Cualquier parecido con la realidad, no estaría siendo mera coincidencia…

Ambos se despertaron sobresaltados. En la penumbra de la habitación, se buscaron instintivamente bajo las sábanas. El encuentro de sus manos tibias los tranquilizó. Algo los había despertado, pero ¿qué? No tardaron en descubrirlo. Un extraño ruido, como de arañazos, proveniente del tejado, volvió a estremecerlos. Ninguno de los dos tenía la menor intención de levantarse, y mucho menos de salir del cuarto para averiguar lo que estaba sucediendo. Una nueva secuencia de arañazos hizo que él, por fin adoptara el rol que le correspondía de acuerdo a su educación patriarcal y saliera de la cama. Prendió las luces del patio; trató de escudriñar en las sombras con los ojos aún dormidos, intentando adivinar un cuerpo o al menos un movimiento que le indicara la presencia del intruso; pero no vio nada. El ruido provenía del techo, no cabía duda; la única opción era salir con una linterna y verificar qué o quién estaba provocándolo. “¿Quién anda ahí?”, gritó con escasa convicción, a través de las persianas cerradas a cal y canto. Ella lo esperaba en el cuarto, segura de que su hombre no saldría ni por error de aquella casa. Llamemos al 911, propuso uno de ellos, nunca pudieron precisar cuál.
Una voz femenina, calmada, tranquilizadora; respondió inmediatamente: “Nueve once, buenas noches, ¿Cuál es su emergencia?” Con pericia quirúrgica, la operadora realizó las preguntas pertinentes en el tono necesario, interrumpiendo la verborragia de los afectados con contenedora autoridad. En pocos segundos, recaudó toda la información necesaria y dio por terminada la conversación con un: “Ya mismo les estamos enviando un móvil”. Antes de que pudieran colgar, se escuchó la sirena del patrullero; o para ser más preciso, de “los” patrulleros, porque fueron cuatro los que arribaron al domicilio, inundando la cuadra con luces intermitentes y estridentes sonidos que pusieron en vilo al barrio entero. De los móviles descendieron doce uniformados entre oficiales y suboficiales de diversos sexos y edades, todos enfundados en chalecos anti-balas y fuertemente armado. Mientras los más jóvenes aguardaban parapetados tras las unidades, los más expertos arengados por un oficial de mediana edad, comenzaron a escudriñar el tejado con unas poderosísimas linternas recientemente adquiridas por la fuerza. En tanto una oficial bajita, de cabello desteñido arremetía vigorosamente con un machete, contra las plantas que adornaban la entrada de la casa, en busca de algún sospechoso escondido, el oficial a cargo se dispuso a hablar con los propietarios. No fueron necesarias más de tres o cuatro palabras para corroborar la información que le habían enviado desde la central 9-11.
La presura de la situación no les dio, a los dueños de casa, tiempo para cambiarse. Cuando ingresaron los agentes de la ley, él se encontraba vestido tan solo con un slip diminuto, de color negro con el dibujo de un saxofón dorado, estratégicamente ubicado. Ella, en cambio, al presentir la inminente llegada de masculinos armados, alcanzó a manotear un desabillé semitransparente que ocultaba aquellas zonas que pretendía ocultar, mientras remarcaba aquellas otras zonas que intencionalmente pretendía resaltar. Oculta detrás de su marido, ensayó una cara de victima indefensa que pasó inadvertida ya que la mayoría de los efectivos, principalmente la cabo primero Ordoñez, no podían despegar la mirada del saxofón dorado. Recién, cuando por consejo del oficial actuante, el propietario se retiró en busca de alguna prenda con que ocultar el instrumento, las miradas se enfocaron en ella; particularmente la de la cabo primero Ordoñez, que en esos momentos se encontraba evaluando meticulosamente las zonas que estratégicamente evidenciaba el desabillé.
Cinco efectivos corrieron al patio trasero cubriéndose unos a otros como en las películas de Hollywood, derribando de una patada la puerta de la cocina, sin reparar en la atónita presencia del propietario que, ahora sí, cubierto con una bata de baño que había quedado de color rosa tras haber sido lavada con un par de medias de futbol, sostenía en su mano un impotente manojo de llaves entre las que se encontraba la de la puerta desmantelada. Revisaron el techo, el quincho, el galpón y el lavadero; dando voces de alto y destrozando cuanto se interponía en su camino. La providencial ausencia de perro, evito una desgracia mayor. La cabo primero Ordoñez, entre tanto, permaneció firme junto a la dueña de casa, sin retirarle la mirada de encima ni un minuto, con el propósito de protegerla personalmente en caso de que la cosa se pusiera complicada.
Enseguida se hizo evidente que ni en los alrededores de la casa, ni en el techo, ni en ninguna locación externa había nadie escondido o merodeando. Con paciencia castrense el oficial encargado encaró al propietario, cuya bata, con el trajín, se había desabrochado; “¿Dónde fue exactamente que escucharon el ruido?”. Sin demoras fue conducido al lugar exacto. Las evidencias hablaban por si mismas: Estaban en el entretecho. Empuñando la reglamentaria y levantando un brazo en alto ordenó a su pequeño ejército que hicieran silencio. Casi se podía escuchar los latidos de los corazones en la pegajosa penumbra del cuarto, cuando una nueva serie de rasguños, desato una hecatombe de disparos que se focalizaron en un sector del cielo raso, generando un agujero del tamaño de una ventana, disparos que no cesaron hasta que el marcial alarido del oficial dio por terminada la intervención. La cabo primero Ordoñez, dando muestras de una fiereza y una vocación de servicio inigualables, se había arrojado sobre la dueña de casa, derribándola sobre el piso, y cubriéndola con su propio cuerpo para evitar que fuera alcanzada por el fuego cruzado. Hicieron falta cuatro efectivos y la reaparición en escena del saxofón dorado que asomó entre los pliegos de la bata rosada de baño, para que la agente desistiera de su frenesí sobreprotector, y se quitara de encima de la propietaria y su desabillé. Sin dudarlo, tras apilar una serie de sillas, dos agentes se introdujeron por el agujero munidos de linternas y armas de corto alcance.
Los moradores, se acurrucaron sollozando en un rincón del cuarto, ella conmovida por el abrazo salvífico de la cabo primero, él evaluando los costos de reparación de todas las cosas que habían sido destrozadas durante el operativo. Uno de los oficiales les solicitó una bolsa de residuos, “preferentemente de las reforzadas”. Luego de unos minutos, descendió con la bolsa en las manos y se apersonó ante su superior para mostrarle el contenido. “Una rata, dijo este último”. “¿Una qué?, inquirieron los dueños de casa”. “Una rata, volvió a repetir, y agregó; grande, no creo que sea conveniente que la vean, podría llegar a impresionarlos”.
Tras retirar con solemne protocolo el cadáver del roedor, se despidieron con formalidad y diez de los doce agentes con sus respectivos pertrechos se retiraron del domicilio, dejando a dos agentes novatos apostados en la entrada, por si acaso. La noche volvió a quedar en silencio, sin el molesto ruido de los arañazos y las sirenas.
Él buscó su saxo en el placar y se encerró en el cuarto de planchado como para tranquilizarse con su música, y evaluar la posibilidad de solicitar un nuevo préstamo hipotecario, para solventar los gastos de las reparaciones necesarias. Ella, volvió a la habitación y mientras juntaba los restos de yeso del cielo raso que se hallaban esparcidos por todo el cuarto, encontró sobre la mesa de luz un papelito doblado en cuatro, con un número telefónico y un nombre anotados (“4555-3697 CP Ordoñez”). Se volvió a acostar sabiendo que no conseguiría conciliar el sueño, preguntándose; ¿Para quién habría dejado anotado su número telefónico la cabo Ordoñez, para ella o para su marido?
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Algunos dicen que lo vieron.

