Lo sé todo.

Para navidad le regalaron una muñeca hermosa. Una muñeca de peluche, que intenta ser Ana, la princesa de Frozzen, y que cuando le apretás la panza canta: “Libre Soy”. Afortunadamente para la muñeca, si se le vuelve a apretar la panza hace silencio; de no haber sido así, ya estaría en el cinturón ecológico junto con los restos de vitel toné y ensalada rusa.

Mi señora me dejó encargado de averiguar qué le quería pedir a los Reyes Magos. Nunca congenié con las monarquías, y mucho menos las mágicas, pero como quien no quiere la cosa, durante un almuerzo deslicé la pregunta. “No sé, dejámelo pensar”, respondió. “Bueno, pensalo, pero apurate a decidirte, porque ya falta poco y con mami necesitamos saber qué les vas a pedir”. “Y, ¿para qué?” “¿Para qué, qué?” “¿Para qué necesitan saber vos y mami, qué le voy a pedir?” ¡Orsai!. La mocosa me lo hizo de nuevo, siempre me lo hace. “Para nada Sofía, de curiosos que somos nomás”.

Estaba tirado detrás de la heladera intentando poner el cosito adentro del coso con muy poco éxito, cuando apareció de repente, como hace siempre. “Ya sé lo que quiero”. El maldito cosito se negaba a entrar en el coso. El miserable que inventó este sistema de cositos y cosos, debe ser el mismo que inventó los mangos gruesos de los cepillos de dientes que no entran en los agujeros del “coso para poner los cepillos de dientes”.  Sofía continuaba parada, impertérrita junto a mis pies, pero como no consiguió que le hiciera la pregunta que esperaba, simplemente disparó: “La quiero a Elsa”. Maldito cosito… ¡Cómo odio cuando los cositos no entran en el coso! Me hacen sentir un pelotudo. Salí de atrás de la heladera con telas de araña en el pelo y algo de grasa en la cara. Puso a su muñeca Ana a cinco centímetros de mi nariz balanceándola como una marioneta, y volvió a repetir: “La quiero a Elsa, le voy a pedir a los reyes que me traigan una Elsa”. Dio media vuelta, y se fue. Continué durante más de media hora renegando con el maléfico electrodoméstico, que por fin se dejó arreglar, y safé de llamar al técnico, que seguramente me iba a cobrar una fortuna, aprovechando la devaluación y el fin de cepo, para ponerme el cosito en el coso. Listo, dos temas resueltos, la heladera con todos sus “cosos” donde corresponde y ya sé que quiere Sofía para reyes. La llamé a mi señora, que justo estaba en una reunión, ella siempre está en una reunión, para contarle de las buenas nuevas, e inmediatamente haciendo gala y uso de sus facultades, me envió a recorrer jugueterías para encontrar la muñeca. No es que en Moreno sobren las jugueterías, pero las pocas que hay las recorrí todas sin ningún éxito. En cuanto pude, informé al comando en jefe respecto al fracaso de la misión, y recibí como respuesta un tranquilizador: “Dejá, yo me ocupo”.

Después de la cena se sentó en el sillón del living con su computadora y se puso a buscar en los portales de compras. “Muñeca Elsa”. “Muñeca Elsa peluche”. “Muñeca Elsa peluche con música”. Al fin apareció una que se parecía mucho a la que había traído el obeso nórdico y fue grande la sorpresa al ver el exorbitante precio que ostentaba. Mientras evaluábamos la posibilidad de liquidar a los reyes magos en un presunto accidente d tránsito en la ruta dos; en absoluto sigilo, como siempre, apareció Sofía. Mi señora cerró instantáneamente la computadora al tiempo que daba un alarido por la sorpresa y envió a nuestra hija a su cuarto, en penitencia… por “silenciosa”. La mocosa se fue rezongando, no sin antes gritarnos; “Qué se creen, que no sé lo que están tramando, para que sepan; Lo sé Todo”.

Acordamos comprarle una más barata, mucho más barata; que se parecía más a Zulma Lobato que a una princesa, pero que como complementamos con algunas otras boludeces, pareció dejarla conforme. La noche de reyes, no insistimos mucho en dejar pasto y agua para los camellos, porque como ya nos había adelantado: “lo sabía todo”; y además nos pareció que con la ligustrina y el agua de la pileta iban a estar por demás bien atendidos.

