La tormenta.

Antes de llegar a la ciudad de Piedra del Águila, la ruta 237 atraviesa una planicie de altura que puede resultar sobrecogedora, si uno es de los que se dejan conmover por la inmensidad, o simplemente aburrida y tediosa para quienes añoran la llegada. En el último viaje que hicimos al sur, nos tocó atravesar este imponente lugar en medio de una tormenta. El cielo pasó de gris a negro en un par de minutos, y una noche ficticia lo cubrió todo. Cuando los relámpagos que en un comienzo iluminaban el horizonte, comenzaron a acercarse, alguno de los escasos automovilistas que recorríamos ese tramo de la ruta, dieron media vuelta; otros detuvieron la marcha. Nosotros seguimos viaje. Mientras Sofía dormía en su butacón, Mariela preparó el mate y abrió un paquete de biscochos. La oscuridad se volvió cada vez más intensa, y una negrura espesa apenas penetrada por las impotentes luces del auto nos rodeó. El viento rachado sacudía el vehículo como si fuera de cartón y las primeras gotas dieron lugar a un torrente de agua. Mate, biscochos, relámpagos que bailaban a un centenar de metros de nosotros, el ruido ensordecedor del viento y de los truenos. Disminuimos la marcha, pero no nos detuvimos. Había que continuar, no había donde refugiarse. Tres personas, en un auto, en una ruta, en medio de una tormenta feroz; el mate y los biscochos. El negro absoluto trocaba en luz cegadora, y del resplandor a la oscuridad nuevamente. Con la piel erizada, tomábamos mate, y observábamos. No había nada que hacer, no había donde ir más que hacia adelante. Sofía dormía plácidamente ajena al fin del mundo, mientras con su madre nos hacíamos tormenta. No era miedo lo que sentíamos, ni siquiera temor. Era algo más parecido al sobrecogimiento; una sensación de impotencia, de infinita pequeñez. Aquello que estaba ocurriendo, podía matarnos, podía hacernos desaparecer. El poder y la potencia de ese cielo embravecido era algo que estaba más allá de todo lo que habíamos visto o imaginado.  No era una tormenta fuerte, era un monstruo que nos estaba devorando. Mate y biscochos, en nuestra balsa de náufragos, simplemente avanzábamos, observábamos y esperábamos que todo aquello pasara.

El monstruo nos perdonó la vida. Quizá porque no hubo miedo que pudiera oler, quizá porque vio nuestra insignificancia y se apiadó; tal vez, simplemente, porque no era el momento ni el lugar, o porque algo o alguien le dijo: “A ellos no”.

Al llegar a Piedra del Águila, ya sin agua caliente y con las provisiones de biscocho diezmadas, paramos en una estación de servicio. El playero nos preguntó de dónde veníamos. De la tormenta, respondimos; y no hizo más preguntas. Al abandonar el pueblo, el sol ya asomaba entre los nubarrones. Tengo hambre, dijo Sofía, ¿falta mucho para llegar?

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