con el nombre que les dieron los primitivos Señores de la Tierra, quienes los llamaban: “Los Antiguos”; porque no existe ninguna leyenda, ningún relato, ninguna canción que de cuenta de sus orígenes. “Los Antiguos”, existen desde siempre, son tan viejos como el sol, como la luna, como la Madre Tierra.

Se dice de ellos que son pardos como el paisaje que los cobija y que ningún blanco los ha visto nunca, aunque saben de ellos por sus huellas y sus tropelías, que siempre dejan algún daño en la propiedad de los invasores. Entre los habitantes originarios, solo algunos pocos, los más ancianos, son capaces de verlos, y se cuentan con los dedos de una mano aquellos a quienes “Los Antiguos” llaman “Amigo”.

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Sofía Canta.

Desde que se levanta hasta que se acuesta; canta. Lo hace muy mal, herencia paterna sin duda, pero con dedicación materna. Canta con descaro, con impunidad, sin mesura.

A pesar de estar de vacaciones, hoy se levantó temprano, y decidió que era buena idea ordenar su cuarto como para aprovechar el desvelo. Ordena y canta, guarda y canta, acomoda y canta, se sube a la cama para amontonar los peluches en la repisa y canta, se distrae correteando a la gata y canta.

Estoy empezando a sospechar que es Feliz.

Fríos eran los de antes.

En la casa donde nací, allá en Haedo, con sus dos plantas, sus cuatro habitaciones, su living comedor enorme; había solo dos estufas. Un hogar a leña en la planta baja, de ineficiencia inaceptable para los nuevos estándares y una a gas en la planta alta, para calefaccionar todos los cuartos.  Por supuesto, durante las noches de invierno, nadie bajaba a ponerle leña al hogar y la estufa de la planta alta permanecía apagada por cuestiones de seguridad y ahorro. Las mañanas eran verdaderamente frías. Nos acurrucábamos a desayunar en la cocina, donde mi abuela, que siempre era la primera en levantarse, nos tenía preparado el café con leche bien caliente, con tostadas que aromatizaban el ambiente. El escaso fuego de las cuatro hornallas apenas conseguía atemperar el frío acumulado durante la noche.

Nunca estuve en Siberia, pero en mi fantasía infantil, salir a la calle y caminar las diez cuadras que había hasta la escuela, era como adentrarme en la estepa siberiana. Cruzar la plaza pisando la escarcha que blanqueaba el pasto, zapatear en los charcos congelados, correr para ganarle a las volutas de vapor que salían de mi boca, chasquearle el lóbulo de la oreja a algún amigo desprevenido que se me cruzara por el camino. Cantidades incontables de capas de ropa me convertían en una especie de Michelin viviente. Gorro de lana, bufanda, zapatillas de cuero, que las de lona son para entre casa.

Las aulas de la 23, con techos altísimos, eran incalefaccionables pese al denodado esfuerzo del viejo Cabana, que mantenía la caldera al borde de la explosión para tratar de mandar agua caliente a los viejos radiadores de fundición. Intercambiar figuritas con los guantes puestos era una tarea titánica. Cualquier caída cuadruplicaba el dolor del impacto de las manos congeladas contra el suelo. Ir a la bandera esos días era un castigo más que un premio, atravesar el patio con solemne andar portando el pabellón nacional, hacer los nudos y luchar con la polea que nadie se molestaba en lubricar. A medida que avanzaba la mañana, el sol, si es que aparecía, iba poniéndole calidez a la jornada y así comenzaba la tarea de deshacerme de al menos dos o tres capas de ropa, mucha de la cual me dejé olvidada; único registro de mi paso por aquellos claustros.

Fríos eran los de antes, sin duda, pero cuanta calidez me trae este recuerdo.

 