Sofía tiene la maravillosa particularidad de ponerse feliz con cualquier regalo que recibe. Si le hubiéramos regalado un cascote envuelto en papel celofán, habría manifestado la misma alegría, e inmediatamente hubiera encontrado alguna forma de jugar con el pedazo de piedra; pero es lindo ver que los regalos recibidos le gustan de verdad. Mientras destrozaba los envoltorios sonreía pícaramente mientras nos decía: “Vieron, yo sabía que algo estaban tramando ustedes dos la otra noche…”. Sentí una mezcla de ternura y tristeza al ver que mi hija había crecido y que ya estaba abandonado las fantasías infantiles, pero no me duró mucho, porque mientras intentaba girar la cabeza de su nueva “Zulma Lobato Princesa”; concluyó: “… le estaban mandado un mail a los reyes magos para decirle lo que me tenían que traer… sino, ¿Cómo se iban a enterar?”.

Barreras – “El perro”.

El tipo de la Unidad Funcional 404 le caía bien; incluso era el único que le caía bien de todo el barrio, y no solo porque fuera el único que hacía contacto visual con él cada vez que circunstancialmente se cruzaban en la barrera de acceso, sino que además, era uno de esos tipos que dan una buena primera impresión. Era amable, sonriente, siempre de buen humor, vestía y olía muy bien. Su esposa era algo callada, mucho más seria, pero con muy buenos modos e impecable las 24 horas del día.

Pero tenían un perro que no paraba de generar problemas en el vecindario. Él era guardia de seguridad, su función era cuidar la barrera de acceso al barrio; no entendía porque le habían encomendado la tarea de hablar con el vecino de la UF404, para darle el ultimátum respecto a su perro. “¿Por qué no va el administrador?”, pensó mientras caminaba por las desiertas calles artificialmente parquizadas del complejo.

El vecino abrió la puerta y lo recibió con una sonrisa. Inmediatamente lo invitó a ingresar a la vivienda, cosa que ningún otro vecino había hecho jamás. Dio un par de rodeos hablando del clima y de lo lindo que estaba el jardín, pero finalmente tomó coraje y pudo poner en autos al propietario de la UF404, que en caso de no mantener al perro dentro de los límites de su propiedad y si volvía a ser encontrado deambulando por el barrio, la administración se iba a ver obligada a pedirle que se deshiciera del animal.

El resto del día transcurrió sin novedades. Esperó que llegara su relevo, siempre unos minutos tarde, y subió a su 147. Mientras recorría el trayecto hasta su casa, desde el asiento del acompañante, dos ojos lo miraban fijamente. Pudo imaginar los gritos de su madre: “Me querés decir; ¿¡Qué vamos a hacer con este perro!?”

Un hombre solo, en la playa, mirando el mar.

Llegamos a la playa bien temprano. Solo unos pocos adelantados como nosotros, estaban comenzando con la rutina vacacional diaria de sol, mar, arena, panzas y celulitis. Mientras clavaba la sombrilla en el lugar elegido, con la dedicación de un explorador que enarbola su bandera en tierras inhóspitas, lo vi recostado en la arena mirando el mar. Era extremadamente delgado y no cargaba más que con lo puesto. Una remera blanca, unas ojotas negras y una bermuda amarilla exageradamente larga, eran todas sus posesiones.

Ya de entrada su escaso equipamiento contrastaba con el del resto de los mortales que “hacíamos playa”; todos con al menos un par de reposeras, una sombrilla y un bolso; pero los más previsores también con conservadoras, barrenadores, esterillas, lonitas, canastas e incluso unas practiquísimas mesitas que se convierten en carrito, para arrastrar toda aquella parafernalia playera.

El tipo estaba solo, mirando el mar. En un primer momento no le di mucha pelota, pero un hombre solo, en la playa, mirando el mar, es difícil de no ver. Mi mujer y mi hija, por supuesto, me dejaron ordenando el campamento y enfilaron para el agua. Mientras acomodaba los bártulos, me dedique a hacer una primera observación superficial del individuo. No llegaba a los treinta, sumamente delgado, vestido con escaso buen gusto y despeinado, daba poeta o suicida, que es prácticamente lo mismo.