Algunos dicen que lo vieron, convertido en cóndor,

surcando los prístinos cielos de la estepa usurpada;

oteando el horizonte en busca de la carroña extranjera.

Algunos dicen que lo vieron, convertido en zorro,

recorriendo la llanura yerma, cuna de ancestros que no le pertenecen,

pero lo adoptaron como un hijo propio.

Algunos dicen que lo vieron, convertido en trucha,

nadando por el río de prístinas aguas,

buscando los despojos de su antigua vida, purificados en gélidas caricias.

Algunos dicen que lo vieron, rodar por las mejillas de los suyos,

en lágrimas de bronca, de impotencia, de injusticia.

Algunos dicen que oyeron su nombre en un susurro,

en el incesante viento patagónico, donde cabalga su alma,

en busca del lugar donde van los que supieron no morir en vano.

Maestro.

Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”. Hoy, a mis cuarentitantos, creo que es la única profesión capaz de cambiar al mundo. No los economistas, no los abogados (Dios o el diablo nos libre de ellos), no los físicos, ni los ingenieros, no lo médicos, mucho menos los filósofos. No, ninguno de ellos. Los Maestros, ellos son los únicos que podrían.

Con la llegada de Sofía, y su precoz escolarización, redescubrí la escuela, y el noble clan de los maestros. En mis primeros contactos con ellos, ya en el rol de padre, lo primero que pensé fue; “¿De verdad esta gente hace este laburo por tan poca plata? Yo ni por un millón de dólares me fumo a 20 pibes”. Con el tiempo comprendí que la única explicación posible era la vocación. Nadie se hace maestro por dinero, por fama o por poder; solo la vocación podría explicar tan “absurda” decisión de vida. Lo próximo que comprendí, fue que allí donde yo veía 20 mocosos insoportables, ellos ven hombres y mujeres en proceso de formación. Como un alfarero, que puede ver la vasija en un amasijo de barro; y sabe que la única forma de conseguir el milagro es embarrándose las manos. No digo que todos los maestros sean así, habrá quienes no, pero los Maestros, con M mayúscula, ellos sí, sin duda conjugan vocación y arte.

