Enredados.

Sucede un hecho curioso desde la aparición de las redes sociales. El pensamiento privado se volvió público. Hace veinte años, me sentaba en un café con un amigo y durante un buen rato compartíamos una charla en la que hablábamos de futbol, de política, de autos, de minas, de viajes o de lo que fuere. No siempre estábamos de acuerdo, pero los dos nos conocíamos y sabíamos más o menos cuales eran nuestras ideas y nuestros valores. Ambos, compartíamos una historia, un pasado. Yo sabía quién era él, y él sabía quién era yo.

Hoy, ese mismo amigo publica un pensamiento en su muro de Facebook, y yo, como lo sigo, lo conozco, se más o menos cuáles son sus ideas y valores, y sigo compartiendo con él una historia en común; hago un comentario sobre su publicación, que puede o no estar de acuerdo con su postura. Sus 490 contactos; que no tengo la menor idea quienes son y que tampoco me conocen, están leyendo mi comentario en el mismo instante que mi amigo. Uno o varios de ellos, habiendo leído las escasas 5 líneas que escribí, y sin tener más datos sobre mi persona que una espantosa foto de perfil, se lanzan a retrucar, contradecir, cuestionar, juzgar, evaluar, enmendar, acotar, aconsejar, disuadir, descalificar, apoyar o defenestrar; no solo mi comentario (esas escasas líneas de texto), sino además, mis ideas, mis pensamientos, mi ideología y toda mi persona en general, la cual, no tienen el disgusto de conocer. Ojo, no digo que yo no lo haga, uno de mis pasatiempos favoritos en los momentos de ocio es enfrascarme en infructuosas e intrascendentes contiendas argumentales con perfectos desconocidos que tuvieron la desgracia de cruzarse conmigo en el muro de algún conocido en común.

Aclaro esto para que nadie se sienta alcanzado por este post; otro de los fenómenos de las redes sociales, en las cuales todos creen en algún momento que algo que ha escrito un fulano en un tweet o en un muro, ha sido concebido como agravio personal, como si se fuéramos la persona más importante del mundo, y todos tuvieran la voluntad de hablar de nosotros.

El comentario no fue para usted señora, fue para mi amigo. Me friega un corno lo que usted opine caballero, sus cualidades humanas de hombre o mujer de bien, trabajador/a incansable, padre o madre de familia y vecino/a ejemplar me tienen sin cuidado, porque no era a usted a quien me estaba dirigiendo. Como este texto, que no está dirigido a nadie en particular y quizá, a nadie en general tampoco.

Hay algo en todo esto que nos tienen “enredados”. Estamos tan expuestos, tan superficialmente expuestos, que somos carne de cañón para francotiradores literarios y confrontadores compulsivos.

Si no me conoce, no me responda ni comente mis intervenciones; pero si lo hace… aténgase a las consecuencias.

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