Cada tanto se levantaba y caminaba hasta la orilla. Se quedaba un buen rato allí parado mirando el horizonte, hasta que por fin se decidía. Una vez adentro del agua simplemente; permanecía. No saltaba con las olas, no nadaba, no se zambullía; en otras palabras, no hacía nada de lo que los otros veraneantes hacíamos alegremente. Permanecía. No hacía otra cosa que permanecer. Alternaba su estancia un tiempo en el mar, después tendido en la arena; pero siempre en silencio y con la mirada clavada en el horizonte.

Me senté en mi reposera a mirar a “mis chicas” jugando en el agua, pero cada tanto le dedicaba un tiempo a nuestro circunstancial vecino.

Al rato ya tenía varias teorías hilvanadas respecto al solitario individuo. La más evidente era que se trataba de un corazón destrozado; de un alma torturada por un amor no correspondido que había decidido perderse en una playa alejada con la esperanza de que la arena y la sal sanaran sus heridas. Una teoría demasiado obvia. Compartí, con mi mujer mis cavilaciones y después de pensarlo un rato, y negando con la cabeza, dijo: “También puede ser un asesino serial”. Las mujeres no entienden nada de la sensibilidad masculina.

Daba la impresión de ser alguien enfrentado con su destino, alguien parado frente al mar, como quien enfrenta una encrucijada, alguien que debe tomar una decisión. Un hombre enfrentando su finitud, un condenado a muerte. Eso, eso podía ser, un hombre al cuál hacía pocos días le había diagnosticado una enfermedad incurable en su fase terminal y se enfrentaba al final de su vida. Eso explicaría la delgadez, y el desgano.

Podría tratarse de un iluminado, un ser que por obra de la meditación había alcanzado un estado de nirvana permanente en el que cielo, mar y arena, se funden en una unidad indisoluble consigo mismo. Seguramente habría abandonado su empleo y dejado su casa con lo puesto para vivir de la providencia hasta fundirse con el cosmos. No, los que hacen eso habitualmente son pelados y se van a la India, despojados de todo, pero pagando un pasaje carísimo.

La teoría del asesino de mi esposa cada vez parecía menos descabellada. El primer impulso fue mudar a mi familia de playa y alejarnos de la bestia asesina, pero la mocosa estaba tan entretenida haciendo un castillito con arena, que me dio pena interrumpirla.

Quizá el tipo había matado solamente a la madre, una vieja arpía y sobreprotectora que no había hecho otra cosa que espantarle novias y joderle la vida. Seguramente en un arranque de furia le habría revoleado una plancha que justo le fue a dar en la base del cráneo desnucándola. Mientras el cadáver se descomponía en un PH de Lugano, el tipo se había fugado a la costa para disfrutar de sus últimos días de libertad antes de entregarse a la policía.

Al mediodía el calor era insoportable, pero el tipo seguía firme al rayo del sol entrando y saliendo del mar. En medio de los refunfuños de mi hija y míos, fuimos obligados por mi esposa a abandonar aquel infierno de arena y mar para ir a comer algo y “hacer la siesta” hasta las cuatro de la tarde, hora que según las madres, es más prudente para tomar sol. A las tres y media ya estábamos paraditos Sofía y yo esperando que Mariela nos embadurnara con protector solar. Sofía no se quedaba quieta y  yo tampoco, pero no esperamos a que mi mujer terminara la arenga habitual de que; “parecíamos dos nenes”, y salimos corriendo por el pasillo para ver quien llegaba primero a llamar al ascensor. La mocosa corre más lento, porque es de patas cortas, pero tienen una habilidad para cortarme camino y escabullírseme entre las piernas que da gusto verla. Como no me gusta perder, me hice el desentendido y seguí de largo hacia las escaleras, donde sé que le gano seguro. En medio de acusaciones de trampa, caminamos los 50 metros que nos separaban de la playa y ni bien llegamos me puse a buscar a “el solitario”. Nuestro lugar había sido ocupado por una familia de gordos y no quedaba mucho espacio, pero me escabullí entre las sombrillas hasta donde pude ver la ropa del flaco amontonada en el piso. “Cagamos, se suicidó”, pensé en un primer momento, pero inmediatamente lo vi parado, en la costa tan ensimismado como siempre.

Cayó el sol, espectáculo único en Monte Hermoso, y nos fuimos al departamento. Dejamos al hombre solo, más solo aún, sentado en la arena, mirando los últimos atisbos de luz asomando por el oeste.

