Donde vive la Esperanza.

Fue un 9 de julio raro, lleno de sentimientos encontrados. El número doscientos es tan arbitrariamente importante como el ciento setenta y seis, o el trescientos quince; pero por algún motivo el hecho de conmemorar el “bicentenario” de la declaración de la independencia, pone al ayer, al hoy y al mañana en una vertiginosa perspectiva.

Me resulta difícil pensar en independencia, en libertad, en autonomía, en patria; cuando las palabras de moda son corrupción, coima, dependencia, explotación, traición, estafa. Políticos corruptos cuyas carteras se llenaron de billetes; que empresarios corruptos pusieron allí. Esos mismos empresarios elegidos por el pueblo idiotizado para terminar con la corrupción de la que son parte y sustento. Una sociedad aletargada discutiendo titulares mientras la realidad descansa en la letra chica, en el pie de página. El capital llamado a terminar con la corrupción, siendo él mismo, germen y sustrato de corrupción.

“No existe un manso para acollarar un arisco”, decía mi viejo; y pocas veces fue tan palpable.

Mientras tanto, como si se tratase de otra historia, de otra geografía; un grupo de padres se juntan para organizar una fiesta. Son unos pocos, no más de veinte, que como cada año creen que brindar un plato con locro a una comunidad pequeñita, pero en crecimiento, puede hacer la diferencia. Sus hijos no paran de hablar de la fiesta, se sienten parte, se sienten orgullosos. Muchos de ellos, los más pequeños, no saben bien de que se trata. Todo lo que saben es que es una fiesta, y que hay banderas, y que todo se tiñe de celeste y blanco. Saben también que es una fiesta que se hace juntando voluntades y con el esfuerzo colectivo; sin angustias ni remordimientos; con decisión. Música, baile, un plato de comida, una tarde bajo el cielo, risas, charlas, juegos, esperanzas.

Largas horas de trabajo compartido, codo a codo, con un fin. Como una sinfonía armónica y disonante a la vez; cada uno, con su propio tono, a su propio ritmo, sumando y multiplicando; nunca restando, nunca dividiendo. No hay lugar para los amantes de la resta y la división.

Con el cuerpo cansado, pero con el alma llena; la muchedumbre se vuelve latido. Unos ojos marrones, enormes, me miran desde el gentío y me ven. Una sonrisa que crece, un lunar casi invisible que baila sobre sus labios.

La mirada de mi hija, y su sonrisa.

Ahí vive la esperanza.

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