Domingo de fútbol.

Paveando con el control remoto de la tele, llego a esa zona inexplorada donde se encuentran los canales de deporte. Son varios, pero afortunadamente están todos juntos y mi habilidad con los dedos me permite pasarlos rápido, sin darle tiempo a la pantalla a que muestre el contenido. Pero ese domingo era uno de esos domingos aburridos, en los cuales ni los reflejos más básicos logran despabilarse. En vibrante fondo verde un grupito de personas corrían detrás de una pelota que gracias a la magia del HD, podía verse nítidamente. “Pará, dejá ahí”, la escuché decir a mi hija. “Es fútbol Sofía, busquemos alguna peli para chicos”. La propuesta no tuvo repercusión. Se sentó frente a la tele, y se puso a mirar fútbol.

No logro entender por qué no me gusta el fútbol. ¿Porque no lo mamé de chico? No puede ser. No se puede ser argentino y no haber mamado el fútbol de chico. Todos los chicos argentinos maman el fútbol de una u otra forma. Es como ser uruguayo y que no te guste el mate.

¿Por qué no me gusta el fútbol? No lo sé.

Los relatos sobre fútbol se encuentran entre mis favoritos. Leo y releo a Fontanarrosa, a Galeano, a Benedetti, a Sacheri,  y me transporto inmediatamente a esos potreros de barrio, a esas tribunas repletas de hinchas, a esas discusiones interminables sobre si fue o no posición adelantada;  pero no puedo sentarme más de tres minutos a ver un partido, aunque sea la final del mundo, se enfrenten Argentina y Brasil, y regalen un millón de pesos solo por sentarse a mirarlo. No puedo. Me aburro terriblemente. Inmediatamente me dan ganas de apagar la tele y de ponerme a hacer otra cosa. A leer uno de esos relatos sobre fútbol, por ejemplo.

En la cocina mi mujer horneaba galletitas de limón y ya se empezaba a sentir el olor. Afuera el cielo estaba gris, con algunos nubarrones que amenazaban con lluvia. Antú, dormía enroscado al lado del modular. Había pasado más de media hora, y yo seguía desparramado en el sillón y Sofía sentadita frente a la tele inmóvil y silenciosa, ambas cosas sumamente inusuales en ella. No cambié de canal, no me fui a otro lado; no quise desmontar  aquella escena. Mi hija, la hija de alguien a quien no le gusta el fútbol, sentada en la mesa ratona mirando un partido de vaya uno a saber que equipos, mientras yo permanecía tirado como un lobo marino y mi mujer cocinaba galletas de limón. Un instante tan plácido y adorable, tan lleno de ese calorcito que pocas veces se siente con tanta contundencia; un instante tan íntimo, tan de hogar, tan adorable.

Un auténtico domingo de fútbol.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s