Mi escuela, porque no era la escuela, era “Mi escuela”. Seguramente por ser hijo de maestra, siempre sentí mucha familiaridad con aquel edificio impregnado de olor a tiza, aserrín y querosene; aquella monumental obra arquitectónica, que años más tarde me pareciera diminuta y apretada. Mi escuela, el lugar donde trascurrieron muchos de los años más felices de mi vida.

La seño Aurelia, toda redonda ella, nos acompañó durante los primeros tres años. Mesas redondas, sillas pequeñas, palotes, números, letras y centenares de: “Mi mamá me mima”; dieron paso a los pupitres gastados con incrustaciones de chicle y grabados neolíticos que daban cuenta del paso por aquellas aulas de personajes desconocidos que intentaron dejar su impronta a fuerza de tijera y compás. En cuarto la seño Marta, delgada, esbelta, con su pelo largo y entrecano y sus faldas de colores, era toda una jipi. Confieso hoy, después de cuarenta años mi profundo Amor por ella, mi primer Amor. Un Amor lleno de ternura y admiración. De quien mi vieja me dijera una vez: “Con esa maestra no van a aprender nada, pero si tuviera que dejarte con alguien, te dejaría con ella”. En quinto llego el terror; la “Pandolfa”. Creo que su apellido era Pandolfini, o algo por el estilo, el nombre no lo recuerdo, o quizá jamás lo supe, ni me intereso. Lo único que recuerdo es el pánico que nos generaba a la gran mayoría de mis compañeros y a mí. Aprender seguramente aprendí, pero no creo que mi mamá me “dejara con ella”, si tuviera que dejarme con alguien. Con ella experimenté los primeros ceros y unos, con ella aprendí sobre frustración y experimenté con toda crudeza el límite de mi zaraza. Con ella no alcanzaba con ser el hijo de la directora, el pibe vivaracho y entrador, con mucha labia y desinhibido; con ella había que saber. Ya en sexto y séptimo éramos los dueños de la escuela.  La seño Nora, La Betti, la Saccone, la de biología, a la que adoraba, pero justo ahora no puedo recordar su nombre. De ellas aprendí la cordialidad, la horizontalidad; con ellas experimenté por primera vez a un adulto hablándome cara a cara, como a un par. En algunas conversaciones, con la seño Nora particularmente, experimenté lo que es sentirse profundamente escuchado.

Hoy tengo la certeza de que algo de todas ellas sigue vivo en mí; y no solo lo estrictamente académico, sino lo humano. Así como la impronta de todos sus maestros, harán de mi hija la Mujer que algún día será. 

Si volviera a ser niño, y alguna tía gorda me preguntara: “Nene, ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” Sin dudarlo respondería; “Maestro”.

Tan distintos y tan iguales.

El jueves pasado, después de mucho tiempo, salí a tomar unas cervezas con dos Hermanos que me regaló la vida y no la sangre. No tengo muchos recuerdos de mi juventud en los cuales no aparezcan ellos, cerca o lejos, porque las distancias nunca fueron importantes, pero presentes. Nuestras vidas tomaron rumbos diferentes, con encuentros, desencuentros y reencuentros, que no hicieron más que profundizar sentimientos.

Allí estábamos los tres, intentando leer una lejana pizarra con la carta de cervezas, con escaso éxito, algo que la cercanía de un menú no logró mejorar, porque o por miopía o por presbicia, el foco se nos negaba.  Inmediatamente me transporté a algún bar de Ramos Mejía, también con ellos, jugando a ser hombre, suplementando la falta de años con graduación alcohólica.  Recordé las tardes de pileta, en la casa de la calle Cantilo, donde ellos tenían su propio cuarto, que fue preocupación para mis viejos al momento de mudarnos a una casa más modesta. “¿Dónde van a dormir los chicos?”, preguntó mi madre, y mi viejo se quedó pensativo y culpable por haberles arrebatado su espacio. “En mi cuarto, conmigo, mamá”. Intenté sin éxito dar por terminado el asunto, pero para ellos no alcanzó. En ese cuarto, a los veintitantos años, volvimos a pasar la noche juntos, en el piso, como cuando jóvenes; la noche que murió mi vieja y varias de las siguientes. Tuve que echarlos para que se fueran y me dejaran solo, asegurándoles que todo iba a estar bien, aunque no fuera cierto y aunque no me creyeran. Haedo, Ramos, el colegio, la calle, las noches sentados en el cordón de la vereda, esperando que apareciera el 182 que nunca venía, las charlas interminables, las confidencias, las alegrías desbordantes, las tristezas profundas, los amores platónicos y de los otros, el resto de mi barra; Gonzalo, María, la Negra Alejandra, mis otros Hermanos.

Allí estábamos los tres; algo más viejos, más canosos, todavía con pelo, recordando que la vida son cuatro días y que tres ya pasaron; con la esperanza de que el cuarto sea el mejor de todos. Charlamos, bebimos, nos reímos, recordamos, hablamos de lo que nos pasó, de lo que nos pasa y de lo que por alguna razón  no podemos evitar que nos pase; del país; de fútbol, no, porque eso sería un monólogo de Guille ante las atónitas miradas de desconocimiento del Tano y mía. Hablamos de nuestros hijos, de nuestros amores. Tan distintos y tan iguales.