Momento de Lectura

Ayer por la tarde nos sentamos con mi hija en el sillón del living a leer. Uno de esos momentos mágicos que suceden a veces. Cada uno en su rincón, cada uno con su libro y cada uno con su propia lámpara. Desde el principio me resultó muy difícil concentrarme en la lectura. Siempre que está Sofía cerca, un gran porcentaje de mi atención se enfoca en ella. En nada en particular, en mirarla nomas.  De cualquier manera, intenté infructuosamente arrancar con la última novela de Leonardo Padura, un escritor que tenía algo postergado. Sofía no paraba de moverse. Intentaba posiciones y posturas que tranquilamente podrían haber sido de yoga, acomodaba y reacomodaba la luz, cambiaba el libro de mano, se contorsionaba. “¿Qué estás tratando de leer?”, le pregunté por fin. Se trataba de un libro, con cuentos de animales, que le habían dado en el colegio como proyecto para leer en una quincena.  Me contó que el cuento con el que estaba luchando, trataba de una historia, en la cual a un tigre que miraba su reflejo en el río, descubrió que tenía un bigote blanco, y como no quería volverse viejo, decidió convocar a los demás animales de la selva, para preguntarles qué podía hacer para vivir muchos años. Ahí se empezó a trabar la cosa, no recordaba que animales participaban del asunto, que propuesta le hacía cada uno al tigre, y la historia se convirtió en un embrollo. Medio que se le volaron los patos y tuve que contenerla para que no revoleara el libro al diablo. Actitud esta, que aprendió sin dudas observando al padre.  Dejé definitivamente al pobre Padura, una vez más postergado, sobre el apoyabrazos y le propuse que me leyera el cuento, pero que me lo leyera como los cuentos que le lee mami a la noche antes de dormir. Se acomodó con las piernas cruzadas tipo indio, y empezó a leer; con dificultad y medio tartamudeando al principio. Duró escasos segundos en esa posición, y mientras leía se empezó a mover en el sillón, al principio tímidamente y después ya con mayor energía, interpretando a los personajes y actuando las situaciones que iba narrando.  De a poco la historia fue tomando forma. Del sillón paso a la mesa ratona, que ofició de escenario improvisado y a lo que tan gentilmente escribió Gustavo Roldán, autor del libro, ella fue agregando su propia versión de los hechos, e incluso se permitió alguna que otra licencia argumental. Terminó por fin de leer el cuento, y se sentó feliz a mi lado.  Claro, me dijo, primero lo lees, después lo entendés y al final lo dibujas, o lo actuás, o lo escribís de nuevo como te parece. Sin darme tiempo a responderle o a darle mi opinión, se levantó y salió corriendo en busca de la gata. Su momento de lectura había terminada, lo que favoreció el comienzo del mío. Sentarse en un sillón, bajo una lámpara con las piernas cruzadas es solo una forma de leer. Parece que a Sofía, esa forma tan formal y tan estática no le sirve. No paro de sorprenderme. Leer sigue siendo para mí un momento mágico, ojalá mi hija pueda disfrutar de esa magia y que la lectura se convierta en una sana compañera que la acompañe toda su vida.

Volar.

Sentado en el filo, liberó su mente, que sin pedir permiso se escapó hacia el valle. La dejó vagar. Sintió la brisa acariciarle el rostro y la escuchó jugar entre los pastos duros . Un aroma lejano le recordó su casa. Humo.  Blancas y esponjosas como corderos lechales, un grupo de nubes se puso a jugar, formando callejones en el cielo hasta perderse en la lejanía.

No sentía su cuerpo, ni la dura roca bajo sus piernas. Una ráfaga repentina le erizó la piel. “Más fuerte, pensó; más fuerte”. Y el viento pareció escucharlo. “Más fuerte”; y una nueva racha sacudió su cuerpo. “¡Más fuerte!”, lo desafió . La brisa respondió al instante. “¡Basta!”… gritó algo asustado pero eufórico. El viento cesó.

Desplegó su ala en metódico ritual y con la nueva ráfaga se echó a volar. Inmediatamente sintió el tirón. Era el viento cálido llevándolo al cielo. Todo su cuerpo se tensó en el acto y contorsionado comenzó a girar acompañando el latido de la suave corriente.  Pronto su ala rasgó la nube y sin rumbo cierto decidió viajar.

Sábado, 6:48 AM.

La vejiga urgente de mi perro viejo, me rescata de las garras de un sueño anodino, de esos que hasta da bronca soñar. Permanecer tirado panza arriba en la cama, no es una opción. Afuera todavía está oscuro, apenas unos rayos perezosos despuntan detrás de la ligustrina. El cielo está despejado; la humedad en los vidrios da cuenta de una mañana fresca. Me gusta el otoño; soy otoño.

Hay algunas personas muy verano, coloridas, sofocantes, brillantes, ruidosas, extrovertidas, superficiales, muy para afuera. Son alargadas como los días de verano, a veces interminables, agotadoras como un día entero de playa, divertidas, eufóricas, desprejuiciadas, pegajosas.

Otras son como el invierno, reflexivas, introspectivas, oscuras, más bien nocturnas. Bien para adentro, casi crípticas. Profundas, ausentes, solitarias, silenciosas. Frías, en algunas ocasiones heladas. Peligrosamente heladas si no consiguen encender un buen fuego.  Con una esperanza guardada por ahí. Gestantes, anhelantes.

