El teatro de los locos.

Anoche soñé con un par de amigos entrañables. Locos en el mejor y más profundo sentido de la palabra, en el sentido más mágico, más insondable. De esa clase de amigos que te hacen creer en la preexistencia de las almas, que te hace estar seguro que la vida no comienza en el parto ni termina en la tumba. Después de 47 años soñando ininterrumpidamente, me considero un experto soñador. Para mí, soñar no tiene secretos, o al menos no los tenía hasta hoy. Cuando sueño, siempre sé que estoy soñando, siempre se exactamente lo que va a suceder, lo que convierte la actividad onírica en un campo de juegos, algo aburrido a veces. Pero anoche fue diferente. Fue tan maravillosamente irreal y tan fantásticamente posible que no pude distinguir, hasta que desperté, si se trataba de un sueño o de la realidad.

Caminaba yo por un barrio que me resultaba sumamente conocido. Podría haber sido Haedo, el barrio de mi infancia, pero también podría haber sido Almagro, o Morón, lo mismo daba. Al llegar a una esquina veo una obra descomunal por sus dimensiones y por el grado de desbarate. Un grupo de obreros entraban y salían, caminaban por andamios, cargaban carretillas, tomaban medidas y operaban maquinas. Parecían hormigas en un hormiguero colosal. Mientras contemplaba la obra, mis dos amigos, él y ella, emergieron de la ruinosa estructura, a mitad de camino entre la demolición y la restauración. Corrieron hacia mí, sonrientes como siempre, con los brazos alzados, y con una euforia que nunca les había visto. Me abrazaron, me besaron, me tomaron cada uno de un brazo y me “invitaron” con amorosa prepotencia a ver la obra. “Va a ser un teatro”, dijo él. “Ya es un teatro”, lo corrigió ella e inmediatamente él se retractó; “Ya es un teatro”. Ella me tomó de la mano y me arrastro hacia el interior. Todo era pilas de escombros, bolsas de materiales, herramientas y personas que con febril apuro se cruzaban como en una danza. Ella se adelantó hacia el centro y con los brazos extendidos señaló el lugar en el que estaría el escenario, y girando me mostró los palcos, aún inexistentes y las plateas que tan solo ella podía imaginar. Girando y girando con una sonrisa embriagadora me mostró todo lo que sería, pero que según ella ya era. Y la vi bailando, y vi la bailarina a la cual no conocí, y era tal la velocidad con la que giraba y tal el brillo que tuve que dejar de mirarla para no quedar ciego. Mi amigo, parado en el centro de lo que sería el escenario, dirigía a un grupo de operarios que lo escuchaban silenciosos  y expectantes. Con movimientos exagerados y corriendo de un lado al otro los ubicaba en distintas posiciones y parecía indicarles diálogos y posturas, movimientos y actitudes. Todos ellos lo seguían atentamente e intentaban copiar sus movimientos con éxito dispar. Él reía, los corregía, los palmeaba en la espalda. Flaco y desgarbado, el hijo de mis amigos apareció con unos planos abiertos mirando hacia la nada y dando indicaciones a un par de obreros, que tomándose la barbilla, parecían dudar de que su pedido fuera realizable. “Está a cargo de la dirección de obra”, me dijo mi amiga. “¡Pero si tiene 15 años!”, le retruqué. “Si, por eso”, respondió ella y siguió danzando.  Me acerqué a mi amigo, que ya había terminado de dar indicaciones; “¿Qué te parece?”, me dijo. No pude responderle, porque en realidad no sabía bien que me parecía; maravilloso, aterrador, absurdo, descomunal, insano, mágico, irreal. Mi cerebro me jugó una mala pasada y le pregunté: “¿De dónde sacaron la plata para hacer esto?”. “De por ahí, me respondió, plata hay por todos lados, lo difícil de conseguir son ideas, ilusiones, utopías, fantasías, esperanzas; de eso hay poco, pero la estamos peleando”.  Mi amiga seguía bailando pero ya no estaba sola; un grupo de obreras se sumaron a la danza e improvisaron una coreografía al ritmo de una música que yo no podía oír. “Hola Fino, me saludó el hijo de mis amigos, perdón que no te saludé antes, estaba algo ocupado discutiendo con los capataces por el tema de la fuente de agua”. No alcancé a responderle que ya había salido a los gritos dándole directivas a dos operadores de grúa que intentaban subir un piano a lo que parecía ser una estructura a punto de desmoronarse. “¿Cuándo esperan terminar?”, pregunté mirando lo colosal del proyecto. “¿Qué cosa?”. “La obra, el teatro”. Mi amigo me miró extrañado, como si le estuviera preguntando una tontería. “Que se yo, no sé, en cinco años, en diez, en cincuenta, en cien, nunca. ¿Qué más dá? Vení, vení que te presento a Crispín. Crispín, pase, pase”. Un viejo de unos ochenta años con una boina negra y un delantal de mozo, se presentó como el propietario del “bar de enfrente”. Me estrechó la mano con franca cordialidad y me preguntó en qué participaba yo de la cosa. Una vez más no supe que responder. Mi amiga se sumó a la charla agotada de tanto bailar y saludó al vecino gallego con un abrazo de los que ella sabe dar.

Me separé del grupo, que en ese momento planificaba un corte de calle para la inauguración, para que todos los vecinos pudieran asistir; y me quede parado en medio de una debacle de escombros y estructuras a medio armar, o desarmar. Sentí una vibración como si todo mi cuerpo temblara, sentí ganas de llorar, de reír, de salir corriendo, de despertarme de una buena vez, o de no despertarme nunca. Una mano pequeña me tomó del dedo pulgar, como hace siempre, y vi a mi hija con ojos redondos como dos soles mirando todo aquello. “¡Wow!,  que teatro hermoso”, y salió corriendo, dando salto entre los ladrillos apilados y las bolsas de cal. Intenté detenerla, por temor a que se golpeara con algo y se lastimara, pero afortunadamente mi amigo me detuvo. “¿No lo ves, no?”, me preguntó. Respondí meneando la cabeza. “No te preocupes”, me dijo poniendo su mano sobre mi hombro. Mi hija saltaba en una pila de arena y me saludaba con su bracito en alto.

Se trataba de un sueño, claramente, de una locura, de una quimera. Pero parecía tan real. Eran mis amigos, los locos, lo que son capaces de bailar con músicas silenciosas, los que pueden ver teatros en donde solo hay escombro, los que saben que nadie mejor que un joven de 15 años para dirigir una fantasía, los que saben que lo imposible no es más que un punto de vista. Eran ellos los que convertían en real aquel sueño. Cerré los ojos bien fuerte y una oscuridad impenetrable lo invadió todo. “¿Qué querés?”, sentí que me preguntaban. “Despertarme”, respondí. Y un estruendo de aplausos estallo en mis oídos. Al abrir los ojos, un teatro colosal, repleto hasta el tope, con los palcos y las plateas llenas a desbordar rugía como una tormenta aclamando a los artistas. En el escenario, mis amigos, él y ella, saludaban al público haciendo reverencias. Sentada sobre mis hombros Sofía aplaudía y gritaba, y la risa de mi mujer a mi lado, tan suya, apenas se escuchaba sobre el alboroto.

Al fin me había despertado.

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