Al día siguiente estaba allí de nuevo. Solo, silencioso, meditabundo.  Y al tercer día también. Pero ese tercer día, a escasos metros de donde se encontraba el hombre solo, había una mujer sola.

La mujer no lucía tan despojada. Llevaba un bolso y una esterilla, anteojos de sol, una bikini colorida y un libro de Isabel Allende. Pero estaba sola, y alternaba su estadía en la playa tomando rápidos chapuzones, leyendo y retozando al sol. Nunca se miraron, jamás. Pero yo inmediatamente consideré a aquella mujer sola como un bote salvavidas, como la última esperanza de un náufrago de bermudas amarillas a punto de perecer.

Inmediatamente me puse a tejer estrategias para lograr que aquellos dos desconocidos al menos hicieran contacto visual. Cargue el balde con las palitas y tomando a mi hija del brazo prácticamente la obligue a sentarse en un punto intermedio entre ambos solitarios, para hacer un castillito. Hicimos una obra que perfectamente podría hacer ganado un certamen de arquitectura, y muchos de los que pasaban se detenían a mirar. Se trataba de un castillo amurallado con ocho torres, fosa y puente levadizo improvisado con una bandejita de plástico. Incluso algunos paraban a sacar fotos, porque les resultaba increíble que semejante pelotudo se estuviera asando al sol para hacer un castillito de arena; solo, porque Sofía ya hacía rato que se había ido al mar con la madre.

La obra quedo magnífica, pero ninguno de los dos se dio vuelta para mirar, y por lo tanto jamás llegaron a verse.

Al día siguiente ambos estaban allí, realizando la misma rutina, nada extraño, ya que cuando uno va de vacaciones a la playa no hace otra cosa que cambiar una rutina por otra. La rutina del bondi, la computadora y el tupper; por una rutina de sombrilla, sillita y termo.

A la media hora un rapaz de cabello rubio y piel bronceada se arrimó a la solitaria dama con claras intenciones de levante. Sacando pecho, ensayando posturas casuales y preguntando banalidades, aprovechó para sentarse junto a la joven y entre risas e insinuaciones, acabó por invitarla vaya uno a saber dónde. El caso es que la rescatadora de solitarios, terminó siendo rescatada ella misma, por un pelmazo de abdomen trabajado.

El último día antes de nuestro regreso, el flaco seguía solo, pero vivo. Me sentí algo más aliviado, porque la hipótesis del suicida parecía más lejana; así que decidí disfrutar del último día de playa junto a mi pequeña familia.

Un alboroto distinto al habitual, hizo que todos nos sobresaltáramos. Una horda de gente, en su mayoría mujeres y niños estaba ingresando a la playa. Todos nos dimos vuelta para ver qué sucedía, porque era un bullicio muy por encima de lo normal. Todos, menos el hombre solo. Poco a poco la caterva infrahumana fue avanzando por la playa hasta que por fin llegaron a donde se encontraba el flaco sentado. Una de las mujeres lo tomó por el cuello y lo beso en los labios, cuatro o cinco críos ruidosos y maleducados comenzaron revolotear alrededor, gritando papi esto, papi aquello. Mientras tanto, y sin consultarlo, arrasaron con el terreno circundante montando un campamento digno de una campaña militar. Esposa, hijos, madre, suegra, tíos, sobrinos, cuñados; rodearon sin miramientos al pobre hombre terminando con su paz y su armonía, y con la del resto de los veraneantes. Pusieron reggaetón al mango, jugaron al tejo, a la paleta, a la rayuela, a las cartas, al vóley; y todo eso en medio de gritos y manoseos. Eran una familia espantosa. Lejos lo peor de la especie humana.

Al promediar la tarde, del hombre solitario y silencioso ya no quedaba nada. Era obligado una y otra vez a interactuar de diferentes formas con toda esa tribu de trogloditas. Cuando cayó por fin el sol y con mi familia nos fuimos de la playa, me sentí afortunado; y echándole una última mirada al pobre tipo pensé: “El suicidio no siempre es una mala idea”.

Barreras – “Sin novedades durante la noche”.

Vio las luces del vehículo penetrando la neblina. Le resultó extraño, que en día de semana y a esa hora de la madrugada alguien saliera del barrio. La RAV se detuvo a un costado. Sin apagar el motor ni las luces, su ocupante se bajó y enfilo hacia la oficina de seguridad. Era la esposa del “garca” del Audi A6 negro. El guardia salió a su encuentro, intentando disimular la cara de sueño. Ella, algo madura, pero muy bien conservada, fruto de una mezcla de ocio, deporte y cirugía, lo metió adentro de la oficina de un empujón.