Nos despedimos con un abrazo, temprano, porque no estamos para trasnochadas de jueves, o sí, pero no era el caso, nos prometimos juntarnos en ese mismo bar o en otro, con la seguridad de que de una u otra forma sucederá, nos subimos cada uno a su auto, ya no hay colectivos que esperar, y nos marchamos.

En casa dormidas me esperaban mis Amores. Sofía en su cuarto abrazada a su almohadón de jirafa, soñando con lo que sueñan los niños, y Mariela acurrucada en mi cama, como para compensar la ausencia temporal de su calefactor personal. “¿Cómo están los chicos?”, me preguntó sin despertarse. “¿Los Chicos? … algo más viejos nomas”.

El legado.

Hace 30 años, un día cualquiera, mi viejo entró por la puerta del living de la casa de la calle Laínez, en Haedo. Venía de hacer algún trámite en el centro, seguramente de hacerse mala sangre, y de renegar con algún tema que por aquel entonces lo tendría preocupado. Poco tiempo después, me enteré que ese “tema” no era otra cosa que un tumor en el pulmón que en pocos meses termino con su vida. Se lo veía cansado, algo pálido, conmovido. Se sentó a mi lado en el sillón del living y juntos nos pusimos a mirar alguna pavada en la tele. En silencio, como solíamos hacer. “Mirá lo que me dieron en el tren”, me dijo. Me dio una estampita, con la imagen de un niño rodeado por un aura, que reposaba sobre una cama de paja junto a sus padres, que lo contemplaban apaciblemente. Era una imagen de Jesús en el pesebre. 

Mi viejo era un católico de esos de domingo a misa, confesión cada tanto y visita a Nuestra Señora de Luján cuatro o cinco veces al año. Pero si algo no había hecho nunca, fue inculcarme su fe, ni intentar que yo participara de todo aquello. “Te la regalo”, me dijo, y se fue a la cocina, donde estaba mi vieja, seguramente a tomar unos mates. Me extrañó el obsequio, lo miré, lo guardé en un cajón de la mesa de luz dentro de una Biblia que ya me había cansado de leer, como parte de una búsqueda que aún continúa; y me olvidé.

Tras la muerte de mis padres y después de haber pasado mucha agua bajo el puente, revolviendo los cajones, tratando de poner orden al menos en el afuera, ya que el adentro estaba demasiado revuelto, me volví a topar con la estampita. Se la regalé a alguien, porque quería que tuviera un recuerdo de mi padre y mío, y pensé que sería un buen presente.

Muchos años pasaron y una noche soñé con mi viejo, yo estaba en una verdulería que quedaba a la vuelta de la casa donde nací sentado sobre el mostrador, entraba mi viejo, vestido con su traje marrón, el que usaba para ir al Banco Nación, donde trabajó toda su vida, y en el sueño me volvía a regalar la estampita. Me dio muchísima bronca no tenerla, porque si bien recordaba la imagen, no podía recordar el texto y por alguna razón creí que en ese texto había un mensaje para mí. Aunque me gustaba saber que la estampa estaba en buenas manos, porque realmente quería que la tuviera la persona a la cual se la había regalado, sentí profundamente su ausencia. Necesitaba saber cuál era el mensaje.

Volvieron a pasar años, y en un encuentro casual, si mal no recuerdo en un bar del bajo, esta persona me devolvió la estampita, sin que yo se la pidiera y sin siquiera hacer mención a ella, con un simple: “Tomá, esto tenés que tenerlo vos”.  No le pregunté nada, no le conté nada sobre el origen de aquel legado, el sueño y toda la historia que escondía, tampoco le pregunté por qué después de tanto tiempo sintió la necesidad de devolvérmela. ¿Habría ella tenido también un sueño? La miré, le agradecí con un gesto, la guardé dentro de mi agenda y seguí con la charla como si nada hubiera pasado. cuando nos despedimos, fui caminando a la casa central del Banco Nación, un lugar profundamente ligado al recuerdo de mi padre y al que voy cada vez que tengo oportunidad, solamente para estar un rato allí y me senté en uno de los viejos bancos de madera. Allí estaba; amarillenta y medio ajada, la imagen que recordaba tan nítidamente. La tuve un buen rato en mis manos, con amor, con reverencia, como quien sostiene un tesoro, finalmente me alcanzó el coraje para girarla y leer lo que mi padre tenía para decirme.

Recibí el mensaje.

El Crimen Perfecto.

A lo largo de las décadas, centenares de maestros de la literatura policial, se han devanado los sesos intentando pergeñar el “crimen perfecto”. Sofisticados mecanismos, intrincadísimas coartadas, múltiples identidades, estrategias disparatadas, connivencia con la ley, colaboración  diabólica. Sus almas creativas han imaginado asesinos geniales con mentes brillantes dignas de un premio Novel. Por otra parte, las cárceles están abarrotadas de pobres infelices que por gusto o necesidad recurrieron al asesinato, creyendo o esperando salir indemnes de tan azarosa tarea. Pobres ilusos todos ellos.