Las primaverales son explosivas, abrumadoras, impertinentes, avasalladoras. Tienen el descaro de creer que vienen a rescatar a alguien. Son alergénicas, irritantes incluso. Floridas, vistosas, alegres, frescas por la mañana y calurosas por la tarde.

Las personas otoño son ocres, melancólicas, taciturnas, profundas, incluso algo cavernosas. Ausentes, frescas, acurrucadas, irónicas, fastidiosas. Tienen algunos días de veranito atrasado y otros de invierno acechante.  Anhelantes de silencio y soledad. Perezosas,  bucólicas, cancinas, exasperantemente estáticas. Gruñonas, quejosas, desdeñosas.

Pero también hay personas perennes. Son raras, indescifrables. Como nieve en primavera, como veranito de San Juan, como tormenta de verano, imprevisibles. Son sorprendentes, inesperadas, acechantes, misteriosas, camaleónicas, traicioneras.  Enceguecedoras y oscuras, que es casi lo mismo. Tienen algo de cada estación y lo usan según su conveniencia.

Me gusta el otoño; soy otoño… eso es lo que argumentan algunas personas perennes para pasar desapercibidas…

Seres sin rostro.

La primera persona que me limpió el culo fue mi vieja. Supongo que mi abuela habrá colaborado. A mi viejo no lo veo, nací en la época en la que los padres no limpiaban culos.

La última persona que me limpio el culo, fue una joven de unos veintitantos años, cuyo nombre no conozco.

Si se tratara de una saga mitológica, relataría la historia de un Hombre, tendido sobre una roca, encadenado; en un lugar sin tiempo ni esperanza.  Alrededor suyo, acechantes, pululan seres sin rostro que recogen sus excresencias. El Hombre teme a esos seres que extraen de su cuerpo la inmundicia limpiando hasta el último resquicio. Cree que son demonios, pero se equivoca. Son Ángeles. ¿Se trata de ángeles caídos? ¿Se encuentran ahí castigados por alguna deidad? No, todo lo contrario, son Elegidos. En el reino de los Ángeles, solo muy pocas almas pueden realizar esa tarea.

La última enfermera que me atendió, se despidió deseándome: “Ojalá no volvamos a vernos”.

El mejor deseo que he recibido en mucho tiempo, de un Alma capaz de realizar una tarea que muy pocos pueden realizar.

Cuando entrás en terapia intensiva, en la puerta hay un cartel que dice: AREA RESTRINGIDA. Deberían poner otro abajo que dijera: ANTES DE INGRESAR, NO OLVIDE DEJAR SU DIGNIDAD EN LA PUERTA.

Mariela sonríe.

Mariela no llora. En los años que nos conocemos, la he visto llorar muy pocas veces; creo que me sobran los dedos de una mano para contarlas. Las dos que vienen a mi memoria están directamente relacionadas con arribos y partidas. La partida de su “Nonita”, y el arribo de “Sofía”.

Cuando conseguía abrir los ojos y conservar la consciencia por un instante, lo único que podía ver era un montón de rostros desconocidos, con gesto hipocrático y profesional. En medio de esa Hidra de galenos, paradita al fondo, sola; ella me miraba. Horror era lo que había en su mirada; del genuino, no ese horror frívolo y artificial del cine, un horror autentico, relacionado con lo irreversible. Mariela firmaba papeles, papeles que no tenía tiempo de leer, porque era precisamente el tiempo el que se estaba escapando. Cuando la camilla cruzó por la puerta de la habitación rumbo a terapia intensiva, lo último que vi antes de desvanecerme fue aquel rostro, pequeño, solitario, mirándome horrorizado. No había lágrimas, si lloró no pude verla.

Desperté encadenado a una cama, entre cables, mangueras y catéteres, en un lugar lleno de esterilidad y olvido. Crecí en el seno de una familia cristiana, conozco perfectamente la Culpa y la idea del infierno no me es ajena. Sin embargo, con el purgatorio siempre tuve problemas, como que el concepto no terminaba de cerrarme. Si alguna vez estuviste en una UTI, creo que eso alcanza para comprender lo que es el purgatorio; un lugar sin tiempo, sin espacio, estéril, donde no entra nada que no sea tu cuerpo desvalido, encadenado. Ni siquiera la esperanza. Convencido que era allí donde me encontraba volví a dormirme. Me desperté en algún momento, algo más lúcido, y fue entonces que comprendí una cosa: estaba vivo. Una procesión de especialistas vestidos de blanco no paró de entrar en la habitación, auscultándome con devota profesionalidad. Rostros, rostros y más rostros; pero el rostro de ella no aparecía.