– “Cojeme”, le dijo.

El guardia, desconcertado, se tropezó con el dintel de la puerta y cayo planchado en el piso. La señora de la Unidad Funcional 404 se le arrojó encima y sin demoras se puso a hacer lo suyo. Podía perder el trabajo, incluso la vida a manos de un marido enfurecido; pero la señora sabía muy bien lo que quería, y sobre todos, sabía cómo conseguirlo.

Una vez terminado el encuentro, la residente volvió a su camioneta y dando una estridente vuelta en U enfiló para su casa. A los quince minutos apareció el Audi A6 negro, que pasó por la barrera automática sin siquiera detenerse.

Antes de abandonar la guardia, anotó en el parte: “Sin novedades durante la noche”.

“El Justiciero”.

Una mañana fría de agosto encontraron el primer cadáver. Un par de operarios que iban a su trabajo lo hallaron tendido en un banco, en la plaza de Moreno, cubierto con unas bolsas de residuos. Lo que aparentaba ser un mendigo muerto por congelamiento durante una noche helada, resultó ser algo mucho más macabro.

Al mediodía la información ya se había filtrado y algunos medios presentaban tibiamente la noticia. A media tarde ya se conocía el nombre de la víctima y antes de la última edición se barajaban variadas hipótesis respecto al particular hallazgo. Se trataba de Sebastián Caballero, un joven de 18 años, hijo de un empresario, que hacía poco tiempo había ocupado las primeras planas de los diarios por haber atropellado y matado a una familia entera mientras corría picadas en Haedo. Un hombre, su mujer, su hija de 4 años y un bebe de días, resultaron muertos al ser atropellados por un auto fuera control mientras aguardaban en la parada del colectivo. Sebastián Caballero, menor de edad en ese momento y sin registro de conducir, era quien manejaba ese vehículo. Gracias a la inescrupulosa pericia de un grupo de abogados, a las chicanas legales y al dinero de su padre, había quedado en libertad sin mayores consecuencias que la inhabilitación para conducir por cinco años. Apenas poco más de un año por cada muerte provocada.

Con los primeros detalles, se hizo evidente, que se trataba de una noticia que vendería periódicos durante semanas, quizá meses. El joven había sido asesinado a golpes. Cientos de golpes propinados con algún elemento contundente. A medida que se daban a conocer los resultados de las pericias, aparecían más y más detalles escalofriantes. Sobre el pecho del cadáver, rasgada la piel con un clavo o algún otro elemento punzante, se podían leer claramente dos palabras. “Será Justicia”. Los médicos forenses anotaron en el informe preliminar que en el momento de la golpiza que le provocara la muerte, el individuo se encontraba colgado cabeza abajo, y con los brazos amarrados a su espalda, que había recibido más de un centenar de golpes con un elemento cilíndrico, aparentemente un caño o un hierro. La golpiza había dado como resultado el estallido de prácticamente todos sus órganos internos y la rotura de infinidad de huesos. El informe agregaba que todos estos golpes los había recibido mientras se encontraba con vida, y que la causa de la muerte había sido por asfixia; había muerto ahogado con su propia sangre. Junto al cuerpo, entre las bolsas que lo cubrían, se encontró un sinnúmero de artículos periodísticos en los que quedaba suficientemente probada la responsabilidad del joven conductor, en el incidente en el cual perdieran la vida los cuatro integrantes de la familia Dragonesse.

Las características del homicidio hicieron que la policía y los medios, enfocaran todas las miradas en los familiares de las cuatro víctimas del accidente automovilístico, pero no fue muchos lo que pudieron hallar. Los Dragonesse prácticamente no tenían familiares directos, solo un par de abuelas, unas tías y un primo minusválido. Entre el grupo de amigos tampoco encontraron gran cosa. Si bien tenían muchos amigos y todos ellos se sentían profundamente indignados por el resultado del juicio al joven Caballero, todos contaban con coartadas comprobables y ninguno aplicaba para homicida.

Los padres de Sebastián Caballero, convocaron a través de las redes sociales una marcha pidiendo justicia, pero la concurrencia fue escasa y terminó intempestivamente, al cruzarse  con otro grupo de manifestantes, que se movilizaron bajo la consigna; “Ya se hizo justicia”, haciendo alusión a que con la muerte del joven, se había hecho justicia por las cuatro víctimas de la fatídica picada en la que el menor había terminado con la vida de toda una familia.