Si usted se levanta un día con la intención de matar a alguien, la cosa es bastante simple, al menos si tienen la suerte de vivir en La Argentina. Lo primero que tiene que hacer es proveerse de un vehículo, preferentemente de gama media/alta, y en la medida de lo posible, 4×4 o camioneta, como para disponer de la suficiente cantidad de superficie. Una vez que lo tenga, adquiera un seguro contra todo riesgo, sin franquicia, de esos bien caros. Créame que lo vale. Localice a la víctima, dedique algunos días a seguirla, como para tener una idea de sus rutinas diarias y cuando se sienta preparado, simplemente proceda.

Previamente al homicidio, tómese un par de cervecitas, nada que lo vaya a dejar KO, pero lo suficiente como para que el test de alcoholemia que seguramente le harán llegado el momento, salga positivo. Estacione con el vehículo en la esquina de la casa del objetivo o en algún punto por el cual este seguro que el pobre infeliz pasará. Aguarde, tenga paciencia, no desespere. En algún momento el susodicho abandonará la seguridad de su morada y tan ajeno a su destino como siempre, se dispondrá a vivir su vida como cualquier otro día. Ese es el momento de actuar. Cuando lo vea cerrar la puerta de su domicilio, ponga en marcha el vehículo. Sígalo con la mirada; seguramente caminará hacia la misma esquina de siempre, y esperará que el semáforo le de paso. Ponga el automóvil en movimiento, lentamente, sin apuro. Cuando el infeliz comience a cruzar la calle distraídamente, acelere a fondo y envístalo de tal manera que el centro del capot impacte de lleno sobre la persona del damnificado. Si el vehículo que usted adquirió es una 4×4 con suficiente altura, la víctima,  a causa del impacto saldrá despedida hacia adelante. En tal caso no deje de acelerar hasta que lo haya pasado por encima. Una vez hecho esto, detenga la camioneta, bájese dando alaridos, llorando y revoleando los brazos pidiendo ayuda desesperadamente y corra hacia el cuerpo tendido fingiendo ser víctima de un estado de shock. Aproveche la oportunidad para asegurarse de que el individuo allí tendido se encuentre efectivamente muerto, caso contrario, aproveche para rematarlo hundiéndole la tráquea o simplemente ahóguelo con sus manos simulando estar realizando maniobras de resucitación. En todo momento asegúrese que la mayor cantidad de testigos lo estén viendo, y si es posible, que haya sido tomado por alguna cámara de seguridad.

Lo que sigue es simple, asuma la responsabilidad, muéstrese afligido, alegue tener problemas con la bebida, deje que su seguro, ese tan caro que contrató, se haga cargo de acallar a los deudos con una importante suma de dinero y corra con los gastos del arreglo de la camioneta, porque seguramente querrá seguir usándola, dado que nadie le va a quietar su registro de conducir, y en el peor de los caso, si algún juez trasnochado le da una “probation”, cumpla con la misma con la mayor consternación y animo de enmienda.

Listo, usted se ha convertido en un asesino, sin necesidad de recurrir a cosas raras, ni inversiones cuantiosas, y haciendo uso de su escasa capacidad intelectual.

¡Qué bueno es vivir en un país donde uno puede desarrollarse tan libremente y sin limitaciones legales retrógradas!

Los Exiliados.

Todo comienza con tímidos mensajes de texto: “Che, cuando nos juntamos a comer algo?”, “Gente, sale asado en casa?”, “… hace bocha que no nos vemos y si armamos una comilona…?”, siempre incluyendo en la propuesta alguna arista gastronómica, por supuesto. Con la misma timidez, pero con algo más de garra, se responden los mensajes; “Buenisimoooooooooo”, “Siiiiiii… tengo muchas ganas de verlos”, “Qué buena idea…!!!!!”. Bastan cuatro o cinco mensajes más, estos  sí, ya lindando la euforia, para organizar la velada; y transitando con desgano los días de ansiedad que faltan para el evento, finalmente nos encontramos.

Cuando los veo llegar siento algo extraño, porque va más allá del simple hecho de reencontrarse con amigos, es algo más. Algo parecido a lo que siente un náufrago, que ve acercarse un barco que sabe o presume que lo rescatará. Nos abrazamos, nos palmeamos las espaldas, nos besamos; los argentinos somos muy de hacer esas cosas, incluso con desconocidos. Después de las preguntas de rigor, como para ponernos al día sobre las novedades personales y familiares de cada uno, aprovechando el momento para amucharnos en la cocina a destapar las primeras cervezas; finalmente nos sentamos y empezamos a hablar de “La Patria”, nuestra patria. Los de antes, los de ahora, los corruptos de siempre, los políticos, los empresarios, las tarifas, los despidos, los escrúpulos, o la falta de ellos, las promesas, las mentiras, las verdades a medias, lo que hemos perdido en el camino, la generosidad de un suelo diezmado por los mismos de siempre, que niega sus frutos a los mismos de siempre, la impunidad, la injusticia, la inseguridad, el temor, la bronca, la indignación, una esperanza tibia de regresar a ninguna parte, porque “la Argentina siempre fue igual”.

