Los Exiliados.

Todo comienza con tímidos mensajes de texto: “Che, cuando nos juntamos a comer algo?”, “Gente, sale asado en casa?”, “… hace bocha que no nos vemos y si armamos una comilona…?”, siempre incluyendo en la propuesta alguna arista gastronómica, por supuesto. Con la misma timidez, pero con algo más de garra, se responden los mensajes; “Buenisimoooooooooo”, “Siiiiiii… tengo muchas ganas de verlos”, “Qué buena idea…!!!!!”. Bastan cuatro o cinco mensajes más, estos  sí, ya lindando la euforia, para organizar la velada; y transitando con desgano los días de ansiedad que faltan para el evento, finalmente nos encontramos.

Cuando los veo llegar siento algo extraño, porque va más allá del simple hecho de reencontrarse con amigos, es algo más. Algo parecido a lo que siente un náufrago, que ve acercarse un barco que sabe o presume que lo rescatará. Nos abrazamos, nos palmeamos las espaldas, nos besamos; los argentinos somos muy de hacer esas cosas, incluso con desconocidos. Después de las preguntas de rigor, como para ponernos al día sobre las novedades personales y familiares de cada uno, aprovechando el momento para amucharnos en la cocina a destapar las primeras cervezas; finalmente nos sentamos y empezamos a hablar de “La Patria”, nuestra patria. Los de antes, los de ahora, los corruptos de siempre, los políticos, los empresarios, las tarifas, los despidos, los escrúpulos, o la falta de ellos, las promesas, las mentiras, las verdades a medias, lo que hemos perdido en el camino, la generosidad de un suelo diezmado por los mismos de siempre, que niega sus frutos a los mismos de siempre, la impunidad, la injusticia, la inseguridad, el temor, la bronca, la indignación, una esperanza tibia de regresar a ninguna parte, porque “la Argentina siempre fue igual”.

Recordamos el pasado bajo la atenta mirada de alguno de nuestros hijos que no alcanza a entender de qué la van estos vejestorios. Intentamos descifrar un futuro tan exótico, pero que se parece tanto al pasado que asusta. Los más chicos juegan y sus risas parecen de otro mundo, de otra realidad.

Afortunadamente, el alcohol hacer su trabajo, y  llega el momento de las anécdotas. Y ahí las risas de los adultos se suman a la de los niños y la lejanía no parece tan lejana y la esperanza de volver a un lugar en el que nunca vivimos se asoma tímidamente.

Nos despedimos bien entrada la noche, con más besos, más abrazos, más palmadas en la espalda, pensando ya en el reencuentro.

Exiliados en nuestra propia Patria, con la esperanza empañada por la certeza de que por el momento no hay donde volver.

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