Los medios aprovecharon este enfrentamiento entre los horrorizados por el crimen y los que festejaban que alguien se haya tomado la molestia de “hacer justicia”. Los expertos y analistas, que pululaban por los canales de televisión y las redacciones de los diarios, se dividían tomando partido por uno u otro bando.

Día tras días los escasos deudos de la familia atropellada fueron juzgados y condenados como criminales por algunos, y condecorados como “héroes” vengadores por otros, pero sin que se pudiera probar de forma alguna su participación en el hecho. Solo los medios, devenidos en jueces y verdugos exponían al escarnio o a la glorificación a los que arbitrariamente señalaban como “posibles sospechosos” del crimen. El caso ocupó las primeras planas de los medios por varios meses, hasta que por fin, poco a poco la noticia fue perdiendo relevancia. Pero la discusión había quedado instalada. Algo sucedía con la justicia, porque en muchos casos se perdía en vericuetos legales sin arribar a ningún resultado “justo”, o directamente desembocaba en una flagrante injusticia. No era un tema para la plebe, estaba claro, por lo que solo algunos medios se hicieron eco de este debate si se quiere filosófico sobre “La Justicia”.

A mediados de enero del año siguiente, un nuevo cuerpo fue encontrado a la vera de un inhóspito camino rural de la provincia de La Pampa.  Esta vez la situación era muchos más seria porque se trataba de un juez. Una vez más las dos palabras habían sido grabadas en la piel del pecho de la víctima y los detalles del crimen no eran menos escalofriantes. El juez Bonorino, sumamente cuestionado por excarcelar violadores y sospechosos de trata de persona, había sido castrado en vida, obligado a ingerir sus genitales y empalado a la vera de un camino rural pampeano. Los forenses acordaron que el magistrado habría permanecido con vida al menos 6 horas desde el momento en que fue clavado en la estaca, y que habrían pasado 5 días hasta que el cuerpo fue encontrado por un lugareño. A los pies del macabro hallazgo, se encontraba, como en la oportunidad anterior, una bolsa de residuos en la que había guardados una variedad de artículos y notas periodísticas, que daban cuenta de la participación del Dr. Bonorino en la excarcelación de una veintena de violadores y acusados de trata de persona, haciendo uso de trampas procesales.

La policía se movía a tientas sin poder dar con pistas concretas sobre la identidad del asesino, que ya había sido bautizado por los medios como; “El Justiciero”. A los pocos días comenzaron a aparecer las primeras pintadas con la frase: “Será Justicia”, que pronto coparon todas las paredes disponibles en las ciudades. Nadie reclamó justicia para el juez. Incluso su esposa se negó a dar notas y no tardó en irse del país con el pretexto de: “Tener que cuidar a una hermana enferma residente en Barcelona”. Muchos estaban verdaderamente preocupados por la aparición de un “asesino serial”, sin embargo las encuestas hicieron evidente que la opinión pública no solo estaba muy movilizada por los acontecimientos, sino que además festejaba la acción “justiciera” del asesino desconocido. Se abrieron foros en las redes sociales, donde se discutía respecto a los dos crímenes del “asesino justiciero”, y además se proponían candidatos para ser asesinados, generándose una verdadera lista negra que incluía rateros, vecinos molestos, empresarios, ex ministros, actores y por supuesto políticos. Casi ningún político se salvó de figurar en estas listas negras que se compartían por las redes bajo el título. “Será Justicia”.

Los cadáveres siguieron apareciendo, a intervalos irregulares que iban desde los 3 meses al año. Durante más de 10 años los medios cubrieron el accionar de  “El Justiciero”, evidenciando la impotencia y la incapacidad de las fuerzas públicas para ponerle fin a la situación. En todos los casos se trató de culpables probados, que por connivencia con la justicia habían quedado impunes, y en todos los casos las pruebas de su delito habían sido expuestas hasta el hartazgo en los medios de comunicación. El modus operandi siempre era bestial y guardaba alguna significación simbólica con el crimen impune.