Un ángel que portaba un estetoscopio en una mano y una chata en la otra, me comunicó que estaba por comenzar el horario de visita. Cuando la puerta se abrió, esperaba ver cualquier cosa, pero lo que vi me salvó la vida. Mariela entró en la habitación portando descara una hermosa y perfecta sonrisa, esa que me enamoró hace tantos años. Acomodó una desmesurada cantidad de bagajes en uno de los sillones y calmada, sin dejar de sonreír, se acercó, me acarició la cara y me besó. Con esa sonrisa ingresó la esperanza como polizón y con su luz pude ver la salida. Tengo que salir de acá, pensé, tengo que salir.

Grandes maestros orientales, oradores mediáticos de la nueva era, ciento de especialistas han escrito tomos enteros sobre: “Vivir el presente”. Profesores han intentado inculcarme la idea y machacando, machacando algo de éxito han tenido. Mariela nunca leyó ninguno de esos libros, jamás habló con mis profesores, y si por casualidad escucha la palabra oriente la relaciona automáticamente con comida picante con sabor a curry. Mariela vive en el presente; Es presente.  Paradita, aquí y ahora, mira hacia adelante, cogoteando de vez en cuanto para atrás solo para chequear alguna cosa y seguir, pero nunca para detenerse.

Estoy en casa, en la galería, custodiado por Sofía que durante estos pocos días de ausencia, se recibió de ángel de la guarda.

La escucho en la cocina haciendo algo, no sé qué, seguramente haciendo lo que hay que hacer, como siempre. Aparece con una taza de café y se desploma a mi lado en una reposera, portando esa sonrisa que me sacó del purgatorio. Se la ve cansada, pero en paz, como un guerrero después de 4 días de solitaria batalla.

 

Bermúdez y Beiró

Apenas entro, me atropella una nostalgia ajena. Nada en mi pasado remite a lugares como aquel, sin embargo la sensación al entrar es de profunda nostalgia.

El bar de Bermúdez y Beiró, que ni nombre a la vista tiene, me recibe con sus puertas abiertas, como abrazando. Mesas bien separadas, baldosas gastadas, ventanales de madera oscura por donde se cuela una brisa generosa, cargada de ruidos. Junto a la entrada, un teléfono público reluciente, aguarda esperanzado que alguna insólita epidemia cibernética destruya para siempre a los celulares. Mostrador de fórmica a tono con las mesas, escasa iluminación, exhibidores de acero y vidrio, cansados ventiladores de techo colgando de un cielorraso desconchado, algunos carteles con viejas publicidades y el infaltable espejo en el fondo. Desparramados por el salón, un grupo de parroquianos se mimetizan con el entorno. Un par de operarios devoran el plato del día, un viejo encorvado agrega soda a su vaso de vino, una mujer sola intenta contentar a su crio berrinchudo, un muchacho con muletas aguarda en la barra el fruto de unas monedas mendigadas en el semáforo, el diariero, sentado junto a la ventana que da a su puesto, atiende a la clientela sin siquiera abandonar su silla.

Todo parece viejo, vetusto, decadente.

Elijo un lugar junto a la ventana que da a la calle Bermúdez para aprovechar la briza. Apenas termino de sentarme,  un mozo igual de anacrónico que el entorno, azota la mesa con un repasador, saluda con un escueto: “Buenos días”, y me clava una mirada inquisidora. “¿Qué se puede comer que sea más o menos rápido?” Inmediatamente recomienda las empanadas, las de humita sobre todo, hechas con choclo natural; “… porque acá no usamos esa porquería de choclo en lata”, agrega. Acepto la propuesta y decido acompañarlas con una 7 Up bien fría. “Con limón”, sentencia el mozo, sin mucho interés en mi opinión.  Enfrente de mí, un viejo dormita con la cabeza recostada sobre un puño, tanteando apenas con los dedos de la otra mano el diario que descansaba sobre la mesa. No puedo resistir la tentación de tomarle una fotografía. En no  más de treinta segundos, el mozo vuelve con la gaseosa y las empanadas. “Calentitas, pero se pueden comer. Buen provecho”.