Recordamos el pasado bajo la atenta mirada de alguno de nuestros hijos que no alcanza a entender de qué la van estos vejestorios. Intentamos descifrar un futuro tan exótico, pero que se parece tanto al pasado que asusta. Los más chicos juegan y sus risas parecen de otro mundo, de otra realidad.

Afortunadamente, el alcohol hacer su trabajo, y  llega el momento de las anécdotas. Y ahí las risas de los adultos se suman a la de los niños y la lejanía no parece tan lejana y la esperanza de volver a un lugar en el que nunca vivimos se asoma tímidamente.

Nos despedimos bien entrada la noche, con más besos, más abrazos, más palmadas en la espalda, pensando ya en el reencuentro.

Exiliados en nuestra propia Patria, con la esperanza empañada por la certeza de que por el momento no hay donde volver.

¿Cómo joderle la diversión a un hijo? – Lección número 1.

Desde hace un tiempo atrás, digamos un par de meses, Sofía comenzó a jugar con las muñecas, cosa que no hacía habitualmente. Empezó a juntar cajas, cartones, embaces de helado, latas y otros insumos; y valiéndose de unas tijeras, algo de cinta de embalar y creatividad infantil, armaba casas en las cuales después “habitaban” sus muñecos. Esos engendros polimórficos de material descartable, proliferaban por todo su cuarto durante días enteros, hasta que con la madre nos hartábamos de patearlos cuando entrabamos a buscar algo y decidíamos tirarlos a la basura. Sofía no se hacía mayor problema. Simplemente conseguía más materiales para reciclar y convertir en “unidades funcionales de vivienda para muñecos y muñecas”.

Al verla tan preocupada por procurarles habitación a sus juguetes, y como es una buena hija (y yo soy un buen padre), me pareció apropiado regalarle una “casa de muñecas”. Después de una breve evaluación junto a su madre, para ver si podíamos afrontar el costo de la adquisición inmobiliaria, decidimos que era perfectamente factible. Nos pareció que la madera era mucho más cálida que el plástico, así que guiados por nuestros instintos, visitamos un negocio de artística donde venden este tipo de casitas, sin terminación como para agregarle el toque creativo al asunto. Cuando la vi me enamoré. Se trataba de una casa realizada totalmente en Placa Mdf, desmontable, y con detalles pirograbados. El costo era algo elevado, pero mi hija realmente se lo merecía. Un día por la tarde salimos a caminar con Sofía, y como quien no quiere la cosa, pasamos por el negocio y la invité a entrar. Fuimos derecho al sector que ocupaban las casas de muñecas, y la vimos. Ahí estaba, imponente entre sus pares. Ante la pregunta, ¿Cuál te gusta más? Respondió con cierto desgano: “Esa”, y señaló con el dedo la casita realizada totalmente en Placa Mdf, desmontable y con detalles pirograbados. Después de volver a interrogarla sobre su preferencia, y corroborar que efectivamente era la elegida, me acerqué hasta el mostrador, hice el pedido y me dispuse a pagar con tarjeta en cómodas cuotas. Le expuse al parco vendedor mi deseo de que me diera la casita desarmada, dado que me encontraba sin vehículo y tenía que caminar varias cuadras, pero seguramente pudo percibir mis escasas habilidades constructivas, y me sugirió que la llevara armada; “como para no tener inconvenientes”. El transporte me ocasionó un serio dolor en la cintura y una discusión con una vieja que se tomó a mal que le clavara una de las esquinas de la casita en las costillas mientras esperábamos que el semáforo se pusiera en verde.

Instalada ya la micro-vivienda en su cuarto, Sofía se dispuso a jugar con sus muñecos. Jugó el primer día a pleno, más precisamente la primera noche; porque al día siguiente, no volvió a tocar ni la casita, ni los muñecos. Al ser interpelada al respecto, adujo cansancio extremo, falta de interés momentáneo en la actividad lúdica y deseo de profundizar en las artes y técnicas del uso de un jueguito recientemente instalado en su Tablet. El asunto es que desde ese momento, no volvió a jugar ni con sus muñecos, ni con la casita. Cada tanto pone alguno que otro, o mueve alguno de los mueblecitos como para que parezca que le interesa, seguramente esperando que con su madre nos hartemos de patearla cada vez que entramos a buscar algo a su cuarto, la desarmemos, la mandemos al altillo y ahí sí, poder volver a reciclar materiales descartables y con tijeras, cinta de embalar y creatividad infantil, volver a construir nuevas casas para sus muñecos; estas sí, a su gusto y placer.  

El teatro de los locos.