La última víctima de “El Justiciero”, fue el director de un reconocido matutino. Fue encontrado en un basural, envuelto en periódicos, sus propios periódicos. Fue torturado, sus ojos, sus oídos y su garganta, perforados con una pluma fuente y luego de ser desangrado hasta casi llevarlo a la muerte fue sumergido en un tanque con tinta de impresión donde finalmente falleció ahogado. A los pies del cadáver una vez más se encontraron infinidad de artículos periodísticos en los que se ponía en evidencia las maquiavélicas operaciones mediáticas y sus vinculaciones con los gobiernos dictatoriales y algunos democráticos.  “El derrocador de presidentes”, lo llamaba uno de los diarios opositores por su inescrupuloso accionar.

El asesino había podido vulnerar la seguridad del empresario, digna de un primer mandatario, sin dejar el menor rastro y ante la perplejidad de sus guardaespaldas. Simplemente había desaparecido de su oficina para aparecer dos días más tarde en un basural del conurbano.  Los medios pusieron el grito en el cielo, y exigieron que el estado se hiciera cargo de una vez por todas, cosa que ya venía haciendo sin éxito, y que atraparan de una buena vez al “feroz asesino serial”. Esta vez sí se organizaron multitudinarias marchas en pedido de justicias, arengadas a través de las redes sociales, los noticieros, y los medios gráficos. Durante un año la noticia ocupó con sus titulares las primeras páginas de los periódicos, incluso llegaron a ofrecer desde la propia editorial del difunto redactor, cifras siderales a cambio de información concreta respecto a la identidad del homicida. Durante todo ese año aparecieron decenas de presuntos culpables o implicados, porque la policía tras meses y meses de trabajo infructuoso, terminó por concluir que no se trataba de un solo criminal, sino de una asociación delictiva, ya que de otra manera era imposible explicar la meticulosidad de los asesinatos y la absoluta falta de pistas a la hora de buscar al perpetrador.

Pasaron cinco largos años desde aquél “último” crimen. Por su magnitud el caso seguía y seguiría abierto, ya que los propios medios no permitían que se cerrara. Un 20 de febrero, día internacional de la justicia, el cuerpo sin vida de un individuo masculino de unos 55 años fue encontrado ahorcado en el viejo andén de la estación Mercedes. En su pecho desnudo, desgarrando su carne se podía leer: “Será Justicia”; y a sus pies, en varias cajas de cartón cientos y cientos de recortes que daban cuenta de los crímenes de “El Justiciero”.

Hace un tiempo atrás se murió un amigo.

Hace un tiempo atrás se murió un amigo. Cinco veces se murió. El hecho de que anoche nos hayamos juntado a comer unas pizzas amasadas por él mismo (la mejores que he comido en mi vida, dicho sea de paso), no le quita mérito a sus repetidos decesos. El tema es que estaba laburando (siempre creí que el laburo era lo más parecido a la muerte), y se le paró el bobo por algunos segundo. Se lo llevaros a un hospital y el muy hijo de puta a cada rato se seguía muriendo y resucitando.

Me llama por teléfono un sábado a la mañana, cosa que nunca hace, y me dice: “¿Cómo andas, “Marchelino”?, resulta que estoy internado, porque tuve un par de sincopes”. ¡La puta que te parió Tano! De haberlo tenido a mano lo hubiera cagado a trompadas. No tenía ningún derecho a morirse, no lo tenía ni lo tiene, porque es mi amigo, de toda la vida; pero el muy turro se había muerto, y no una, cinco veces.

Esa misma tarde, cuando habilitaron el horario de visitas en el Hospital Italiano, ya hacía media hora que estábamos paraditos en la puerta con Guille, el otro “mosqueteros”, haciendo chistes  y rememorando adolescencias. Estuvieron a punto de echarnos a patadas por las risas y el alboroto, pero seguramente comprendieron que se trataba de una forma de canalizar la angustia. Se ve que le caímos bien a la enfermera de guardia (en realidad Guille le cayó bien, él siempre es el encargado de caerle bien a las enfermeras), porque nos dejaron pasar.

Primero lo puteamos, como corresponde; después lo abrazamos suavecito, como si se fuera a romper, con la contundencia necesaria como para chequear que estaba entero y aún tibiecito. Le iban a colocar un marcapasos, porque por algún motivo el corazón, cada tanto se le paraba un ratito. Por supuesto hicimos referencia a que seguramente era la única parte de su cuerpo que se “paraba” y otro tipo de analogías. Charlamos, hicimos planes para cuando saliera, recordamos, bromeamos, y cada tanto mirábamos de reojito el monitor para controlar que el bobo siguiera funcionando.