Abrumado por la nostalgia de un tiempo no vivido, de historias de bar que nunca fueron mías, de una decrepitud ajena, que se hace propia al traspasar sus puertas, me acuerdo de mi amigo Rovera, vecino de la zona, y nadie más indicado que él para comprender esa sensación que estoy experimentando. Le mando la foto del mi vecino durmiente, con un simple: “Que lindo bar!!!… Beiró y Bermúdez”, como epígrafe. No pasan ni diez minutos y ya estamos juntos disfrutando de la charla, de la compañía, de la briza, de la rancia decrepitud del lugar y de una cervecita fresca, para mitigar el calor. Compartimos un rato hermoso, una historia de bar nuestra, propia, verdadera. Nos despedimos, para retomar nuestros quehaceres, con la promesa de volver a regalarnos otros momentos de bar, en ese o en otro igual de genuino. Porque en ese bar de la calle Bermúdez y Beiró, como en nuestra charla no hay lugar para la impostura.

Un bar, viejo, mucho más incluso que nosotros, y sin más pretensiones que abrazar, recibir y cobijar a la variada fauna porteña. Por un rato formamos parte de la historia de ese bar; tan genuino, tan simple, tan honesto como nuestra amistad.

Cualquier parecido con la realidad, no estaría siendo mera coincidencia…

Ambos se despertaron sobresaltados. En la penumbra de la habitación, se buscaron instintivamente bajo las sábanas. El encuentro de sus manos tibias los tranquilizó. Algo los había despertado, pero ¿qué? No tardaron en descubrirlo. Un extraño ruido, como de arañazos, proveniente del tejado, volvió a estremecerlos. Ninguno de los dos tenía la menor intención de levantarse, y mucho menos de salir del cuarto para averiguar lo que estaba sucediendo. Una nueva secuencia de arañazos hizo que él, por fin adoptara el rol que le correspondía de acuerdo a su educación patriarcal y saliera de la cama. Prendió las luces del patio; trató de escudriñar en las sombras con los ojos aún dormidos, intentando adivinar un cuerpo o al menos un movimiento que le indicara la presencia del intruso; pero no vio nada. El ruido provenía del techo, no cabía duda; la única opción era salir con una linterna y verificar qué o quién estaba provocándolo. “¿Quién anda ahí?”, gritó con escasa convicción, a través de las persianas cerradas a cal y canto. Ella lo esperaba en el cuarto, segura de que su hombre no saldría ni por error de aquella casa. Llamemos al 911, propuso uno de ellos, nunca pudieron precisar cuál.
Una voz femenina, calmada, tranquilizadora; respondió inmediatamente: “Nueve once, buenas noches, ¿Cuál es su emergencia?” Con pericia quirúrgica, la operadora realizó las preguntas pertinentes en el tono necesario, interrumpiendo la verborragia de los afectados con contenedora autoridad. En pocos segundos, recaudó toda la información necesaria y dio por terminada la conversación con un: “Ya mismo les estamos enviando un móvil”. Antes de que pudieran colgar, se escuchó la sirena del patrullero; o para ser más preciso, de “los” patrulleros, porque fueron cuatro los que arribaron al domicilio, inundando la cuadra con luces intermitentes y estridentes sonidos que pusieron en vilo al barrio entero. De los móviles descendieron doce uniformados entre oficiales y suboficiales de diversos sexos y edades, todos enfundados en chalecos anti-balas y fuertemente armado. Mientras los más jóvenes aguardaban parapetados tras las unidades, los más expertos arengados por un oficial de mediana edad, comenzaron a escudriñar el tejado con unas poderosísimas linternas recientemente adquiridas por la fuerza. En tanto una oficial bajita, de cabello desteñido arremetía vigorosamente con un machete, contra las plantas que adornaban la entrada de la casa, en busca de algún sospechoso escondido, el oficial a cargo se dispuso a hablar con los propietarios. No fueron necesarias más de tres o cuatro palabras para corroborar la información que le habían enviado desde la central 9-11.
La presura de la situación no les dio, a los dueños de casa, tiempo para cambiarse. Cuando ingresaron los agentes de la ley, él se encontraba vestido tan solo con un slip diminuto, de color negro con el dibujo de un saxofón dorado, estratégicamente ubicado. Ella, en cambio, al presentir la inminente llegada de masculinos armados, alcanzó a manotear un desabillé semitransparente que ocultaba aquellas zonas que pretendía ocultar, mientras remarcaba aquellas otras zonas que intencionalmente pretendía resaltar. Oculta detrás de su marido, ensayó una cara de victima indefensa que pasó inadvertida ya que la mayoría de los efectivos, principalmente la cabo primero Ordoñez, no podían despegar la mirada del saxofón dorado. Recién, cuando por consejo del oficial actuante, el propietario se retiró en busca de alguna prenda con que ocultar el instrumento, las miradas se enfocaron en ella; particularmente la de la cabo primero Ordoñez, que en esos momentos se encontraba evaluando meticulosamente las zonas que estratégicamente evidenciaba el desabillé.