Anoche soñé con un par de amigos entrañables. Locos en el mejor y más profundo sentido de la palabra, en el sentido más mágico, más insondable. De esa clase de amigos que te hacen creer en la preexistencia de las almas, que te hace estar seguro que la vida no comienza en el parto ni termina en la tumba. Después de 47 años soñando ininterrumpidamente, me considero un experto soñador. Para mí, soñar no tiene secretos, o al menos no los tenía hasta hoy. Cuando sueño, siempre sé que estoy soñando, siempre se exactamente lo que va a suceder, lo que convierte la actividad onírica en un campo de juegos, algo aburrido a veces. Pero anoche fue diferente. Fue tan maravillosamente irreal y tan fantásticamente posible que no pude distinguir, hasta que desperté, si se trataba de un sueño o de la realidad.

Caminaba yo por un barrio que me resultaba sumamente conocido. Podría haber sido Haedo, el barrio de mi infancia, pero también podría haber sido Almagro, o Morón, lo mismo daba. Al llegar a una esquina veo una obra descomunal por sus dimensiones y por el grado de desbarate. Un grupo de obreros entraban y salían, caminaban por andamios, cargaban carretillas, tomaban medidas y operaban maquinas. Parecían hormigas en un hormiguero colosal. Mientras contemplaba la obra, mis dos amigos, él y ella, emergieron de la ruinosa estructura, a mitad de camino entre la demolición y la restauración. Corrieron hacia mí, sonrientes como siempre, con los brazos alzados, y con una euforia que nunca les había visto. Me abrazaron, me besaron, me tomaron cada uno de un brazo y me “invitaron” con amorosa prepotencia a ver la obra. “Va a ser un teatro”, dijo él. “Ya es un teatro”, lo corrigió ella e inmediatamente él se retractó; “Ya es un teatro”. Ella me tomó de la mano y me arrastro hacia el interior. Todo era pilas de escombros, bolsas de materiales, herramientas y personas que con febril apuro se cruzaban como en una danza. Ella se adelantó hacia el centro y con los brazos extendidos señaló el lugar en el que estaría el escenario, y girando me mostró los palcos, aún inexistentes y las plateas que tan solo ella podía imaginar. Girando y girando con una sonrisa embriagadora me mostró todo lo que sería, pero que según ella ya era. Y la vi bailando, y vi la bailarina a la cual no conocí, y era tal la velocidad con la que giraba y tal el brillo que tuve que dejar de mirarla para no quedar ciego. Mi amigo, parado en el centro de lo que sería el escenario, dirigía a un grupo de operarios que lo escuchaban silenciosos  y expectantes. Con movimientos exagerados y corriendo de un lado al otro los ubicaba en distintas posiciones y parecía indicarles diálogos y posturas, movimientos y actitudes. Todos ellos lo seguían atentamente e intentaban copiar sus movimientos con éxito dispar. Él reía, los corregía, los palmeaba en la espalda. Flaco y desgarbado, el hijo de mis amigos apareció con unos planos abiertos mirando hacia la nada y dando indicaciones a un par de obreros, que tomándose la barbilla, parecían dudar de que su pedido fuera realizable. “Está a cargo de la dirección de obra”, me dijo mi amiga. “¡Pero si tiene 15 años!”, le retruqué. “Si, por eso”, respondió ella y siguió danzando.  Me acerqué a mi amigo, que ya había terminado de dar indicaciones; “¿Qué te parece?”, me dijo. No pude responderle, porque en realidad no sabía bien que me parecía; maravilloso, aterrador, absurdo, descomunal, insano, mágico, irreal. Mi cerebro me jugó una mala pasada y le pregunté: “¿De dónde sacaron la plata para hacer esto?”. “De por ahí, me respondió, plata hay por todos lados, lo difícil de conseguir son ideas, ilusiones, utopías, fantasías, esperanzas; de eso hay poco, pero la estamos peleando”.  Mi amiga seguía bailando pero ya no estaba sola; un grupo de obreras se sumaron a la danza e improvisaron una coreografía al ritmo de una música que yo no podía oír. “Hola Fino, me saludó el hijo de mis amigos, perdón que no te saludé antes, estaba algo ocupado discutiendo con los capataces por el tema de la fuente de agua”. No alcancé a responderle que ya había salido a los gritos dándole directivas a dos operadores de grúa que intentaban subir un piano a lo que parecía ser una estructura a punto de desmoronarse. “¿Cuándo esperan terminar?”, pregunté mirando lo colosal del proyecto. “¿Qué cosa?”. “La obra, el teatro”. Mi amigo me miró extrañado, como si le estuviera preguntando una tontería. “Que se yo, no sé, en cinco años, en diez, en cincuenta, en cien, nunca. ¿Qué más dá? Vení, vení que te presento a Crispín. Crispín, pase, pase”. Un viejo de unos ochenta años con una boina negra y un delantal de mozo, se presentó como el propietario del “bar de enfrente”. Me estrechó la mano con franca cordialidad y me preguntó en qué participaba yo de la cosa. Una vez más no supe que responder. Mi amiga se sumó a la charla agotada de tanto bailar y saludó al vecino gallego con un abrazo de los que ella sabe dar.