El Tano finalmente salió del hospital, con su flamante marcapasos, y hoy amasa pizzas y hace vida normal. Fue la primera vez en mi vida que tuve verdadero registro de finitud. Él, llevaba una vida sana, lejos de excesos y desarreglos, salía a correr todos los días, cada tanto tenía erecciones y aparentemente las aprovechaba, tenía un laburo estable, una hija hermosa, en fin, un tipo que tenía una vida relativamente controlada, hasta que se murió; cinco veces. El asunto es que esta fantasía a la que llamamos “vida”, en algún momento se acaba, y no podemos estar seguros de cuándo va a suceder.

“La vida son cuatro días y tres ya pasaron”,  decía mi abuela andaluza. Y quién te dice que no estemos promediando el cuarto. No hay tiempo para desencuentros.

¿Será Justicia?

El cuerpo sin vida del abogado yacía anclado a un bloque de cemento en el fondo del río. Su carne comenzaba a descomponerse y los escasos peces que habitaban el infecto lecho, parecían disfrutar del festín.

Seguramente alguien preguntaría por él; tendría una esposa, una madre. Hasta las hienas tienen una. Su rostro aparecería en los diarios durante algunas semanas. Un grupo de zombis arengados por la prensa organizarían marchas reclamando su pronta aparición; reclamando “justicia”.

En la tele de un bar anunciaban el hallazgo del cuerpo del letrado. “¿Qué es un abogado muerto en el fondo de un río?”, preguntó un parroquiano a la concurrencia. “Un buen comienzo”, agregó, y todos rieron.

¿Será Justicia?

Barreras – No comprendía muy bien su trabajo.

No comprendía muy bien su trabajo. Se consolaba imaginando que a la mayoría de las personas les pasaría lo mismo; pero no estaba tan seguro. No es que ganara una fortuna, pero recordaba su época de desempleado, allá por el 2001, y agradecía tener trabajo aunque no lo comprendiera.

Algunas veces lo enviaban a la barrera de acceso. La tarea consistía en anotar a mano en un papel la patente del vehículo ingresante, entregar el papel al conductor y levantar la barrera. Otras veces le tocaba trabajar en la salida, odiaba trabajar en la salida, sobre todo en verano, porque no había sombra y la garita de fibra era como un horno. Allí solo debía solicitar el papelito anotado a mano, chequear que el número escrito coincidiera con la patente del automóvil –  cosa que ninguno de sus compañeros hacía – y abrir la barrera. Habitualmente trabajaba nueve horas, pero algunas veces, cuando hacía falta, agregaba alguna hora extra.

El trabajo era simple, pero no alcanzaba a comprender qué sentido tenía hacerlo. Aparentemente a los dueños del supermercado les sucedió lo mismo, porque instalaron un sistema de barreras automáticas que no requerían que nadie escribiera papelitos, ni levantara barreras.

En la solicitud de empleo, al llegar al ítem: Descripción de las tareas realizadas en su empleo anterior, no supo que poner . Lo pensó un buen rato, y finalmente se decidió: Encargado de Control de Ingreso y Egreso en Planta Comercializadora de Productos Alimenticios;  Senior.

Barreras – “De la funeraria”

El furgón blanco se detuvo frente a la barrera. “De la funeraria”, dijo el conductor sin esperar ser interpelado, mientras sacaba por la ventanilla un manojo papeles. El guardia reconoció inmediatamente el nombre y la unidad funcional que figuraban en la planilla. Se metió en la garita, hizo un llamado telefónico, le indico al conductor como llegar hasta la casa y finalmente levanto la barrera. “Hay cosas de las que uno no se puede ocultar detrás de una barrera”, pensó.

Barreras – “¡Qué cosa loca las barreras!”

Llegó hasta la barrera y un señor vestido de negro con un uniforme que no era de su talle le pidió documentos y le preguntó a quién venía a visitar. Lo pensó un momento y respondió; “A nadie”. El señor de seguridad lo miró desconcertado y mecánicamente dijo; “Entonces no va a poder pasar”. Dio media vuelta y se fue.

Mientras veía al guardia con su uniforme enorme por el espejo retrovisor perderse en la distancia pensó; “¡Qué cosa loca las barreras!, ¿no?”