Cinco efectivos corrieron al patio trasero cubriéndose unos a otros como en las películas de Hollywood, derribando de una patada la puerta de la cocina, sin reparar en la atónita presencia del propietario que, ahora sí, cubierto con una bata de baño que había quedado de color rosa tras haber sido lavada con un par de medias de futbol, sostenía en su mano un impotente manojo de llaves entre las que se encontraba la de la puerta desmantelada. Revisaron el techo, el quincho, el galpón y el lavadero; dando voces de alto y destrozando cuanto se interponía en su camino. La providencial ausencia de perro, evito una desgracia mayor. La cabo primero Ordoñez, entre tanto, permaneció firme junto a la dueña de casa, sin retirarle la mirada de encima ni un minuto, con el propósito de protegerla personalmente en caso de que la cosa se pusiera complicada.
Enseguida se hizo evidente que ni en los alrededores de la casa, ni en el techo, ni en ninguna locación externa había nadie escondido o merodeando. Con paciencia castrense el oficial encargado encaró al propietario, cuya bata, con el trajín, se había desabrochado; “¿Dónde fue exactamente que escucharon el ruido?”. Sin demoras fue conducido al lugar exacto. Las evidencias hablaban por si mismas: Estaban en el entretecho. Empuñando la reglamentaria y levantando un brazo en alto ordenó a su pequeño ejército que hicieran silencio. Casi se podía escuchar los latidos de los corazones en la pegajosa penumbra del cuarto, cuando una nueva serie de rasguños, desato una hecatombe de disparos que se focalizaron en un sector del cielo raso, generando un agujero del tamaño de una ventana, disparos que no cesaron hasta que el marcial alarido del oficial dio por terminada la intervención. La cabo primero Ordoñez, dando muestras de una fiereza y una vocación de servicio inigualables, se había arrojado sobre la dueña de casa, derribándola sobre el piso, y cubriéndola con su propio cuerpo para evitar que fuera alcanzada por el fuego cruzado. Hicieron falta cuatro efectivos y la reaparición en escena del saxofón dorado que asomó entre los pliegos de la bata rosada de baño, para que la agente desistiera de su frenesí sobreprotector, y se quitara de encima de la propietaria y su desabillé. Sin dudarlo, tras apilar una serie de sillas, dos agentes se introdujeron por el agujero munidos de linternas y armas de corto alcance.
Los moradores, se acurrucaron sollozando en un rincón del cuarto, ella conmovida por el abrazo salvífico de la cabo primero, él evaluando los costos de reparación de todas las cosas que habían sido destrozadas durante el operativo. Uno de los oficiales les solicitó una bolsa de residuos, “preferentemente de las reforzadas”. Luego de unos minutos, descendió con la bolsa en las manos y se apersonó ante su superior para mostrarle el contenido. “Una rata, dijo este último”. “¿Una qué?, inquirieron los dueños de casa”. “Una rata, volvió a repetir, y agregó; grande, no creo que sea conveniente que la vean, podría llegar a impresionarlos”.
Tras retirar con solemne protocolo el cadáver del roedor, se despidieron con formalidad y diez de los doce agentes con sus respectivos pertrechos se retiraron del domicilio, dejando a dos agentes novatos apostados en la entrada, por si acaso. La noche volvió a quedar en silencio, sin el molesto ruido de los arañazos y las sirenas.
Él buscó su saxo en el placar y se encerró en el cuarto de planchado como para tranquilizarse con su música, y evaluar la posibilidad de solicitar un nuevo préstamo hipotecario, para solventar los gastos de las reparaciones necesarias. Ella, volvió a la habitación y mientras juntaba los restos de yeso del cielo raso que se hallaban esparcidos por todo el cuarto, encontró sobre la mesa de luz un papelito doblado en cuatro, con un número telefónico y un nombre anotados (“4555-3697 CP Ordoñez”). Se volvió a acostar sabiendo que no conseguiría conciliar el sueño, preguntándose; ¿Para quién habría dejado anotado su número telefónico la cabo Ordoñez, para ella o para su marido?