Me separé del grupo, que en ese momento planificaba un corte de calle para la inauguración, para que todos los vecinos pudieran asistir; y me quede parado en medio de una debacle de escombros y estructuras a medio armar, o desarmar. Sentí una vibración como si todo mi cuerpo temblara, sentí ganas de llorar, de reír, de salir corriendo, de despertarme de una buena vez, o de no despertarme nunca. Una mano pequeña me tomó del dedo pulgar, como hace siempre, y vi a mi hija con ojos redondos como dos soles mirando todo aquello. “¡Wow!,  que teatro hermoso”, y salió corriendo, dando salto entre los ladrillos apilados y las bolsas de cal. Intenté detenerla, por temor a que se golpeara con algo y se lastimara, pero afortunadamente mi amigo me detuvo. “¿No lo ves, no?”, me preguntó. Respondí meneando la cabeza. “No te preocupes”, me dijo poniendo su mano sobre mi hombro. Mi hija saltaba en una pila de arena y me saludaba con su bracito en alto.

Se trataba de un sueño, claramente, de una locura, de una quimera. Pero parecía tan real. Eran mis amigos, los locos, lo que son capaces de bailar con músicas silenciosas, los que pueden ver teatros en donde solo hay escombro, los que saben que nadie mejor que un joven de 15 años para dirigir una fantasía, los que saben que lo imposible no es más que un punto de vista. Eran ellos los que convertían en real aquel sueño. Cerré los ojos bien fuerte y una oscuridad impenetrable lo invadió todo. “¿Qué querés?”, sentí que me preguntaban. “Despertarme”, respondí. Y un estruendo de aplausos estallo en mis oídos. Al abrir los ojos, un teatro colosal, repleto hasta el tope, con los palcos y las plateas llenas a desbordar rugía como una tormenta aclamando a los artistas. En el escenario, mis amigos, él y ella, saludaban al público haciendo reverencias. Sentada sobre mis hombros Sofía aplaudía y gritaba, y la risa de mi mujer a mi lado, tan suya, apenas se escuchaba sobre el alboroto.

Al fin me había despertado.

La tormenta.

Antes de llegar a la ciudad de Piedra del Águila, la ruta 237 atraviesa una planicie de altura que puede resultar sobrecogedora, si uno es de los que se dejan conmover por la inmensidad, o simplemente aburrida y tediosa para quienes añoran la llegada. En el último viaje que hicimos al sur, nos tocó atravesar este imponente lugar en medio de una tormenta. El cielo pasó de gris a negro en un par de minutos, y una noche ficticia lo cubrió todo. Cuando los relámpagos que en un comienzo iluminaban el horizonte, comenzaron a acercarse, alguno de los escasos automovilistas que recorríamos ese tramo de la ruta, dieron media vuelta; otros detuvieron la marcha. Nosotros seguimos viaje. Mientras Sofía dormía en su butacón, Mariela preparó el mate y abrió un paquete de biscochos. La oscuridad se volvió cada vez más intensa, y una negrura espesa apenas penetrada por las impotentes luces del auto nos rodeó. El viento rachado sacudía el vehículo como si fuera de cartón y las primeras gotas dieron lugar a un torrente de agua. Mate, biscochos, relámpagos que bailaban a un centenar de metros de nosotros, el ruido ensordecedor del viento y de los truenos. Disminuimos la marcha, pero no nos detuvimos. Había que continuar, no había donde refugiarse. Tres personas, en un auto, en una ruta, en medio de una tormenta feroz; el mate y los biscochos. El negro absoluto trocaba en luz cegadora, y del resplandor a la oscuridad nuevamente. Con la piel erizada, tomábamos mate, y observábamos. No había nada que hacer, no había donde ir más que hacia adelante. Sofía dormía plácidamente ajena al fin del mundo, mientras con su madre nos hacíamos tormenta. No era miedo lo que sentíamos, ni siquiera temor. Era algo más parecido al sobrecogimiento; una sensación de impotencia, de infinita pequeñez. Aquello que estaba ocurriendo, podía matarnos, podía hacernos desaparecer. El poder y la potencia de ese cielo embravecido era algo que estaba más allá de todo lo que habíamos visto o imaginado.  No era una tormenta fuerte, era un monstruo que nos estaba devorando. Mate y biscochos, en nuestra balsa de náufragos, simplemente avanzábamos, observábamos y esperábamos que todo aquello pasara.

El monstruo nos perdonó la vida. Quizá porque no hubo miedo que pudiera oler, quizá porque vio nuestra insignificancia y se apiadó; tal vez, simplemente, porque no era el momento ni el lugar, o porque algo o alguien le dijo: “A ellos no”.

Al llegar a Piedra del Águila, ya sin agua caliente y con las provisiones de biscocho diezmadas, paramos en una estación de servicio. El playero nos preguntó de dónde veníamos. De la tormenta, respondimos; y no hizo más preguntas. Al abandonar el pueblo, el sol ya asomaba entre los nubarrones. Tengo hambre, dijo Sofía, ¿falta mucho para llegar?