Papá Noel no existe.

Sofía salió al parque revoleando por el aire a la vaquerita Jessie. Jugaba a ver qué tan alto podía arrojarla. “Se te va a caer arriba del techo”, le dije. Y más que un aviso fue una profecía, o una maldición, porque a los pocos minutos entró en la cocina llorando porque su vaquerita, efectivamente, había caído arriba del techo. Salí a ver dónde había quedado, y la verdad es que estaba bastante a mano. Pero como soy “un padre”, aproveché para “hacer de padre” y dar una “clase magistral” sobre: “No escuchar lo que te dice papi”. “Ahora no me voy a subir al techo Sofía, el fin de semana si tengo ganas te la bajo. Pero la próxima vez que te diga algo, haceme caso, porque bla, bla, bla…”. Se encerró en su cuarto llorando desconsolada. Las lágrimas de las mujeres siempre me pudieron, y las de Sofía, ni te cuento. Me trepé a la reja de la galería con la escoba en la mano y estirándome un poco alcancé a la muñeca. Pero estaba emperrado en que “aprendiera la lección”, así que no se la devolví. La dejé colgada de la soga de tender la ropa. Después de un rato de berrinche, salió a jugar de nuevo. Cuando vio a su vaquerita, se abalanzó sobre ella a los gritos y me vino a buscar para mostrarme que estaba a salvo. Pero la cosa no iba a quedar ahí, claro. “¿Vos la bajaste?”, preguntó. “No, respondí, te dije que no la iba a bajar”. “Entonces, ¿quién la bajó?” “No sé Sofía, se habrá bajado sola, es la baquerita de Toy Story, cuando nadie la ve habla y camina, y seguramente también se baja de los techos sola”. La respuesta no la conformó gran cosa, a ella nunca la conforman las respuestas, siempre va por más. Pero la perspectiva de que su muñeca tuviera vida animada cuando nadie la ve, al menos le resultó interesante.

Hace unos días, mientras estaba en el estudio, apareció subrepticiamente como siempre, con su muñeca en la mano y disparó: “Ya sé quién bajó a la muñeca”. “¿Quién?”, le pregunté. “Los reyes magos”. “¿Los reyes magos?” “Sí, tienen que haber sido ellos, porque Papá Noel no existe”, conclusión a la que arribó después del incidente con los dos impresentables fleteros que le trajeron la hamaca para navidad, haciéndose pasar por ayudantes de Santa.

Afortunadamente Sofía no aprendió la lección y sigue dando escasa bola a lo que le digo, prefiere experimentar por cuenta propia. Algo de esa inocencia infantil sigue intacta, al menos hasta que algún boludo le haga saber que ni los reyes magos existen, ni las muñecas bajan solas de los techos.

Cuando ese día llegue, voy a procurar que su biblioteca se encuentre bien llena.

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